O242002a

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Fecha: 20020917

Título: El cuerpo de Cristo, la Iglesia, tiene diferencias pero no tiene divisiones

Original en audio: 7 min. 26 seg.


El Apóstol San Pablo en la primera lectura nos ha revelado el nombre hermoso que nosotros tenemos: nosotros nos llamamos "el cuerpo de Cristo" 1 Corintios 12,27.

Jesús es nuestra Cabeza, nosotros somos su Cuerpo. Todos y cada uno de nosotros tenemos un lugar en Cristo, y de la unión de todos nosotros resulta la realización del plan de Dios y la gloria misma de Nuestro Salvador, el Señor Jesús.

Cristo recibe gloria en la unidad de su pueblo, es decir, en la unidad de su Cuerpo. Y San Pablo, en la lectura que hemos oído, nos revela un poquito sobre el misterio de esa unidad que se da en el Cuerpo de Cristo: es una unidad perfecta y es una unidad en la diversidad.

Unidad plena que no significa confusión. No es como cuando se le echa a una sopa toda clase de granos, y con el calor y el fuego, y el agua, y la sal, se disuelven y se forma una sola masa.

Nosotros no somos la "masa" de Cristo: somos el Cuerpo de Cristo, es decir, somos uno, y sin embargo, somos distintos.

San Pablo nos enseña que en este cuerpo no hay distinciones, y sin embargo sí hay diferencias: "Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo" 1 Corintios 12,13.

Las diferencias creadas por el pecado desaparecen; las diferencias creadas por los prejuicios raciales, sociales, económicos, prejuicios de género o de cualquier otra clase, todos esos prejuicios humanos desaparecen, y esas distinciones no existen en el cuerpo de Cristo.

Judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres, todas esas distinciones que provienen del pecado o de los prejuicios humanos, todas esas desaparecen.

¿Significa, entonces, que todo da lo mismo? ¿Significa que no hay diferencias? No, señor, diferencias sí hay, pero no son las diferencias formadas por el pecado, ni son las diferencias que provienen de los prejuicios humanos, sino que son las diferencias que vienen del plan de Dios. Esa parece ser la idea central de la primera lectura que hemos leído.

La podemos sintetizar de esta manera: en el cuerpo de Cristo no existen las diferencias que tienen su origen en el pecado, ni existen las diferencias que tienen su origen en los prejuicios nuestros, o en las conveniencias humanas, esas diferencias no existen.

Pero sí existen otras diferencias, que son las diferencias que provienen de la distribución de la gracia, y por eso nos dice San Pablo en el mismo texto: "Dios os ha distribuido en la Iglesia" 1 Corintios 12,18.

Las diferencias no son las del pecado ni las de los prejuicios, son las diferencias que provienen de Dios, de la distribución que Dios hace, ¿y cuál es esa distribución? San Pablo nos la explica: "en el primer puesto los Apóstoles" 1 Corintios 12,28, que son los que traen la noticia de la salvación y el testimonio de la Cruz y la Resurrección de Cristo.

"En el segundo puesto los profetas" 1 Corintios 12,28, aquí se entiende por profetas aquellos hombres o mujeres, que con una percepción profunda del querer divino, y de una intimidad profunda con el ser de Dios, le dan luces a toda la comunidad,los profetas en segundo lugar.

"En tercer lugar, los maestros" 1 Corintios 12,28, es decir, aquellos que a través de la predicación y la enseñanza consolidan el mensaje de la salvación en los corazones.

Fíjate que ese orden que nos da San Pablo no es un orden caprichoso, ni es un orden de honores humanos, es un orden que proviene ¿de qué? De la importancia que cada ministerio tiene para dar la vida de la gracia al pueblo de Dios.

Evidentemente, los Apóstoles son los primeros, porque sin ese testimonio de la Cruz y la Resurrección no hay nada; luego, se necesitan los profetas que actualizan, por decirlo así, el querer divino en la comunidad.

Se necesitan los maestros que son los que robustecen y consolidan la fe en el pueblo de Dios. Esos tres son los grandes. A los demás, San Pablo los enumera de un modo más suelto, podríamos decir.

Después vienen los milagros, que sirven para despertar la fe; luego, el don de curar, la sanación física, que sirve para robustecer la fe.

La beneficencia, es decir, las obras de caridad que sirven para atender a las necesidades inmediatas y ayudan al sostenimiento de los pobres; luego, el gobierno, qué interesante eso, mira qué lugar tiene el gobierno; luego, la diversidad de lenguas, el don de interpretarlas. Ese orden, sobre todo el de los tres primeros, nos muestra en dónde está la preocupación de San Pablo.

San Pablo quiere, ante todo, asegurar que el mensaje de la salvación llegue completo, llegue vigoroso y llegue fresco, nuevo, a cada corazón para que todos podamos apoyarnos en Dios.

Y así, el cuerpo de Cristo, teniendo diferencias, no tiene divisiones, no tiene distinciones que vengan del pecado ni de los prejuicios humanos, sino tiene las diferencias propias del plan de Dios para distribuirnos a todos su amor, su gracia y su sabiduría.