O024002a
Fecha: 20000120
Título: Nuestra salvacion alcanza su plenitud con la efusion del Espiritu Santo
Original en audio: 7 min. 10 seg.
El Santo Evangelio nos presenta a Jesucristo, podíamos decir, en plena acción. Y Jesús tuvo, por decirlo así, tres grandes tareas durante su ministerio público: curar enfermos, expulsar demonios y enseñar a las multitudes.
Y el evangelio de hoy, aunque es relativamente breve, nos cuenta estas tres actividades de Cristo: nos habla de las curaciones, nos habla de exorcismos y nos habla de la enseñanza.
Y estos tres encargos o estas tres tareas de Cristo, se realizaron a través de su humanidad santísima. Con la fuerza de su palabra, palabra pronunciada por su boca, por su voz, instruye a grandes multitudes; con la gracia que hay en sus manos, sana a los enfermos; con el vigor de su mandato, aleja a los demonios.
Es decir, a través de la Carne santísima de Jesucristo, a través de asa humanidad, Dios nos estaba mostrando que puede sanarnos, que puede alejar a nuestros enemigos y que puede conducirnos hacia una vida recta y santa.
Pero el pasaje de hoy también nos muestra, por decir de alguna manera, la otra cara de esa humanidad de Cristo. Dice el texto: "Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima" San Marcos 3,10.
Podemos imaginarnos lo que era eso. Todos los enfermos querían recibir algún contacto con esa carne santa. Y la misma muchedumbre que necesitaba de Cristo, casi que acababa con Cristo.
Dice aquí que encargó a sus discípulos que le prepararan una lancha, porque lo podía estrujar el gentío.
Así comprendemos como las dos dimensiones de la Carne de Cristo. Por una parte, es el instrumento privilegiado y único de esa manifestación hermosa, elocuente, potente de Dios. Como dice San Pablo en la Carta a los Colosenses: "En Él habita corporalmente la plenitud de la divinidad" Carta a los Colosenses 2,9.
La Carne de Cristo manifiesta, la Carne de Cristo revela. Esa es una dimensión.
Pero la otra dimensión es, la Carne de Cristo es frágil como la nuestra. Puede ser sepultada por la multitud, puede ser estrujada por el gentío; es carne como la nuestra, y por eso es débil; es lenguaje de Dios, y por eso es fuerte.
Es evidente que, gracias a al encarnación, gracias a este misterio de la Carne de Cristo, nosotros pudimos recibir el bien de la salvación; pero también es evidente que había que encontrar otra manera de manifestar el amor de Dios. Porque ya las multitudes eran demasiadas para esa sola Carne.
Y por eso Dios, que manifestó en esa Carne santísima de Cristo la salvación, tenía que, por así decirlo, mostrar otro camino para manifestar ese mismo amor.
Porque físicamente es imposible que un millón de personas toquen a uno solo, eso no se puede dar. Y resulta que no era un millón, sino muchísimos millones, todos nosotros los que necesitábamos la salvación.
Por eso la realidad de nuestra salvación, aunque se manifestara en la Carne de Jesucristo, no alcanza su plenitud sino con la donación, con la efusión del Espíritu Santo. Porque el Espíritu Santo viene a nosotros, y en cierto modo nos toca. El Espíritu Santo viene a nosotros y hace de nuestra carne como manifestación de esa Carne de Cristo.
Esto ya empezó en el ministerio del Señor. Cuando Él envió a sus discípulos y les dijo: "Vayan y sanen a los enfermos; vayan y expulsen a los demonios" San Marcos 16,15-18; y al final del evangelio de Mateo les dice: "Vayan y enseñen a los pueblos" San Mateo 28,19. Es decir, sus tres encargos.
¿Esto qué indica? Que una primera manifestación del amor de Dios está en la humanidad del mismo Cristo, pero que la plenitud de esa salvación sólo puede darse a través de la efusión del Espíritu Santo.
Sólo con la gracia de ese Espíritu Santo, nuestra carne queda unida, no por contacto físico, sino por unión de amor, por unión de gracia, que es mucho más eficaz; por la potencia del amor de Dios queda unida a la Carne de Cristo, por el don del Espíritu Santo. Y el Espíritu sí puede llegar a todas las multitudes, y el Espíritu no va a ser estrujado.
De modo que ese Espíritu manifiesta su gracia en la humanidad de Cristo, y a través del sacrificio eficaz de Cristo en la Cruz, ese mismo don del Espíritu luego se difunde, luego se derrama sobre todos nosotros y constituye una comunidad creyente que se llama el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
De modo que la Iglesia participa, y en cierto modo prolonga el misterio de esa Carne de Cristo, con la ventaja de que la Iglesia no está sujeta a estas limitaciones de ser aplastada, ser sepultada o ser estrujada.
Para nosotros tocar hoy a Cristo, para nosotros recibir esa salud, ¿qué tenemos que hacer entonces? Tenemos que rogar de Dios el don del Espíritu; porque con el don de su Espíritu, nuestra carne queda unida a la Carne de Cristo; es como sentir la caricia de Dios, el abrazo de Dios, el beso de Dios.
Que venga ese amor sobre nosotros, y sintamos la proximidad de nuestro Salvador; y así, cerquita, cerquita, podamos hablar de Él y dar testimonio de Él adonde quiera que estemos.