O253001a
Fecha: 19960925
Título: Nosotros participamos del mismo Espiritu de Cristo
Original en audio: 4 min. 32 seg.
Jesús comunica a sus discípulos los mismos poderes que maravillaban a la gente: expulsar demonios, curar enfermedades, predicar con poder la llegada del Reino de Dios.
Jesús no es envidiosos, no retiene con avidez su poder, su misericordia, sus milagros. Al contrario, lo mismo que Moisés había dicho: "Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta" Números 11,29, así también Jesús parece decir con sus gestos: "Ojalá todo el pueblo de Dios hiciera los milagros que yo hago".
Porque en realidad el centro de su misterio no está en esos milagros; esas obras maravillosas tienen sólo una función, y es declarar que ha llegado el Reino de Dios, es anunciar la llegada del Reino.
Y ahí está, parece, el centro del Corazón de Jesucristo: contar a todos los pueblos, empezando por el pueblo de la promesa, empezando por Israel, la llegada del Reino de Dios.
Cuando Jesús comunica a sus discípulos esa potestad de realizar milagros y de predicar, está también como extendiendo el misterio de su propia Encarnación. De aquí en adelante Jesús ya no tendrá solamente sus manos para sanar enfermos, sino que su misericordia encontrará en las manos de sus Apóstoles como una prolongación de las suyas.
Y de esta manera se nos revela también el misterio de una nueva generación. Porque así como los papás a veces sienten que prolongan su hacienda, sus empresas, sus tareas o su herencia en sus hijos, así Jesús prolonga en sus discípulos el misterio de su Encarnación.
Y así se ve ya que, aunque no han sido engendrados ni de la carne ni de deseo de varón, según palabras del evangelio de Juan, sí han sido engendrados de nuevo. Esa carne no ha sido engendrada por la Carne de Cristo, pero esa carne sí ha sido y va a ser cada vez más poseída por el Espíritu de Cristo.
De modo que lo que son los hijos a los padres en el antiguo régimen, en la Antigua Alianza, esos son los discípulos a Cristo en el Nuevo Evangelio, en la Nueva Alianza.
Nosotros, los discípulos de Jesús, no somos engendrados por la Carne de Él, pero, participando de su mismo Espíritu, del don de su Espíritu, formamos uno solo con Él, tenemos como una misma potestad con Él; y en realidad, es como si nuestra carne prolongara su Carne, y entonces, nuestras palabras a las suyas, nuestros ojos a los suyos, nuestro corazón al suyo.
Roguemos a Dios recibir con plenitud esta efusión del Espíritu. Este es el nuevo nacimiento propio del Nuevo Testamento en el que nos encontramos. Y esto explica también por qué podrá decir Jesús en otro pasaje: "El que a vosotros os recibe, a mí me recibe; el que a vosotros os rechaza, a mí me rechaza" San Lucas 10,16.
Que viva Cristo la plenitud de su misterio en nosotros por la gracia del Espíritu, y transforme enteramente lo que nosotros somos, porque ningún padre logra transmitir sin más su pensamiento y su amor a sus hijos; en cambio, Cristo, a través del don del Espíritu, sí nos comunica de tal manera su gracia, que podemos decir con el Apóstol San Pablo: "Nosotros tenemos el pensamiento de Cristo" 2 Corintios 13,11.