O013001a
Fecha: 19960110
Título: Necesitamos que Dios traiga la novedad de su Palabra
Original en audio: 4 min. 46 seg.
Estamos escuchando, en el Primer libro de Samuel, la historia de la vocación de este gran profeta. Grande y acreditado ante Dios y ante el pueblo precisamente porque su palabra se cumplió.
El elogio que se hace de Samuel no se repite en ningún otro profeta, aunque sin duda también sucedió con otros: "Ninguna de sus labras dejó de cumplirse" 1 Samuel 3,19. Esto describe una unión íntima entre la palabra del profeta y la Palabra de Dios, que es fruto de una íntima unión entre el corazón del profeta y el Corazón de Dios.
Lo hermoso es percibir, es descubrir que esta unión tan íntima proviene de un llamado del Señor, que por su misericordia levanta el corazón y la vida del profeta, lo abraza, lo hace suyo, lo llama, como hemos hemos visto en la lectura del día de hoy; lo llama, lo llama por su nombre.
Pero no lo llama simplemente para hacerlo especial, sino para ponerlo al servicio de un plan de salvación, de una historia de salvación, que desde luego implica no sólo al profeta, sino a muchos otros del pueblo de Dios.
Así también Samuel, en un tiempo en el que la Palabra de Dios es rara y la lámpara se estaba extinguiendo, en un momento así, Dios, por misericordia para con Ana, como escuchábamos en la lectura de ayer; con misericordia para con Samuel, a quien va a unir a su propio Corazón y le va a dar su propia voz.
Pero sobre todo por misericordia para con el pueblo, en esos momentos de escasez, en esos momentos en que era rara la Palabra del Señor, hace vibrar el aire, hace vibrar los corazones y manifiesta que está en medio de su pueblo.
El relato es toda una poesía en sí mismo. Elí, un sacerdote anciano; un culto decadente, porque el sacerdocio pues era hereditario, venía por las tribus, y entonces Elí es ya un viejo incapaz de corregir a sus hijos, también sacerdotes, a los que tendría tanto que corregir.
Como escucharemos pronto en las lecturas de esta semana, el culto se ha convertido en una farsa. Los hijos del sacerdote Elí utilizan ese sacerdocio para provecho personal. Y en medio de esa decadencia y de ese vejez, en medio de esa debilidad y de esa decrepitud, la voz de Dios para un muchacho.
Cómo necesitamos que Dios haga oír así su voz en jóvenes; cómo necesitamos que en un mundo cansado, desencantado y desengañado de todo, Dios traiga la novedad de su Palabra.
Adelantemos que el primer oráculo que le dio Dios al profeta Samuel fue de lo más difícil; porque el primer oráculo se refería precisamente al sacerdote Elí y a los desmanes, y a las exageraciones, y a las injusticias de la familia de este sacerdote.
Pero a través de este joven estaba hablando Dios. Y el valor y la fe de él harán que esta Palabra del señor se escuche y que esa palabra se cumpla.
Que también Dios, que nos ha llamado a la vida y nos ha llamado a la fe, pueda escuchar de nosotros: "Aquí estoy, Señor, vengo porque me has llamado" 1 Samuel 3,5.