O072003a

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Fecha: 20120221

Título: La relacion con nuestros hermanos debe ser como la de Cristo con nosotros: debe estar marcada por la misericordia, la caridad y el servicio

Original en audio: 4 min. 56 seg.


La semana pasada hablábamos de un momento muy importante dentro de la misión de Cristo, los estudiosos de la Biblia llaman a ese momento la "crisis de Galilea". Porque a partir de un cierto evento, Cristo empieza a hablar mucho más abiertamente del final de su misión.

En la crisis de Galilea se ve claramente el rechazo que los discípulos, y suponemos que la mayoría del pueblo tenía hacia la imagen de un Mesías servidor, un Mesías que entrega su vida para el bien de los demás. No, la imagen que ellos tenían en su cabeza, lo que ellos querían ver era un Mesías victorioso, podemos decir, un hombre de éxito, uno que puede con todo, uno que las gana todas, eso era lo que ellos querían ver.

Entonces Cristo enseña a sus discípulos y también a la gente que ese no es el camino, que la búsqueda del éxito a toda costa termina convirtiéndose en tiranía y termina convirtiéndose en crueldad hacia el ser humano. Es posible dedicar la vida a tener éxito en todo, pero el que busca exaltar su propio yo y el que busca su victoria a toda costa, más tarde o más temprano tiene que enfrentarse con otros que tiene iguales aspiraciones, o tiene también que usar a otros únicamente para ascender en la escalera del poder.

Y cualquiera de las dos cosas es contraria al espíritu del Evangelio. Usar a los demás, pararse sobre ellos, oprimirlos, traicionarlos, engañarlos, únicamente para el propio beneficio, jamás podrá ser el mensaje de Cristo. Y luego, destruir a los demás, quitarlos de en medio a toda costa, pase lo que pase, tampoco puede ser el mensaje del Evangelio.

Entonces, si no voy a usar a las demás personas para mis propios fines, y si no voy a destruir a los que se ponen en el camino de mis aspiraciones, ¿cuál ha de ser la relación con mis hermanos? Pues la misma relación que Cristo ha tenido con nosotros, una relación marcada ante todo por la misericordia, por la caridad, por el servicio, por el deseo de que la imagen de Dios brille en plenitud, resplandezca perfectamente en cada hermano y en cada hermana.

Pero el que toma esta actitud, el que asume esa actitud de buscar amar para que aparezca la imagen de Dios en el otro, pues corre el riesgo de que ese otro, si no se ha convertido, si no ha aceptado el mensaje de Jesús, pues entonces me va a ver a mí como su lacayo, como su siervo, como un instrumento para sus pretensiones. Y seguramente se va a decepcionar cuando descubra que yo no estoy en primer lugar al servicio de éĺ, sino estoy ante todo al servicio de Dios.

Y aquí entra el misterio de la cruz en el cristiano, un misterio que es inevitable para aquel que tome en serio al Evangelio. Desde el momento en el que me declaro servidor de Dios, y en nombre de Dios servidor desde la caridad de mis hermanos, pues al mismo tiempo voy a parecer un tonto pero no lo voy a ser, y no voy a ser siervo de ellos sino siervo de Dios. Por supuesto, la consecuencia que esto trae es que ese cristiano que quiere ser coherente con su fe, que quiere vivir su fe hasta el fondo, pues va a ser visto, primero, como un tonto y después como un estorbo.

¿Y qué se hace con el tonto? Tratar de utilizarlo, ¿y qué se hace con el estorbo? Tratar de eliminarlo. Por eso Jesús, vamos a ver, que en este evangelio y en el curso de su misión termina mostrando más y más que solamente el camino de la cruz, cruz como expresión de un amor victorioso de Dios, es el camino del Evangelio.

Es lo que vemos en el pasaje de hoy: qué distinto el pensamiento de los discípulos queriendo ser cada uno el primero, y el pensamiento de Cristo que va en esta línea del amor que sirve, pero que sirve desde la lucidez, no desde la incapacidad, ni de la tontería.

¡Que Cristo nos dé la santa sabiduría del Evangelio!

Amén.