O135001a
Fecha: 19960705
Título: Dios necesita evangelizadores que no se apoyen en sus propias fuerzas
Original en audio: 8 min. 52 seg.
¿Quiénes eran los publicanos? ¿Quiénes eran estos cobradores de impuestos? Tal vez la gente más odiada del país. Más odiados que los mismos romanos, más odiados que los griegos, más odiados que los antiguos amorreos o moabitas, realmente, la gente más rechazada y despreciada; probablemente con razón.
El oficio de estos publicanos era cobrar los impuestos, pero no había un régimen tributario claro en aquella época.
¿Qué era lo que hacía el Imperio Romano para logar el cobro de los impuestos en una región tan pobre, donde la vida es tan dura, como Palestina? Para no gastar gente suya e ese oficio, que es moesto en todas latitudes y en todos los tiempos, los romanos abrían una especie de licitación.
Llegaban a una población o región y abrían una licitación: "Bueno, ¿quién quiere cobrar los impuestos?" Desde luego, los que se ofrecían, eran gente del mismo pueblo.
¿Y cómo funcionaba aquello? El que iba a cobrar los impuestos tenía que pasar una tasa fija al Imperio Romano. Entonces el Imperio, de acuerdo a lo que conocía de la economía del lugar, fijaba una tasa determinada que servía para toda esa región; es decir, el cobrador tenía que pasarle el Imperio, por cobro de impuestos, tanto dinero en tanto tiempo.
Pero el arte, el malévolo arte de los romanos era no ponerle sueldo al cobrador. El sueldo era lo que él lograba hacer por su cuenta. Entonces el publicano era aquel traidor por excelencia, enemigo de sus hermanos, que vivía en el mismo pueblo de todo el mundo y que era el encargado de servir de explotador de su misma raza, en favor de los enemigos.
Es difícil describir el odio y el absoluto desprecio que causaban en el pueblo judío estos señores. Y muchos de ellos, pues justificaban por completo ese odio. Como tenían cierto respaldo jurídico e incluso de fuerza pública por cuenta del Imperio, entonces exprimían hasta el límite de las fuerzas y hasta llevar al hambre y a la miseria a muchos de sus hermanos, y muchas veces se hacían ricos así.
Desde luego, un publicano de estos no era ningún ingenuo. Él tenía que darse cuenta que él tenía encima a todo el pueblo y de que tenía el odio de toda la gente sobre su cabeza.
Por eso los publicanos ¿qué amigos podían tener? Sólo algunos otros publicanos, algunos otros que les ayudaban en el oficio, y pecadores públicos, es decir, la gente que era igualmente rechazada por todo el pueblo.
Con estas indicaciones, no podemos dejar de admirarnos de que Jesús se acerque a una vida así y que luego le diga a uno de esos señores: "Sígueme" San Mateo 9,9.
Si Jesús hubiera tenido un departamento de relaciones públicas o de imagen, le hubiera caído encima: "Maestro, ¿cómo se te ocurre? Nos van a desacreditar; recién estamos empezando, ¿y vas tú a llamar a semejante lacra, desacreditado ante todo el mundo, lo vas a llamar para que esté con nosotros? ¿Qué va a decir la gente?"
Es inconcebible el llamado de Jesús, es inconcebible para los que ya estaban con Jesús. Para los demás discípulos tuvo que haber causado por lo menos una inmensa extrañeza.
Desde luego es inconcebible para la gente del pueblo que no podía mirar eso sino despreciándolo y descalificándolo: "¿Cómo es que vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?" San Mateo 9,11.
Es sabido que el acto mismo de compartir la mesa, más que un acto de alimentación, es un acto de comunión y de solidaridad y de amistad y de amor. ¿Como es que come con publicanos y pecadores?
Por suerte no se le ha quitado la maña, porque en la Eucaristía sigue comiendo y dándose en comida con pecadores, que somos todos nosotros; o sea que esa maña no se le ha quitado a Jesús.
Entonces, tenía que extrañar a los discípulos, tenía que extrañar a la gente del pueblo, pero sobre todo tuvo que extrañar al mismo Mateo, por lo menos por dos razones. En primer lugar, porque una persona que ha vivido del odio de los demás, no cree en el amor de nadie.
Este Mateo ¿en qué amores podía creer? Cuando una persona no ha recibido sino patadas, insultos, odio, probablemente justificado, ¿qué puede salir de ese corazón? ¿A quién le podía creer Mateo? Ese señor no podía creer sino que, "en cualquier momento me van a matar"; o sea, "en el momento en que los romanos dejen de apoyarme y de escoltarme, esta gente me lincha".
Entonces, que haya recibido una gota de amor, que haya recibido una mirada de dulzura, que haya recibido una palabra de cariño, eso tuvo que haberle sabido rarísimo, yo no sé si buenísimo, pero rarísimo a él. "Que alguien me quiera a mí, que alguien quiera destilar una gota de miel en la amargura de mi vida, ¡inconcebible!"
Pero no sólo en ese sentido como tan romántico, sino también en otro sentido. Como lo representan los dibujos animados o las caricaturas, Mateo venía a ser uno de esos señores que en las figuras sólo tiene un signo de pesos, sólo tiene la sensibilidad para el dinero.
¿Y qué es Jesús delante De Mateo? un Zarrapastroso, un mendigo, un indigente. ¿Cómo se atreve a decirle un indigente a un hombre que era rico, con riquezas injustas pero rico, decirle "sígueme?"
"Sígueme" significaba "deje su riqueza; "sígueme" significaba "deja todo eso que ha sido tu esquema de vida, deja todo eso, cambia por completo tu manera de vivir; y todo lo que antes era bueno y grande para ti, ahora se ha de convertir en basura".
Porque el que le dice "sígueme" San Mateo 9,9 no es otro rico más rico que él, sino el que es pobre entre los pobres.
Mateo se despidió de su vida pasada evangelizando. Llamó a otros publicanos y pecadores, hizo un banquete y anunció y festejó la misericordia de Dios para con él. De manera que Jesús no sólo logró una conversión sino que hizo "moñona" con esta predicación y con este llamado a Mateo.
¿Por qué Jesús quería llamar a personas así? ¿Por qué buscaba enfermos? Porque una persona como Mateo, después de convertirse, nada iba a decir a su favor, sino todo a favor de Cristo. Porque estos convertidos, estos que eran pecadores públicos, estos que eran hombres sin instrucción, estos que tenían la miseria del cuerpo o del alma, de la instrucción y de todo, estos que eran sus primeros Apóstoles de nada querían ni podían fiarse, sino de la gracia de Cristo.
Y ese es el tipo de evangelizadores que Dios necesita, gente que no se apoye en sus propias fuerzas, sino que, conquistados por su amor, anuncien a todas partes que hay vida, que hay gracia y que hay perdón.