O176002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20020803

Título: Cuando aparecen las calumnias hay que saber defender, no nuestra vida ni nuestra honra, sino a Dios

Original en audio: 8 min. 49 seg.


Esa sensación que tuvo Jeremías, ese horrible sentimiento de abandono, de persecución está muy bien retratado en el salmo con el que acompañábamos la primera lectura: "Arráncame del cieno, que no me hunda, líbrame de las aguas sin fondo, que no me trague el torbellino" Salmo 68,1-2.

Esas expresiones demuestran, expresan bien ese sentimiento de ser devorado por las circunstancias, por el ambiente, por los problemas, por los enemigos.

Y lo más hermoso de la primera lectura, me parece a mí, es ver cómo Jeremías se defiende. Jeremías se sostiene en su misión de profeta, sostiene la autoridad de Dios sobre el pueblo y precisamente, con esa verdad que anuncia, abre camino incluso para su propia salvación.

"Conmigo pueden hacer lo que quieran, -dice él-, pero si me hacen morir, echan sangre inocente sobre este lugar. Y en cambio, si ustedes enmiendan su conducta, pues Dios quita su amenaza sobre esta ciudad" Jeremías 26,14-15.

Es muy grande esta manera de defenderse, tiene una grandeza particular: no responde a las amenazas con amenazas, no responde a los insultos con insultos, ni a las maldiciones con maldiciones; hay una grandeza, hay una nobleza, hay una mansedumbre en Jeremías, que por una parte se declara en manos de Dios, y por otra parte produce la soberanía de Dios sobre sí mismo y sobre sus propios enemigos.

"Ciertamente me ha enviado el Señor a vosotros, a predicar a vuestros oídos estas palabras" Jeremías 26,15. ¿Y qué dice este texto para nosotros? ¿Cómo podríamos aplicarlo a nuestra vida? Humanamente, lo que a uno se le ocurre cuando es atacado, pues es atacar también; lo que a uno se le ocurre es pagar con la misma moneda.

Pero Jeremías nos muestra un camino distinto, ese camino lo describe San Pablo cuando dice: "Es mía la venganza, es mía la justicia" Carta a los Romanos 12,19.

Por ejemplo, está el caso de la calumnia. Es muy frecuente que surjan a nuestro alrededor todo tipo de calumnias. Y no es difícil encontrar calumnias, por ejemplo, para una persona consagrada, para un sacerdote, para una persona pública; no es difícil encontrar calumnias.

La actitud de uno, por lo menos al principio cuando estas cosas empiezan a suceder, es como tratar de cuidar la imagen, limpiar la imagen, proteger lo que aparece de uno. Pero la experiencia muestra que muchas veces, cuanto más trata uno de defenderse, de aclarar y de aparecer inocente, pues más se enredan las cosas.

Y por eso, muchas veces la estrategia más conveniente es la de Jeremías. Jeremías en el fondo lo que está diciendo es: "Miren, este no es asunto ni de ustedes ni mío, es Dios el que está detrás de esto, es Dios el que manifiesta su gloria. Esto no es ni que ustedes manden ni que yo mande, es Dios el que manda".

Y algo así es lo que muchas veces nos salva de habladurías, de murmuraciones, de calumnias. Ese saber poner la raíz como solamente en Dios. Porque los príncipes, los sacerdotes, el pueblo, todo lo que le rodeaba era un peligro, era una amenaza. Pero aquí está lo que propone este hombre: se afianza en Dios, se radica en Dios, y eso funciona. Muchas veces el tiempo pasa, y el tiempo da la razón y el tiempo da la victoria.

Hay un ejemplo muy bonito del Papa Juan XXIII, un ejemplo que he recordado otras veces. A punto de morir el Papa Juan, le decía a su secretario como una alabanza a Dios: "Hemos amado a la Iglesia". Y en medio, esta frase que me impresiona: "A nadie hemos arrojado las piedras que nos tiraron". Ese es un alma grande. "A nadie hemos arrojado las piedras que nos tiraron".

El Papa Juan fue calumniado por todas las tendencias, gente, llamémosla de derecha, y gente, llamémosla de izquierda, tradicionalistas y modernistas, todos tenían algo que acusar en lo que el Papa hiciera o dijera.

Y así como muchos lo amaron, muchísimos lo atacaron, lo atacaron duramente. "Le vi llorar en los pasillos del Vaticano", decía el secretario; "le vi llorar". "A nadie arrojamos las piedras que nos tiraron.

Y en esta actitud de Jeremías hay algo de Jesucristo. Qué parecido resulta Jeremías aquí a Cristo cuando se presenta al pueblo, allá por Pilato así, para ser acusado, para ser juzgado vilmente. La estrategia de Jeremías, fundarse en Dios, declarar el reinado de Dios permanecer en Él.

En el caso de Jeremías hubo un hecho providencial: Ajicán se hizo cargo de Jeremías, para que no lo entregaran al pueblo para matarlo. En el caso de Jesucristo, aparentemente nadie salió a defenderlo.

Pero es que a través de esta misma Pasión dolorosa, era Dios Padre, Dios mismo, el propio Padre, el que estaba conduciendo a su Hijo hacia el oprobio de la Cruz, como puerta de la gloria de la Resurrección.

Que venga Dios en nuestro auxilio, que nos regale una fe de estas, una firmeza total en Él, para que cuando nos rodeen las aguas turbulentas, cuando aparezcan las calumnias, cuando se nos ponga en la picota, nosotros sepamos defender, no nuestra vida, ni nuestra honra, ni nuestra gloria, sino defender primero a Dios, que Él se encargará de nosotros.