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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20020524

Título: Quejarse de los otros es hacer un juicio de condenacion

Original en audio: 12 min. 32 seg.


En la lectura que hemos escuchado de Santiago, aparecen claramente dos temas. Lo primero que nos dice el Apóstol, es sobre aquello de quejarse unos de otros, la quejadera, la quejumbre. Y lo segundo, es el tema del juzgar.

Realmente, yo creo con toda sencillez y con toda franqueza, que simplemente esos dos temas quedaron ahí, porque los que prepararon las lecturas de la Misa, no quisieron que quedara tan cortico el texto, o quisieron acomodarlo de esa manera. Pero son dos temas diferentes.

Yo quiero dedicar un momento de reflexión al primero, al de la quejumbre. Sobre todo me llama la atención lo que dice Santiago. Dice: "No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados" Santiago 5,9. Es una frase como drástica. En esta Carta ya nos hemos acostumbrado a que hay muchas afirmaciones así, muy fuertes.

Es una afirmación drástica: "No os quejéis unos de otros, hermanos, para no ser condenados" Santiago 5,9. ¿Por qué dirá eso el Apóstol Santiago? ¿En qué está pensando él? Meditando sobre esa frase, quiero ofrecerles algunos elementos.

Lo primero es, que una queja no es tanto una expresión de mi dolor, cuanto un juicio sobre lo que otro está haciendo. Lo malo de la queja no es mi debilidad, sino la actitud condenatoria del otro.

Por eso dice él: "No os quejéis unos de otros" Santiago 5,9. No dice simplemente: "No os quejéis", como quien dice: "Que nadie se queje; aguanten sin chistar". ¡No! A lo que está refiriéndose el Apóstol, es al quejarse de otra persona.

El quejarse, simplemente, el sentirse uno agobiado por el dolor, o por el cansancio, es algo muy humano, por una parte, y por otra, es algo que lo autoriza la Escritura, que muchas veces a través de los Salmos, incluso, nos da palabras para quejarnos ante Dios.

El problema no está en quejarse. El problema está en quejarse de los otros. Ahí es donde está el problema, porque quejándose de los otros, realmente se está mostrando, se está diciendo, que el otro es una causa de mi mal. Es un juicio sobre el otro. En el fondo, es una condenación.

Cuando se dice en los Evangelios o en la Carta de Santiago, que no juzguemos, lo que se quiere decir, es: "No censures, no condenes". No es cualquier juicio; es el juicio de condenación.

Cuando Cristo dice: "No juzguéis para no ser juzgados" San Mateo 7,1; San Lucas 6,37, no es cualquier juicio. Porque juzgar significa muchas cosas.

Juzgar significa, por ejemplo, formarse una opinión. Eso es juzgar. Cuando uno pondera una situación y se forma una opinión, ahí uno está haciendo un juicio. Ese juicio no es el que aparece en el Evangelio.

No nos está hablando de ese juicio Jesucristo, ni nos está hablando de ese juicio Santiago acá. El juicio por el cual yo me hago una opinión sobre una situación, ése no es el problema. El problema es el juicio que encierra a una persona en su culpabilidad, el juicio que envuelve a una persona con el mal que ha cometido, el juicio que une al pecador y al pecado, y los casa, los encadena. Ese es el juicio del que nos quiere corregir Jesucristo, y esa es la quejumbre de la que nos quiere corregir el Apóstol Santiago.

El problema no es formarse una opinión. Porque formarse una opinión sobre lo bueno y sobre lo malo, siempre es necesario. La Bilbia nos invita a que tengamos una claridad sobre lo bueno y lo malo.

Por ejemplo, el profeta Isaías dice: "Ay de aquellos que llaman bien al mal, y mal al bien" Isaías 5,20. Es decir, que la Biblia quiere que tengamos conceptos claros sobre lo bueno y lo malo. Ese no es el problema.

Si una persona trafica con droga, si una persona aborta, si una persona blasfema, si una persona comete sacrilegio, yo tengo que tener la suficiente claridad de mente, para saber que eso está mal. Ese no es un problema, ni hay pecado en formarse un criterio.

¿En dónde empieza el pecado? El pecado empieza cuando yo, en una actitud de quejumbre, por medio de una actitud de censura, por medio de una actitud de superioridad, hundo a la otra persona, quiero hundir al pecador con el pecado. Esa es la falta de la que quiere corregirnos Cristo, y esa es la falta de la que quiere corregirnos el Apóstol Santiago en este texto.

Quejarse de otra persona, es mirar a esa persona como una fuente de mal. La persona no es una fuente de mal. Cuando yo trato al otro como una fuente de maldad, estoy uniendo al pecador y al pecado. Esa es una ofensa grave contra Dios, porque: "Vio Dios todo lo que había hecho, y Dios vio que era bueno" Génesisis 1,31.

El ser humano es una fuente de bien; fue hecho bueno, y en la Sangre de Cristo podrá ser renovado en bondad. Yo no puedo unir al pecador con el pecado sin ofender al Dios que lo creó, y sin ofender al Dios que lo redimió.

Por eso, cuando me quejo del hermano, cuando lo miro como una fuente de mal, estoy despreciando al Dios que lo creó, y estoy despreciando al Dios que lo redimió. Porque estoy diciendo: "No hay nada bueno en esta persona", y eso contradice al Dios creador.

Estoy diciendo: "No saldrá nada bueno de esa persona", y estoy contradiciendo con eso al Dios que lo redimió. Es que el poder de la Sangre de Cristo puede sacar bienes de esa persona cuando se convierta.

Se tiene entonces el peligro grave de juzgar a los demás, juzgar en el sentido de condenar, de hundir; se tiene el peligro grave de quejarse de los demás. Quejarse del otro es mirarlo como una fuente de maldad, lo que no se puede hacer sin ofender a Dios, que es Creador y es Redentor.

"-Perdón que interrumpa, padre, pero oyendo tantas noticias malas, por ejemplo, que la guerrilla puso una bomba, que murieron tantos niños, que el uno perdió una mano, que el otro un pie, que murieron hartos, que hay muchos heridos; cuando uno dice, "¿por qué esa gente hará tanto mal?"

"¿Ahí puede uno estar ofendiendo al Señor, de pronto al quejarse en esas preguntas, quejarse en el sentido de qué hacen, por qué, por qué son tan malos, qué maldad?"

Apliquemos lo que estamos diciendo. Cuando oímos noticias de extrema crueldad, como es este caso de terrorismo, nosotros tenemos que formarnos un criterio muy claro sobre la perversidad satánica de ese obrar.

Pero nunca debemos cerrar la puerta a la posibilidad de que el Dios que creó a esas personas, y el Dios que derramó su Sangre por esas personas, puede sacar obras distintas de ellas.

Cuando nosotros dejamos abierta la puerta a la conversión de esos seres, estamos precisamente indicando que ellos son obra de Dios, y que son amados en la Cruz y en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

A mí me enerva el aborto; me parece terrible ensañarse contra un inocente, contra el más inocente de todos. Pero teniendo un concepto claro, teniendo una claridad sobre lo bueno y lo malo, lo que no podemos hacer, es hundir en el infierno, hundir en la condenación a quienes han hecho eso.

¿Por qué? Porque son obras de Dios, no son obras nuestras, y porque la Sangre de Cristo puede reconstruir esas vidas, como ha reconstruido tantas otras.

Hay otro problema que tiene eso de quejarse de otros; es decir, eso de condenar a otros, eso de acusar a otros. Porque fíjese que el niño quejetas es el niño acusetas.

En la escuelita, el niño que se quejaba de los compañeros, es el niño que acusaba a los compañeros, y ustedes saben que el acusetas hace el oficio del diablo. El oficio de Satanás, como lo describe el libro del Apocalipsis, es precisamente acusar.

¿Por qué Satanás es el acusador? De hecho, eso es lo que significa la palabra Satán. Satán quiere decir éso, el acusador, el que está acusando y quejándose de otros. ¿Por qué?

¿Por qué es tan grave eso? El diablo es el acusador, porque cuando él señala la maldad en quienes pretende llevar a la desesperación, o en quienes pretende que sean condenados, está buscando ampliar su imperio.

Como él se considera el señor de la maldad, como él se autodenomina el señor de la maldad, entonces cuando señala maldad en los seres humanos, está diciendo: "Éstos pertenecen a mi imperio". Por tanto, ese es oficio propio del demonio, y es muy peligroso hacerle el juego a Satanás en ello.

Quejándonos de otras personas, hundiendo a las personas en el infierno, pretendiendo condenarlas y acabarlas, estamos poniéndonos en la misma estrategia, y estamos tomando el mismo estilo del demonio.

Y es muy peligroso repetir las acciones del demonio sin llegar a ser influenciados por él. No estoy hablando de posesión ni nada de eso, sino estoy hablando de que es tomar su misma estrategia.

Así como el demonio es príncipe de la mentira y es peligroso mentir en la medida en que eso es utilizar las artes del príncipe de la mentira, así también es peligroso acusar, porque eso es tomar las artes del príncipe de las acusaciones y del que es acusador por excelencia.

De ahí que la Palabra de Dios nos invita en este día a tomar una actitud completamente diferente. ¿Cuál ha de ser nuestra actitud? Repitámoslo por última vez: Tener un criterio muy claro sobre el bien y el mal, sobre la perversidad, sobre la increíble maldad que hay en tantos actos.

Eso hay que tenerlo muy claro. Pero al mismo tiempo saber que los seres que realizan esos actos, fueron creados buenos por Dios, y que Dios, en la Sangre de Cristo, puede lavar a esas personas, y puede convertirlas en instrumento de bendición.

Cuando obramos así, convertimos nuestra indignación en una fuerza, que en últimas, nos lleva, ¿a qué? A luchar contra la injusticia y a interceder por la conversión del mundo entero.