O014001a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19960101

Título: Crecer y madurar en la fe y en el amor, dejando de lado las clasificaciones sobre lo "puro" y lo "impuro", los amuletos y los fetiches

Original en audio: [15 min. 43 seg.]


Resulta casi graciosa la doble derrota del pueblo hebreo, según nos narra la primera lectura.

Ellos están muy seguros de que no les va a pasar nada porque son el pueblo de Dios, ¿entonces qué les puede pasar? Se meten a la batalla, cuatro mil muertos perdieron, se reúnen, deliberan: "¿Por qué pasó esto? Ah, es que falta Dios, entonces mandemos a Dios". Y creyendo que, mandando el Arca, mandaban a Dios.

El Arca era santísima para ellos, y ellos sentían que ya iba Dios con las tropas: "¡Ahora sí, a gritar y a pelear!" Peor la muerte, y les cogieron Arca y todo. "A nosotros no nos puede pasar nada porque somos de Dios", pues ya ve, dos derrotas, ¡siempre les podía pasar!

Y entre los muertos, no gente de cualquier clase, había el santuario de Siló; pero los guardianes del Arca fueron los primeros en caer, los hijos del sacerdote Elí, ahí quedaron tendidos en el campamento. "A nosotros no nos puede pasar nada porque somos de familia sacerdotal", ahí quedaron muertecitos.

Estos acontecimientos se inscriben dentro de una historia en la que Dios va purificando la fe de su pueblo, porque ellos estaban muy convencidos de que no les podía pasar nada, y sí les pasó. Entonces la manera como Dios protege no es: "Porque yo soy de familia sacerdotal", y la manera como Dios protege no es: "Yo soy del equipo de Dios, luego yo no puedo perder".

Esa no es la manera de la protección divina. Uno lo puede traducir un poco a nuestro lenguaje y a nuestras circunstancias. Son tantos los cambios que trae, por ejemplo, la vida religiosa, digamos en el aspecto exterior, en el vestido, que uno puede creer que a uno no le pueden pasar muchas cosas.

Decía una vez, con cierta burla, con cierta sorna, decía un señor medio incrédulo: "Eso de ponerle un hábito a una niña es como disfrazarla de santa". Él lo decía con burla, quizá con mala intención, pero alguna enseñanza puede traer también para nosotros.

Efectivamente, por lo menos el hábito, en lo que respecta al hábito religioso, nosotros estamos disfrazados de santos, pero será disfraz si lo que va dentro del hábito no es un santo; si lo que va dentro del hábito es una santa no es un disfraz, sino que ese vestido corresponde a lo que es la persona.

Empieza a ser pantomima, hipocresía, disfraz en el momento en el que eso no corresponde a lo que está viviendo la persona, ahí empieza a ser una mentira. Y lo grave es que esa mentira se la crea uno mismo, uno también la crea, le dé crédito. Pues, con hábito y todo uno puede iguales y peores pecados que todo el mundo.

Porque sólo la conversión del corazón, sólo un corazón fijo en Dios, sólo un corazón creyente en Él, sólo ese corazón puede aspirar a la gracia, es decir, puede aspirar al aumento de gracia, en cuanto nuestros méritos de alguna forma nos disponen para recibir esa gracia divina. Pero la gracia no está tampoco condicionada a nuestros méritos. Este es un ejemplo de lo que le puede pasar a uno.

Otras veces uno se fía de que no comete pecados graves, eso de los pecados graves y no graves es muy relativo, porque casi siempre uno cree que grave es lo más escandaloso, o lo más vergonzoso, o lo más reprochable en el ámbito social.

Y en ese sentido, pues para la mayoría de la gente los pecados más graves son los que dan más vergüenza, y como da mucha pena en los asuntos del sexo, entonces esos son los pecados graves para muchas personas.

Tal vez Dios mira las cosas de otro modo. No encontramos en los Santos Evangelios ninguna palabra especialmente dura de Jesús con respecto a ese género de pecados, claro que son pecados y así los considera Él, y por eso los perdona y por eso sana.

Pero si recordamos el episodio de la adúltera, o si recordamos aquella exclamación suya, casi paradójica:"Las prostitutas os llevan la delantera en el Reino" San Mateo 21,31, o si recordamos la escena de la pecadora y el fariseo que la juzga cuando estaba llorando a los pies de Cristo esta pobre mujer, si recordamos estas escenas vemos que Cristo valora los pecados de modo diverso.

Sus palabras más duras son para aquellos que no dejan entrar en el Reino de Dios; son para aquellos que se erigen en jueces de los demás; son para aquellos que impiden la fe, o que la retardan tanto que la hacen imposible.

Y podríamos mencionar aquí sus tremendas embestidas contra los fariseos, contra los escribas. Eso parece que es más grave para Jesús, sin quitar la gravedad que toda falta tiene, desde luego.

Pues bien, divinamente puede suceder que uno no cometa pecados de esos escandalosos y graves, de esos que harían que la gente dijera: "¡Pero cómo así un sacerdote en esas! ¡claro, por eso estamos como estamos!" "Pero cómo así una religiosa en esas faltas!"

No necesariamente lo que nos da más vergüenza es lo más grave, aunque desde luego que si nos da vergüenza, estará mal hecho, esa es una señal casi inequívoca de la maldad de una acción o de una actitud.

La aplicación y la enseñanza que hay que destacar, es que esta primera lectura nos invita a revisar nuestro corazón cómo anda, si no estamos haciendo un uso supersticioso, un uso agüerístico de los signos sagrados: una cruz que se lleva al pecho o a la cintura, una ropa religiosa, o, incluso, un comportamiento, pueden ser simplemente un fetiche si el corazón no está enteramente en Dios.

Y eso era lo que no tenía el pueblo de Israel: el Arca era un fetiche, era un amuleto, era un seguro para ellos. Y Dios quiere que nosotros no tengamos más seguro, no tengamos más seguridad que su misma providencia y su misma gracia.

"Te basta mi gracia" 2 Corintios 12,9, dirá muchísimos siglos después el mismo Dios a San Pablo, ante la insidia de una dificultad, de una cierta tentación, o de un ataque del demonio, no sabemos exactamente de qué especie. "Te basta mi gracia" 2 Corintios 12,9.

Dios nos necesita pegados ante todo y fundamentalmente a Él; si estamos así, unidos a Él, todo lo otro cobra sentido, todo lo otro es verdadero, todo lo otro habla de Él.

Por otra parte, el pueblo de Israel, el pueblo hebreo, así como tenía sus fetiches, o tenía fetichismo con las cosas sagradas como el Arca, así también tenía una especie de temor supersticioso que le llevaba a clasificar las cosas en "puras" e "Impuras".

Entonces, por ejemplo, tocar a un cadáver producía impureza en la persona. Había una especie de pensamiento casi mágico en eso de lo "puro" y lo "impuro". Y repito, así como el Arca, en ciertos momentos de la historia de los hebreos, fue considerada como una especie de amuleto bueno, así también ciertas cosas eran como impurezas, como especies de amuletos malos, si una cosa así existe.

Y por eso estaba la prohibición, por ejemplo, de tocar a los leprosos: si una persona tocaba a un leproso quedaba impuro, como el que tocaba a un muerto, y con otra cantidad de prescripciones que ahí las tenemos en el Pentateuco.

Hoy vemos a Jesús, en el Evangelio, por encima de esa ley. Los leprosos tenían que mantenerse a distancia de la gente, como lo sabemos. El leproso era un maldito, y además de los problemas de su enfermedad, tenía que estar aislado de la sociedad.

"En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso" San Marcos 1,40, y en aquel tiempo se acercó a ese leproso Jesús, y las dos cosas estaban prohibidas por la Ley. ¿Qué tenía este Jesús para que se le pudiera acercar el leproso, siendo Jesús, evidentemente, un judío, y un judío que no irrespetaba la Ley? ¿Qué tenía este Jesús?

Tenía amor, más allá del fetiche; tenía gracia, más allá de las distinciones de "puro" e "impuro". "Si quieres, puedes limpiarme" San Marcos 1,40. "Sintiendo lástima, extendió la mano y le tocó, diciendo" San Marcos 1,41, en esa parte el judío se echaría para atrás horrorizado.

Pero si alguien puede horrorizarse de que Jesús toque al leproso, que aproveche más bien para admirarse de que Dios haya tenido lástima del enfermo.

Se nos revela aquí la potencia de la misericordia divina, que va más allá incluso de la petición del enfermo: "Si quieres, puedes limpiarme" San Marcos 1,40, no sólo lo limpió de la lepra, sino lo rehabilitó, lo admitió de nuevo en la sociedad humana.

Porque este hombre no sólo tenía el resentimiento en su corazón, sino que tenía también la enfermedda en su cuerpo, y de ambas cosas fue sanado.

La lástima, la misericordia de Cristo hace el doble milagro: la salud para el cuerpo, la sanación para ese corazón herido, por marginado, durante tantos años.

La enseñanza para nosotros es hermosa y clara. Más allá de las clasificaciones sobre lo "puro" y lo "impuro", y más allá de los amuletos y los fetiches, hoy nos invitan las lecturas a una fe madura y a un amor adulto, a un amor crecido.

Y pienso que fe y amor son el mensaje de estas lecturas, y en ambas virtudes se nos invita a crecer hoy: crecer en la fe, hasta que nosotros aprendamos a vivir en la gracia, de la gracia y para la gracia divina; crecer en el amor, hasta vencer todos nuestros distanciamientos, todos nuestros prejuicios, y saber que primero están los amados de Dios.

Es Dios, en Jesucristo, quien nos ha brindado estas enseñanzas, que Él nos conceda aprovecharlas para nuestra vida, que Él nos conceda practicarlas para su gloria.

Amén.