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La primera lectura de hoy está tomada del Segundo Libro de Samuel, por tanto estamos con un texto del Antiguo Testamento. En general a nosotros los católicos nos falta familiarizarnos mucho más con la Biblia y especialmente con el Antiguo Testamento, tal vez si preguntamos a un católico, llamemoslo “promedio” ¿por qué se leen esos libros? ó ¿por qué estamos leyendo en la Misa el Segundo Libro de Samuel?, quizás nos encontraríamos con miradas de perplejidad o de ignorancia, y eso no tiene porqué ser así, la Biblia es el libro del pueblo de Dios, y este pueblo, ungido por el Espíritu con la guía de los pastores que Dios nos ha dado, es precisamente la Iglesia, así que es una gran pérdida que muchos católicos vean todavía la Sagrada Escritura como una especie de libro ajeno, distante como si se tratara de las historias de gentes que no sabemos qué tienen que ver con nosotros.
Hoy, por ejemplo, tenemos un texto del capítulo séptimo del Segundo Libro de Samuel, quien fue un gran profeta y fue también el último de los llamados “jueces”. Una etapa importante del pueblo de Israel, fue la etapa de los jueces, cuando ellos llegaron a la tierra prometida, guiados por Moisés, se abrió esa etapa que se llama la “de los jueces”; y estos jueces fueron hombres y también algunas mujeres, pero la gran mayoría hombres que guiados y fortalecidos por el Espíritu Santo hicieron que el pueblo rechazara las múltiples seducciones de los ídolos, allí de la tierra a donde habían llegado, y además que pudieran vencer militarmente a los filisteos que eran los habitantes de esa misma tierra; esas dos funciones cumplieron los jueces, primero el hecho tan importante de volver el corazón del pueblo hacia Dios, para que no se apartara del Dios de la alianza, del Dios del éxodo, el Dios que los había sacado de Egipto, esa era su función más importante; pero también, estos jueces fueron líderes, líderes incluso militares, líderes que tuvieron la capacidad de darle la victoria al pueblo frente a los filisteos que eran sus grandes adversarios. El último de esos jueces, quien viene a cerrar esa etapa es un hombre llamado Samuel, pero él también fue el hombre escogido por Dios para darle al pueblo de Israel reyes, de modo que con Samuel se cierra esta etapa de los líderes carismáticos, más bien espontáneos, impredecibles que eran los jueces y se abre una etapa nueva, la etapa de los reyes. Pero los reyes no van a gobernar de una manera absoluta, ni mucho menos absolutista, sino que los reyes, a pesar que tienen ese encargo de gobierno, tienen que ser gobernados por Dios, y por eso también con Samuel se abre propiamente la etapa de los profetas, el tiempo de los reyes es también el tiempo de los profetas y Samuel indudablemente es un gran profeta al que le correspondió entre otras cosas, elegir al primer rey que fue Saúl y luego al segundo que fue David.
En el texto de hoy ya no aparece Samuel, sino que aparece otro profeta, este hombre como todos los profetas guiado por Dios y sobretodo, verdadero amigo de Dios, se llamaba Natán. Y Natán es un hombre de gran valor, de una gran consistencia moral y de una profunda unión Dios. Natán, para que nos orientemos, fue el profeta que tuvo el valor de denunciarle al rey el pecado que había cometido, cuando había caído en adulterio con una mujer llamada Betsabé, y había mandado matar al esposo de Betsabé que se llamaba Urias, solamente para quedarse con su esposa. Ese crimen abominable del rey David fue denunciado por el profeta, este es un buen ejemplo de lo que estamos diciendo, los reyes gobernaban, pero el ideal en el pueblo de Dios, es que el que gobierna, no importa quien sea, esté siempre sometido, siempre en obediencia a la Palabra del Señor, Palabra que Dios otorgaba precisamente a través de sus profetas. Esto significa que Natán era un hombre de gran unión con Dios, era un hombre valiente, y desde ese valor y desde esa unión con Dios, hoy encontramos a Natán dándole un mensaje sumamente bello a David, fijate cómo el profeta tiene que denunciar, así como Natán le denunció a David su pecado, pero el profeta también tiene que anunciar, y en este caso, en el pasaje de hoy le anuncia, le manifiesta el profundo amor y la absoluta fidelidad de Dios hacia David y hacia su descendencia. Así que este pasaje de hoy es central para toda la historia del pueblo de Dios, porque esto que hemos oído hoy en la Misa, es exactamente lo que garantiza que las generaciones sucesivas tuvieran una cosa muy clara, y es que sólo podía ser mesías uno que fuera descendiente de David, de una o de otra forma tenía que ser descendiente de David; con lo cual quiero decir que cabía también el régimen de adopciones, lo cual era admitido en este pueblo, el tema de ellos no era solamente el ADN para ponerlo de esa manera, pero para ellos era claro que solamente una sucesión que estuviera directamente conectada con David, una sucesión que tuviera su raíz en David, era lo único que podía garantizar la llegada del mesías, esa certeza la tuvo el pueblo de Dios a partir del pasaje de hoy, y eso también explica por qué en tiempos de Jesús, cuando las multitudes aclamaban ¡Hijo de David!, ¿qué quiere decir eso? “en tí reconocemos al descendiente, en tí reconocemos la fuerza de la unción de Dios, en tí reconocemos al ungido, tú eres el ungido de Dios”; eso es lo que significa que llamen a Jesucristo el Hijo de David.
Alegrémonos porque estas antiguas profecías, profecías que datan del año 1000 A.C.; se van a cumplir precisamente en la persona de Nuestro Señor y una vez más quedará claro el amor y quedará clara la fidelidad del Señor, los mismos que son certeza para nosotros en nuestra propia vida cristiana.