O264001a
Fecha: 19961003
Título: La fortaleza del misionero esta en la certeza de haber sido enviado por Jesucristo a predicar el Evangelio
Original en audio: 25 min. 43 seg.
Sólo Lucas nos cuenta de esta misión de setenta y dos discípulos, una misión ya grandecita. A contrario, los otros sinópticos sí hablan, particularmente Mateo, de la misión de los Doce. Ya setenta y dos discípulos son todo un plan y un equipo de predicación.
Las consignas que les da Jesús a los discípulos, nos ayudarán a reflexionar por unos momentos sobre lo que significa precisamente ser discípulo de Jesús. "Designó el Señor a otro setenta y dos" San Lucas 10,1. Se trata de un designio del Señor.
Es mucha la gente que le acompaña, pero no envía a toda la gente, sino designa a algunos. Este designio responde, por una parte, a la necesidad del pueblo de Dios; y por otra parte, a la necesidad de salvar que Dios tiene.
El misionero entonces está como entre esas dos necesidades y debe saberse deudor de ambas. Hay en Dios como una necesidad de salvar, y hay en el pueblo una necesidad de ser salvado. En la tensión entre esas dos necesidades, un designio de Jesucristo pone en camino la salvación.
"Los envió de dos en dos" San Lucas 10,1. Cualquiera hubiera dicho: "Pues cuanto más dispersos estén, más gente abarcamos". "De dos en dos" San Lucas 10,1, y explica un Santo Padre: "Para que tuvieran ocasión de practicar los dos mandamientos principales, no sólo el amor a Dios, sino también el amor al prójimo".
"Los envió de dos en dos" San Lucas 10,1, como para que cada uno se convirtiera, en medio del camino, en una memoria viva de Jesucristo. Nadie debe ser tan misionero que reemplace a cristo; Cristo sí no fue de dos en dos, Cristo es Él solo, y su pareja somos todos nosotros, la Iglesia.
Pero quien no sea Cristo necesariamente debe predicar con otros, y no puede sentirse, ni por orgullo ni por miedo, tan solo, que empiece a predicar de uno en uno, o empiece a reemplazar a Cristo.
No se reemplaza a Cristo impunemente. El que reemplaza a Cristo por orgullo o por vanidad, lo paga caro. Porque también a él se le viene el peso de la cruz, con la diferencia de que no teniendo el absoluto cimiento de amor que tiene Jesús, seguramente es aplastado por su propio pecado, o por la incomprensión, o por la burla, o por el cansancio, o por cualquier otro motivo.
Predicar, anunciar la Buena Noticia no puede hacerse sino en Iglesia, y la versión más pequeña de la Iglesia es: dos, tener siempre con quién practicar el mandamiento del amor al prójimo.
"Designó el Señor a setenta y dos y los envió delante de sí, a las ciudades y sitios a donde iba a ir Él" San Lucas 10,1. Así como no se puede reemplazar a Cristo, y así como no debemos caer en el extremo de convertirnos en redentores nosotros, así también hay que saber que después de nosotros vendrá Cristo.
Créanme que esto es especialmente consolador para este servidor, para este sacerdote. Es muy consolador saber que detrás de mí va Cristo, que detrás de mis palabras va su Palabra, que detrás de mis gestos imperfectos, incapaces de decir quién es Él, será Él mismo el que venga, que detrás de las bendiciones incompletas viene la plena bendición que es Él.
Eso es muy consolador para el misionero, pero también es un llamado adicional a su humildad. El misionero tiene que saber que tiene el respaldo de Cristo que habrá de pasar por donde él pase; pero el misionero también tiene que saber que debe hablar sólo como el que introduce al personaje.
Si en un circo el presentador hablara y hablara y hablara y no dejara que aparecieran, qué sé yo, las fieras, o los equilibristas, o los acróbatas, o los payasos, llegaría un momento en el que la gente le diría: "Ya, ya estuvo bien de sus presentaciones; retírese. Ahora queremos que aparezca el que sí sabe hacernos reír, el que sí nos causa admiración. Nosotros no pagamos una boleta para verlo a usted, que cuenta y cuenta cosas sobre usted, usted no es el circo".
Uno tiene que saber que el espectáculo no es uno, a pesar de que uno muchas veces haga como de payaso, el espectáculo no es uno; y a pesar de que a veces parezca una fiera, el espectáculo no es uno; y a pesar de que a veces uno haga malabarismos, el espectáculo no es uno. El espectáculo está después de uno, y probablemente uno no va a ver el espectáculo
Especialmente en el ministerio de la predicación es mucho más, hasta donde yo alcanzo a ver, lo que se sufre, lo que se llora, lo que se intenta, lo que se quiere, que lo que se ve; y esto habría que decirlo de las comunidades, de los grupos, de las personas, de las historias.
Y precisamente por eso, el misionero tiene que saber que su alimento en realidad lo recibe del mismo Dios.
"Los envió de dos en dos a los sitios por donde Él había de pasar" San Lucas 10,1. "La mies es mucha, -les dice-, y los obreros pocos" San Lucas 10,2. "La mies es mucha" San Lucas 10,2, no sólo es mucha para esos obreros.
La mies, ¿qué es la mies? La cosecha. Y ahí hay una enseñanza. Aunque parezca extraño y en contradicción con lo que acabo de contar, el predicador va siempre más a cosechar, que a otra cosa. Ninguna vida empieza cuando uno llega, las vidas ya empezaron hace ratico, las historias ya llevan mucho recorrido cuando uno las encuentra.
Y uno de los errores de nosotros predicadores, sacerdotes, misioneros, es empezar a tratara las personas como si estuvieran en ceros, como si partieran de cero, como si se les pudiera llevar a cero; ninguna vida se puede ya devolver a ceros, las vidas ya llevan un recorrido.
Y por eso nuestra labor como predicadores, catequistas, misioneros, requiere siempre como una especie de religioso respeto ante esa obra que Dios ya ha hecho en las personas. ¿Pero qué estoy diciendo? Estoy diciendo que después de mí va a venir Cristo, y que antes de mi ya había una siembra.
Pues esa es precisamente la labor del predicador: no sólo está la mitad entre la necesidad de salvar que tiene Dios y la necesidad de ser salvado que tiene el pueblo; también está en la mitad de una vida; uno llega a una vida en un momento dado y en otro momento dado se irá.
Y por eso el predicador tiene que saber llegar con discreción, tiene que saber llegar con religioso respeto a la vida, y no llevarla cero y no creer que es la primera persona que habla, que explica, que acompaña, que consuela o que perdona.
Hay que saber llegar con la humildad de que ya hay mucho sembrado en esa historia, aunque a veces no parezca; y hay que saber irse con la humildad de que la cosecha definitiva, seguramente, la podrán recoger otros obreros y no precisamente nosotros.
Entonces para ser misionero hay que saber ser puente, o saber ser pontífice; hay que ser una especie de puente entre la necesidad del corazón de Dios de darse, y la necesidad del corazón humano de recibir.
Pero también hay que hacer un puente entre lo que Dios ya ha hecho en esa vida y lo que Dios va a a hacer después de que uno desaparezca. Hay que saber saludar con cariño e irse con discreción. Hay que saber ofrecer con generosidad y también retirarse con humildad.
Hay que saber aportar lo que a uno le toca aportar, hacer bien el papel que a uno le corresponde, de la mejor manera y con le mejor amor, pero el dueño de la cosecha, nos lo dice el Señor, es otro, y es él, el dueño de la cosecha, el que sabrá qué obreros tiene que llamar en qué momento de su cosecha.
La verdad es que sólo él conoce su siembra y sólo él conoce su mies. Ahí pasa como en la agricultura, todo esto está en parte como un desarrollo de una comparación con la agricultura; hay que saber que así es también en la agricultura.
También ahí lo ve uno, por ejemplo en las zonas cafeteras, saben cuándo contratar a los obreros que son expertos en sembrar, y cuándo el obrero que es el propio para el vareo, y cuándo el que es el propio para recoger, y cuándo el que sirve para el beneficiadero.
Entonces Dios sabe qué obrero llama en cada momento, y por eso algunas veces llama a un obrero que tiene cara de sembrador, y otras veces otro que tiene cara de recolector. Ninguno es tan primero primero que le gane la primacía a Dios. Y ninguno es tan definitivo y tan último que le gane el plumazo final, la firma del cuadro a Dios.
Todos aparecemos y desaparecemos, y hay que saber hacer bien el papel. En ese sentido también se le puede dar la vuelta al texto y pensar ya no sólo en nosotros como misioneros, sino como misionados. Dios no sólo quiere que nosotros colaboremos.
Cuando el sacerdote predica sobre un evangelio como éste, casi siempre es para exhortar a las personas a que sean misioneras: "Usted procure ser misionero, hágale misión aunque sea a su compañera de cuarto, hágale misión a alguien, predíquele aunque sea a un árbol; sea misionero".
Bien, maravilloso y octubre es el mes de las misiones; pero también el sacerdote podría predicar, quizá con más vehemencia: "Déjese misionar, deje que le lleguen las misiones de Dios".Y las misiones de Dios son fundamentalmente dos: la misión del Hijo y la misión del Espíritu.
Deje que esos misioneros le lleguen a usted, recíbalos, acójalos y deles alimento; recíbalos, abrácelos, agradézcalos, y desde luego reciba también la predicación y reciba también la misión que la Iglesia ha hecho en usted.
Eso explica por qué en algunos momentos de nuestra vida Dios nos envía misioneros que tienen un tono de voz y un estilo, luego otros que tienen otro tono de voz y otro estilo.
Nosotros somo cosecha suya, nosotros somos siembra suya; Él sabe qué tiene que enviar a cada momento de la cosecha. Eso también hay que aplicarlo a la propia vida.
Y por eso Dios sabe en qué momento nos envió a ese predicador que hablaba tan drásticamente del pecado, ¿y por qué luego nos envió otro que nos enseñó a confiar tanto en la misericordia, y luego otro que instruyó tanto nuestra mente, y luego otro que alimentó tanto nuestros propósitos y fortaleció la voluntad.
Él es el dueño de la cosecha, Él sabe qué es lo que cada uno de nosotros requiere en cada momento. Dejémosle que Él sea el Señor. Cristo Jesús sabe qué nos va dando en cada tiempo, y por eso el mejor misionado, ya no misionero, el mejor misionado es el que sabe aceptar lo que Cristo da.
Porque qué tal que en el momento en el que la tierra necesita ser herida por el arado, la tierra se pusiera dura como bronce y dijera: "A mí no me entra, arado"? Pues tampoco te va a entrar la semilla.
¿Y qué tal que en el momento en el que llegue el rocío que cae tan suavemente, la tierra se pusiera a quejarse porque quería un aguacero? ¿Y qué tal que en el momento en el que asoma el sol la tierra llorara porque quería en ese momento sombra? ¿O qué tal que cuando cese el sol esté pidiendo reflectores que suplan al sol?
Dios sabe qué sol le da a cada día, sabe qué lluvia le da a cada terreno; Dios sabe cuándo hay que herir con el arado y cuándo hay que acariciar con el rocío; Dios sabe cuándo se necesita un poco de viento que refreesque o cuándo se necesita un solazo que recaliente y purifique.
Por eso es más sabio, es muchísimo más sabio, es infinitamente más sabio recibirle los días a Dios. Decía Santa Juana de Chantal que la disconformidad, la inconformidad con el clima, -decía-, es casi una rebelíon contra la voluntad de Dios.
Quejarse uno de que hoy llueve de que mañana hace sol, ¿no son de Dios todos los días? Hay que saber recibirle a Dios cada día, saber recibir, saber acoger su misión, saber bendecir el día que Él ha dado, porque Él lo ha dado; saber recibir la predicación que Él ha dado, porque Ël la ha dado. Eso significa no preferir uno su paladar.
La mayor parte de nosotros, efectivamente, somos como niños que nos estamos formando en Cristo, y si usted le pregunta a un niño: "-¿Usted qué quiere comer a estas horas?" "-Un dulce", u una hora después: "-¿Y ahora qué quiere comer, mijito?" "-Otro dulce", "-¿y después? "-Otro dulce", "¿-y quiere espinacas?" "-No, guácale, espinacas no".
Nosotros somos niños, pero nos hace demasiado daño rechazarle los días a Dios, nos hace demasiado daño, y nos hace perder demasiado tiempo rechazarle los días a Dios, y desde luego yo no estoy hablando sólo del clima.
Rechazarle a Dios el dolor, la soledad, la enfermedad, la tristeza, rechazarle esas cosas es obrar como el niño consentido, caprichoso, que el día que le dan la sopa que no quiere, en arranque de horrible mal criadez tira esa sopa a quien la ha preparado: "¡Coja suplato de sopa; lléveselo!".
Eso es lo que nosotros le hacemos a Dios cuando a veces tomamos nuestra vida y le decimos:"¡Coja su chiro de soledad entonces! ¡Arrópese con su porquería de tristeza!" Y dice Dios: "Bueno, ¿Pero y no te envío yo con la misma diligencia, con la misma ternura cada día? ¿No te estoy dando precisamente lo que necesitas? Esta es una enseñanza adicional que nos trae el Evangelio.
"Mirad", les dice a los misioneros, mirad que os envío como corderos en medio de lobos" San Lucas 10,3. Corderos en medio de lobos, ¿qué significa' Que hay que defenderse, significa que habrá que conseguir armaduras, rejas, escopetas, escoltas, una cherokee, pero en ese momento dice: "No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias" San Lucas 10,3.
¿Entonces? Los envía como corderos, ¿y los esquila para enviarlos? Dice que los va a mandar entre lobos, cualquiera diría: "Bueno, entonces defiéndanse; agarren esto y lo demás allá y protéjanse". Pero les dice: "Ya que están tan indefensos, no se defiendan", así podríamos traducir este versículo.
"Ustedes van a ir indefensos", esa parte uno la entiende, claro, imagínate lo que es predicar ternura hoy, ¿a quién le interesa que uno predique ternura? Predicar bondad, sinceridad, honestidad, ¿a quién le interesa eso? Predicar pureza, predicar humildad, predicar la conversión: "Usted ha de convertirse, usted tiene que dar un paso", ¿a quién le interesa que uno le diga eso?
Entonces uno dice: "Sí, es cierto, corderos en medio de lobos". Pero la otra frasecita, ¿qué hacemos con ella? Les dice Jesús: "Ustedes van indefensos", y uno dice: "Entiendo, Jesús, lo que estás diciendo".
"Pues bien, ya que van indefensos, no se defiendan", "-no entiendo, Jesús"; "-ya que van pobres, regalen; ya que van débiles, tiren las armas; ya que van indefensos, desprotéjanse". ¿Por qué habla así Jesucristo? ¿Por qué les dijo que los otros eran lobos? Es claro, ¿pero por qué les dice que no lleven en qué apoyarse? Eso ya no resulta tan evidente.
La única explicación que a uno se le ocurre es: Van a ir indefensos; no intenten defenderse ustedes. Porque suponga que usted tien que mandar, por ejemplo a un niño pequeño, a un niño de unos seis o siete años tiene que mandarlo de este lugar donde nos encontramos, a que lleve unos documentos importantísimos al edificio Covinoc, allá sobre la diecinueve o sobre no sé qué.
Imagínese la tragedia de teer que mandar a un niño de seis años y medio solo desde aquí hasta allá, eso es una tragedia. El niño se pone srio y dice: "Sé que es una misión difícil, querido Padre, pero he traído mi pistola de agua para defenderme, y si en cualquier momento alguien me intentare atacar, yo le disparé con mi pistola".
Pues eso es más o menos lo que sucede, que nosotros los cristianos, y especialmente los misioneros, somos como corderos en medio de lobos, eso está clarísimo; pero cuando nosotros empezamos a sacar nuestras espadas de plástico y nuestras pistolas de agua, y con eso nos vamos a defender, "y en el momento en el que alguien me atacare, por diestra o por siniestra, yo le llenaré la cara de agua, y entonces se detendrá y no me atacará".
Pues algo parecido es lo que hace Jesús aquí. "Ustedes van en medio de lobos, pues de esos lobos ustedes no se pueden defender con sus armas. "Id pues, -les dice-, mirad que os envío" San Lucas 10,3, eso es lo que no tienen que olvidar.
"Os envío" San Lucas 10,3, "soy yo el que os estoy enviando. Mirad que soy yo, y que en la fortaleza de esta palabra tenéis vuestra fortaleza".
Entonces el que se distrae a conseguir amigos por el camino, por si acaso, por si acaso, por si acaso, el que se distrae consiguiendo pistolas de agua y espadas de plástico, ése no va a hacer la misión que Dios quería que él hiciera.
"Mirad que os envío" San Lucas 10,3, "soy yo el que os está enviando". Esa es nuestra fortaleza. Nosotros debemos predicar, así haya tanto que corregir en nosotros mismos, tenemos que predicar y tenemos que anunciar el mensaje, recíbanlo o no lo reciban; pero tenemos que anunciar el mensaje porque Él nos ha enviado. Nuestra fortaleza es Él.
En esto yo he cometido tantos errores, tendría que hacer una predicación más larga y seguramente tediosa sobre lo que es la lista de mis errores. Es tan fácil para uno apoyarse en sus razones, es tan fácil creer uno que sus argumentos son imbatibles: "Y entonces yo le voy a decir por aquí, luego le diré por acá, luego le digo por aquí, y en ese momento cae redondo".
Pues uno sí dice por aquí y dice por acá y dice por allá, pero el hombre no caes redondo. Que un lobo caiga delante de un cordero, eso sólo lo hace Dios: porque delante del Cordero de Dios se dobla toda rodilla; que caiga el lobo en la trampa del cordero y que esta vez no sea el cordero el que caiga en la trampa del lobo, eso sólo lo hace el Cordero de Dios, porque este Cordero también es Pastor, sólo en Él tenemos esa fortaleza.
Pues entonces recibámosle la misión a Cristo, recibamos a Cristo misionero en nuestras vidas, recibamos la misión del Espíritu, recibamos a los misioneros y predicadores que Dios nos envía, acojámoslos, recibamos su palabra de salvación.
Y ganados por esa palabra, anunciemos también nosotros que el Reino está cerca, sabiendo sí que toda nuestra fortaleza está solamente en Él, y que nadie lo reemplaza a Él.
No somos los primeros que llegamos a la vida de nadie, ni somos los últimos en despedirnos de la vida de nadie.
Es Cristo el que da el comienzo, es Cristo el que da el camino, es Cristo el que perfecciona la obra. A Él el honor y el poder por los siglos.
Amén.