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El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo 13 de San Mateo (Mt 13,44-46).

Me llama la atención en las palabras de Cristo esa imagen de la perla, la razón por la que me llama la atención es porque al mismo tiempo nos presenta el don de la gracia como algo comparable e incomparable.

Imaginémonos a este comerciante en perlas finas, y le llega una que es de gran valor; en la medida que es una perla, como las otras, es comparable, es algo como él como experto puede valorar, es algo que puede poner en una línea y decir: “esta se parece a esta, esta es mejor que esta”; en ese sentido el don del Evangelio es comparable. Pero luego resulta que hay tal tamaño, hay tal belleza, hay tal perfección en esta perla que resulta incomparable, es decir, de tal modo excede a todas las otras perlas que no hay comparación posible; así es el Evangelio, al mismo tiempo es un bien que experimentamos en la realidad de nuestros días, un bien que en ese sentido es comparable, así como un día se parece a otro; pero luego resulta que el bien que trae el Evangelio, es incomparable porque excede de tal manera todo lo demás que hemos conocido, y entonces resulta que está mucho más allá y no se puede comparar con todo lo demás que hemos recibido.

¿Y cuáles son esos bienes que hacen incomparable, que hacen tan grandioso al Evangelio? Sintéticemolos en cuatro puntos. El Evangelio es incomparable en primer lugar, porque todo lo demás, o la inmensa mayoría de lo que recibimos, lo recibimos como un pago, como una transacción, es decir “yo tengo que dar algo, para que me den algo”, puedo tener, por ejemplo una casa muy bella, pero tuve que pagar por ella; puedo tener el celular de última tecnología, pero tuve que comprarlo; por el contrario, lo primero que asombra en el Evangelio es que es regalo, es gracia, es don que se otorga y esto es asombroso, esa palabra es absolutamente fundamental en el Nuevo Testamento, el Evangelio es gracia, es regalo y ya eso trae una nota de alegría y amor que impresiona.

Viene el segundo punto, resulta que este regalo sí que cumple con lo que a veces significa lo que identificamos con esa palabra, a veces llamamos a los regalos un presente, lo llamamos así porque es la manera de hacerse presente en la vida de otra persona. Pues resulta que el regalo del Evangelio es verdadera presencia de Dios, es decir, Dios no solamente nos ha regalado algo, sino que Él mismo se ha convertido en don para nosotros. Como decía el teólogo Karl Rahner: “lo propio de la gracia divina es la autocomunicación de Dios”; Dios mismo se ha comunicado, Dios mismo se ha hecho presente y por supuesto que recibirlo a Él, experimentar la fuerza y la belleza, la luz y la hermosura de su vida en nuestra vida, excede todo lo demás.

Además esta perla es preciosa y supera las otras porque viene a restaurar, no solamente lo que somos, y no solamente viene a preparar lo que seremos, sino que también transforma lo que hemos sido, es decir le pone orden a nuestra vida. Por ejemplo, cuando descubrimos los dones preciosos de sanación que Dios trae a nuestra existencia, cuando descubrimos que Dios verdaderamente nos sana, entonces descubrimos que Él trae este orden a nuestra vida. Es maravilloso ver en las historias de las personas que se han convertido al Señor, como Dios los ilumina y les muestra que incluso las épocas oscuras de su vida, encajan dentro de ese plan de amor y de redención que solamente el Señor podía imaginar. Miremos el caso de la samaritana que toma de su propio pasado, el cual era vergonzoso, pero toma de ahí un motivo para evangelizar a sus compatriotas (cf. Jn 4,5-42), y les dice: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?” (Jn 4,29), es decir incluso su pasado miserable, que es como su llaga, dentro de la maravilla del Evangelio, queda convertida en una pieza más que habla, que grita del amor de Dios.

Esta capacidad de transformar y de darle un orden y un lugar a todo lo nuestro, solamente lo tiene la gracia divina.

Por último, por supuesto que esta perla es incomparable porque su bien es eterno, porque no decae, porque está siempre ahí; y ese bien eterno de la perla es el que también hace que nosotros sepamos que hemos llegado a puerto, que ya no hay nada más que buscar, que ahí está el descanso de nuestras almas.

Perla comparable porque llega a nuestros días, incomparable porque lo supera todo, eso es el Evangelio de Jesucristo.