O141002a
Fecha: 20020708
Título: Dos rostros de la misericordia de Cristo
Original en audio: 9 min. 16 seg.
Prácticamente toda la Biblia la podemos resumir en aquello que hemos dicho en el Salmo: "El Señor es clemente y misericordioso" Salmo 145,8.
Puede decirse que la Biblia entera es la revelación de la misericordia de Dios. Porque Dios, todo lo que hace por nosotros, lo hace no por un deber, no por una obligación, no por una deuda.
Y cuando una cosa se hace, es buena y no es por una deuda, ¿por qué es? Por amor, amor que toma el rostro de la compasión cuando se trata de alguien que tiene necesidad.
De manera que en la práctica, todas las páginas de la Biblia son revelaciones del amor de Dios, un amor que repito, tiene muchos rostros. Hoy, por ejemplo, hemos visto dos rostros de ese amor, muy distintos entre ellos, pero ambos provienen del mismo amor de Dios.
¡El amor que separa, el amor que aparta, el amor que quita las distracciones, que quita los ídolos, que quita la competencia! Esto tiene que ver mucho con el amor de pareja, porque uno ve, cómo cuando un muchacho está interesado en una niña, sabe que necesita un tiempo a solas con ella; si no, nunca va a hacer nada. Necesita sacarla aparte.
Si están en una reunión, si están en una fiesta: "Déjenmela un momentico sola". Necesita un momentico a solas con ella, para poder decirle: "Tú eres importante para mí. Yo creo que podemos tener algo". Bueno, yo no sé cómo sean las declaraciones en estos tiempos. El hecho es que toca aislar a la persona.
Hay que quitar la competencia. Algo parecido es lo que nos presenta Oseas. Oseas fue un hombre que vivió el dolor de la infidelidad. Porque la esposa con la que él se casó, era una mujer que se llamaba Gómer, me parece, y con ese nombre, ¿qué podía hacer Gómer?
Tenía por oficio, o tenía por gusto, andar buscando hombres. Oseas sufrió con la infidelidad, y él sabía muy bien lo que significa apartar la competencia, tener por fin a solas a su mujer, sin verse obligado a estarla vigilando.
Pues, eso mismo quiere Dios con nosotros. Nuestros ídolos son la competencia que tiene Dios. Dios quiere todo nuestro corazón. Pero los ídolos son una competencia que no deja que nos entreguemos por completo a Él. Entonces, Dios, en un acto de amor, en un acto que tiene por meta liberarnos, quita la competencia. Son los momentos de desierto.
Claro, cuando uno siente el desierto, cuando uno siente que le quitan muchos afectos y muchos soportes, uno seguramente no piensa: "Dios me está amando", sino piensa: "Dios me está castigando, Dios se está vengando"; lo que sea, tonterías que uno dice.
Pero en realidad, cuando Dios quita la competencia, ahí es cuando uno más se apega a Él. Eso no significa que todos los amores le estorben a Dios, ni que Dios sea celoso de mala manera. Sino que cuando Dios nos ve idólatras de un afecto, o de una idea, o de un libro, o de un país, o de una cosa, pues tiene también actos con los cuales nos libera de esa competencia. Y ese es un rostro de la misericordia.
El otro rostro es el que aparece en el evangelio. Tal vez es más claro, tal vez requiere menos explicaciones. Dios comunica vida, porque comunica misericordia. Esto es algo muy interesante. Porque vivimos en un tiempo en el que los médicos, los genetistas, los laboratorios, juegan con la vida, pero sin misericordia.
Ayer no más, estaba mirando un programa en uno de estos canales culturales, y decía un gran científico de ésos: "Yo sé que un embrión es vida humana, pero que eso tenga alma, que eso sea una persona, no. ¡No! Yo no afirmo eso".
Por tanto, uno siente escalofrío de pensar en los embriones que caen en manos de estos médicos, porque son manos sin misericordia. Son manos que pueden tener inteligencia, que pueden tener poder, pero qué tristeza y qué terror, tener inteligencia y tener poder, sin tener misericordia.
Entonces, Jesús, comunicando misericordia, comunica vida. Dándonos misericordia, nos da vida. Y la vida que trae Cristo, es una vida indisolublemente unida a su actitud compasiva.
Él estaba predicando, y le interrumpieron su discurso. Luego, se fue a sanar la niña, y le interrumpieron su camino, porque entonces apareció la mujer que estaba enferma. Eso también tiene una enseñanza.
El camino de Cristo no es el camino del empresario que dice: "En dos años tengo que tener este margen de ganancia". No es el camino de una aplanadora que va por aquí y que pasa por encima del que sea.
Cristo se deja interrumpir. Eso es una gran noticia. Cristo se deja cambiar el camino. ¡Esa es una gran noticia! Nuestro Dios no es una aplanadora. Podríamos decir, -allá los teólogos que nos expliquen-, que nuestro Dios es un Dios que va cambiando de plan en la medida en que nuestro camino a veces se tuerce, a veces se retuerce, y a veces como que trata de enderezarse.
Si nuestro Dios fuera una aplanadora, enfrentaría a este hombre así: "-Se me murió la hija". "-¡Espere, que estoy en una conferencia!" Y luego llega la mujer que tiene su enfermedad, su flujo de sangre: "¡Deje de estarme agarrando! ¿No ve que voy a resucitar a una niña?"
Pero nuestro Dios es un Dios que se deja interrumpir, que se deja cambiar el camino. Eso es una gran noticia para nosotros. Porque su propósito general, su gran propósito, en realidad, es comunicar salvación, manifestar el rostro de Dios. Y en ese gran propósito, en ese gran camino, como que caben todos los caminos de la historia humana. Esa es una buena noticia, la misericordia de Cristo.
Arriesguémonos nosotros a buscar esa misericordia. Jamás pensemos que por decisiones mal tomadas, que por acciones mal realizadas, ya me perdí del camino. ¡No! El camino de Cristo es el camino del que busca la oveja perdida.
No es el camino que le gustaría a un matemático eficiente, una geodésica que ocupa el menor tiempo. El camino de Cristo es el camino adaptado a la miseria, porque es el camino nacido de la misericordia.
Sigamos entonces nuestra celebración con una gran confianza en Jesús, pero dándole también a Él libertad, según nos enseña Oseas, a que Él a su vez nos cambie nuestros caminos, como le hizo al pueblo de Israel.
Porque ahí es donde se unen los dos temas. En el evangelio vemos que Dios se deja cambiar el camino. Pero en el libro de Oseas, vimos que Dios nos cambia el camino a nosotros, porque nos quita soportes, nos quita muletas.
Dice: "-Usted, señora casa, puede sobrevivir sin estos puntales. Venga y le quito esos puntales". Y uno le dice: "-Que me voy a derrumbar". Mas Cristo dice: "-No se va a derrumbar, porque yo sé cómo está hecho usted".
En resumen, la misericordia de Dios a veces nos cambia nuestro camino, y la misericordia de Dios a veces hace camino con nosotros..