O176001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19980801

Titulo: El pecado que cometemos trae consecuencias

Original en audio: 4 min. 44 seg.


Dos personajes aparecen hoy en las lecturas, perseguidos por predicar la Palabra de Dios. Uno de ellos, al borde de la muerte, y otro de ellos, padeciendo la muerte por la Palabra del Señor.

Jeremías reclama fidelidad a la Alianza, le pide al pueblo, exhorta al pueblo y le exige al pueblo, de parte de Dios, que sea fiel a la Alianza. Y le dice a la gente que hay una consecuencia del pecado, que no se peca impunemente, que el pecado trae consecuencias, y esas consecuencias son las que aparecen como castigo de Dios.

No es que Dios expresamente se ponga como un papá malhumorado a castigar o a desquitarse o a vengarse de sus hijos desobedientes; no es eso. Es el pecado mismo el que trae sus consecuencias.

Como dice un salmo: "La maldad recae sobre la cabeza del malvado" Salmo 7,17. Y Jeremías lo que está recordando al pueblo es algo tan sencillo como esto: "Si usted sigue en ese camino de infidelidad, esa maldad recaerá sobre la cabeza de ustedes, y ustedes tendrán que vivir las consecuencias de su pecado".

Esta palabra resulta desagradable para el pueblo, así como para Herodes resultaba desagradable oír que no podía vivir con la mujer de su hermano Filipo. Son palabras desagradables, porque recuerdan que el pecado tiene su precio, que trae sus consecuencias.

Nosotros vivimos en un mundo que quiere también darle la espalda a a Dios en muchos aspectos, parece. Es decir, un mundo que cree que puede hacer las cosas sin que llegue ninguna consecuencia.

Pero la ecología ¿qué no es está diciendo? Que sí tiene consecuencias, que explotar despiadada y utilitariamente la naturaleza, tiene consecuencias. El desastre familiar de una generación de jóvenes dispuestos a suicidarse, ¿qué nos está diciendo? Que el pecado tiene consecuencias.

El río continuo de sangre de los abortos, ¿qué nos está diciendo? Que el pecado sí tiene consecuencias. La falta de paz, las enfermedades nerviosas y psicosomáticas de tantas personas, tantos niños y niñas enfermos, trastornados desde pequeños, ¿qué nos está diciendo? Que el pecado sí trae consecuencias.

Esta es una verdad amarga, porque nosotros quisiéramos disfrutar de la vida sin consecuencias, nosotros quisiéramos un paraíso. El paraíso, como nosotros lo imaginamos, es como una especie de disfrute sin cuenta de cobro, sin consecuencias.

Finalmente, ¿qué respuesta le dio Dios a este problema? La respuesta está en Jesucristo. La Cruz de Jesucristo es de algún modo la gran paga, de algún modo es la cuenta de cobro. La Carta a los Colosenses dice en algún lugar que Jesús arrancó esa cuenta que estaba en contra de nosotros, esa cuenta de cobro, todo eso que veníamos acumulando, todo ese saldito, y lo fijó en la Cruz, lo crucificó en su propia Carne.

Nosotros nos unimos a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, y en esa Cruz al mismo tiempo aprendemos y recibimos. Aprendemos que nuestros pecados, como aguas negras que se van a las alcantarillas, finalmente llegan a la cloaca. Y la Cruz es eso, es como esa cloaca donde fueron a dar todas las aguas negras de la humanidad.

Y por eso, en el Cristo llagado aparece toda la miseria de la humanidad. Pero sobre todo aprendemos y recibimos del amor de Dios. Nos damos cuenta que hemos hecho de este mundo un lugar en el que ya nadie podía pagar todas las cuentas. Y por eso, por gracia, por regalo, recibimos en Jesucristo perdón, recibimos misericordia, pero más que eso, recibimos la gracia de no repetir la misma historia.

Unámonos, pues, al sacrificio de Cristo en la Cruz que se renueva mística y realmente en esta Eucaristía. Y pidámosle que tengamos los ojos abiertos a las consecuencias de nuestros actos, que nadie las va a detener; pero al mismo tiempo que nos dé la gracia de ser sanados de las antiguas heridas, y de no repetir los pecados pasados.