O112001a

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Fecha: 19960618

Título: Cambiar el mundo a fuerza de palabras

Original en audio: 9 min. 30 seg.


Palabra de Dios, Palabra del Señor, decimos en las celebraciones eucarísticas. Como que Dios confiara tanto en esa Palabra para transformarnos, que con solas palabras quisiera hacernos mejores.

Las celebraciones de la Iglesia, fundamentalmente lo que hacemos es proclamar una Palabra, escuchar una Palabra, meditar una Palabra. Y esa Palabra, por la obra del Espíritu, realiza como una especie de nueva encarnación en nosotros.

La carne de la Palabra es la asamblea, que escucha, que medita, que celebra y así esta Palabra encarnada en esa asamblea se convierte en mensaje para en mundo que transforma ese mundo desde dentro.

Cambiar al mundo a fuerza de palabras. Se necesita, pues, un gran soñador para afirmar esto, o se necesita tener un corazón muy grande, y ese es el caso, me parece a mí, de nuestro fundador, de Domingo de Guzmán. Un mucho de sueño o un demasiado de amor. Tener muchísima fe y tener esperanza; tener además una dura conciencia de lo que significa tratar a otro como otro, otro como yo.

El ministerio de la Palabra, el ministerio de la predicación, me parece que es el trato, casi diría yo, más respetuoso que se le puede dar a la otra persona; hablar al otro es tomar en serio su capacidad de gobernarse a sí mismo.

Hablar al otro es tomar en serio su realidad de creatura, hablar al otro es confiar en la gracia que está en el mensaje, no en la propia virtud, no en la propia fuerza, no en el propio ejemplo.

Ejercer el ministerio de la predicación es fiarse de la Palabra, es creer que es la gracia la que salva las otras personas y es creer también que estas personas son sujetos capaces de acoger la Palabra y que la misma Palabra que se ha hecho carne y salvación en mí, puede hacerse carne y salvación en las otras personas.

Sin embargo, las lecturas de hoy, pues nos hacen ver bien la altura de exigencia que puede tener esta Palabra. Respetar al otro no significa hacernos irresponsables de su salvación, respetar al otro y tomar en serio su condición de creatura, es tomar también en serio su condición de pecador.

Y por consiguiente, tomar en serio la realidad, terrible y dramática, pero realidad, de que esa vida, esa otra vida finalmente acabe perdiéndose.

Por eso la palabra es un acto supremo de caridad y de respeto hacia la otra persona, pero a menudo es una caridad y un respeto que tiene que pasar por la denuncia de su propia culpa y que tiene que pasar, además, por las altas temperaturas a los que se puede forjar y templar el acero.

Sólo en estas temperaturas logra el ser humano alcanzar su verdadera estatura. Así como el niño consentido, relamido, contemplado y malcriado, se puede convertir en una piltrafa y se puede convertir en un desastre de persona, así también ese niño, educado en la escuela de los altos ideales y ese niño convocado por la fuerza de un amor realmente noble, puede ser un santo, puede ser un héroe.

Entonces, predicar a la otra persona, es someterla a la alta temperatura del amor, es hablar a la otra persona hasta que suceda lo de Emaús. ¿Recuerdas lo que decían los peregrinos? "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba? San Lucas 24,32. Con sólo palabras les encendió el corazón, con sólo predicación; pero una predicación que nace del amor, que nace del fuego los estaba ya quemando.

Pues así también nosotros, en la Orden de Predicadores, estamos llamados a ser cauterizados por el fuego, a ser consumidos por el fuego, para que nuestras palabras sean dardos que sometan al oyente a la alta temperatura del amor.

Hasta que el otro sienta desde dentro de sí mismo, no como una exigencia eterna, sino como su única posibilidad de autenticidad, que el otro sienta que tiene que ser, tiene que ser lo que es.

No tiene que ser lo que yo le digo, tiene que ser lo que está llamado a ser él. Esto supone, como he dicho, denuncia, Incluso agria denuncia como lo muestran los profetas de Israel. Esto supone no ceder una sola línea, un solo milímetro en la estatura de la perfección que Dios quiere de la otra persona.

Compadecer al otro, tener compasión del otro no es negociar con su mediocridad sino no negociar con el tamaño del amor que Dios le ha tenido y con el tamaño de la verdad que Dios le quiere revelar.

Amar buenamente al otro cuando se le predica, es precisamente no resignarse a dejarlo en su medianía, no resignarse a dejarlo en su pereza, en su vicio. Es llevar al otro, o mejor, favorecer que el otro alcance, propiciar que el otro alcance su propia y total estatura hasta poder decir con Cristo: “sed, pues, perfectos como perfecto es Vuestro Padre Celestial.” San Mateo 5,48.

Este ministerio de la Palabra, si lo miramos en domingo y en los santos de la Orden, requiere una gran purificación del corazón, para que este fuego del que vengo hablando, este fuego que no es otro que el del Espíritu, pueda pasar íntegro hasta el otro.

Cuando la exigencia de mi palabra no pasa por un corazón purificado, el otro lo único que sentirá es mi antipatía o mi simpatía; pero no son ni mis antipatías ni mis simpatías las que reúnen, es sólo ese amor más grande.

La pureza, la increíble pureza del corazón del predicador es ante todo esa total disponibilidad para que el fuego del Espíritu llegue a la otra persona hasta su propio límite, hasta su propia perfección.

Esto supone hasta cierto punto desaparecer, aprender a desaparecer, casi llegar a perder el propio nombre con tal de que sea glorificado el Nombre de Dios y con tal de que el otro llegue a ser lo que Dios quiso que fuera.

En este sentido, como se ve, es un acto de supremo amor. el Padre D´Amato, Dominico italiano, habla de la Caritas Veritatis, de ese amor a la verdad. Amor a la verdad de Cristo, y amor a la verdad del otro que sólo aparecerá cuando se ilumine esa vida con la Palabra.

Que Dios, entonces, tome nuestros corazones. Él, que puede transformar pan en Cuerpo de Cristo y vino en su Sangre, que Él también tome nuestros corazones y purificándolos y limpiándolos, como se hace con el instrumental quirúrgico a altas temperaturas, limpiándonos con el fuego de su Espíritu, nos haga realmente aptos para la predicación de la verdad que salva.

Así sea.