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Fecha: 19981212
Título: Donde esta Cristo ahi esta tambien el amor y la solicitud de la Santisima Virgen
Original en audio: 11 min. 18 seg.
La Iglesia ha escogido el misterio de la Visitación como camino de meditación en el milagro de Guadalupe, así nos está dando una clave interpretativa de estos hechos de hace cuatro siglos. Se trata de una visita de la Virgen, aquello que sucedió a Juan Diego y al señor obispo y luego a toda aquella iglesia particular de México y luego, de algún modo, a todos nosotros, pues está haciendo una visita de la Virgen.
Ella en el Evangelio aparece presurosa por servir, y así también en la historia de la Iglesia está atenta a las necesidades de la Iglesia, porque no es indiferente a Jesucristo. De manera que allí donde se esté anunciando a Jesucristo, allí donde se empiece a creer en Jesucristo, allí donde Cristo haga falta, allí donde Cristo esté ya formado, allí está también el amor y la solicitud de la Santísima Virgen.
Ella no viene como una extraña a la fe en Jesucristo, sino viene como la persona humana más interesada en que esa fe se complete y se perfeccione. No tuvo otro amor mientras estuvo en esta tierra, no podemos dudar de que sea ese su único y bendito amor en la gloria de los cielos, el amor porque Cristo sea conocido, porque Cristo sea honrado en nosotros.
María fue a visitar a su pariente Isabel y fue la voz de María la que comunicó una gracia especial, una alegría especial en el Espíritu, una alegría que sintió primero Juan en el seno de Isabel que lleva ese saludo de la Virgen. En hebreo, en arameo se acostumbra saludar o se acostumbraba saludar por lo menos con la palabra "shalom", la palabra paz, pero en esas lenguas, lo mismo que en todas, los saludos se convierten en palabras convencionales.
Así por ejemplo, cuando alguien nos saluda y nos dice: "¿Cómo estás?" Normalmente no está esperando a que le digamos cómo estamos y si se lo dijéramos, sobre todo detalladamente, la persona diría: "Simplemente te estaba saludando". Las palabras se vuelven convencionales, los saludos se vuelven convencionales, se vuelven sólo costumbre, pero no son solamente una costumbre.
Si fue verdad, como podemos suponerlo, que la Virgen al entrar a esta casa de Zacarías dijo la palabra "Shalom" que es un deseo de paz, podemos estar ciertos de que, por lo menos en esta ocasión, ese "Shalom" no era una sola convención.
Es que verdaderamente esa palabra le nacía a la Virgen María de su corazón lleno de paz, porque estaba lleno de confianza en Dios su Salvador, porque se sentía salvada, como lo dice precisamente en la palabras en que se inicia el cántico de la Virgen, "Proclama mi alma la grandeza del Señor" (véase Lucas 1,46), dice nuestra traducción usual; "se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador" (véase San Lucas 1,47)
Y las palabras tienen la virtualidad de decir algo, no sólo de lo que está en nuestro pensamiento, sino de lo que está en el corazón. Ese saludo de la Virgen infunde la profunda certeza del cimiento en Dios, de lo que es estar apoyado en Dios, de lo que es fiarse de Dios.
Cuánto bien hace ese saludo de la Virgen María. Yo pienso que con esas palabras de saludo cerca de nosotros, también nosotros tendremos la certeza de que Dios es el Salvador, de que podemos apoyarnos en Él, de que aún en las "cañadas más oscuras" (véase Salmo 23), como dice el salmo, podemos fiarnos en Él y podemos apoyarnos en El.
El saludo de María infunde esa certeza y comunica el Espíritu Santo; se convierte en un instrumento del Espíritu Santo; se trata de una genuina evangelización, porque lo más propio del Evangelio es precisamente la comunicación del Espíritu Santo y eso tienen las palabras de María.
No es la evangelización pública de quien predica en la Sinagoga o de quien toma la palabra en la asamblea en la iglesia, es una predicación en el ámbito doméstico, es una predicación en el ámbito de la amistad, de la cercanía, de la familia, del corazón.
Pero no debemos quitarle importancia a esta predicación exhortativa que la Iglesia dice, es la propia precisamente de la mujer. Fue esa predicación la que fue abriéndole camino al Evangelio en la casa de Zacarías, y así también la predicación de las mujeres, le abre espacio a Cristo casa por casa.
Si miramos la historia de nuestra América Latina descubriremos cómo el saludo, la piedad, el susurro, la palabra que aconseja y da paz en cada hogar ha sido el principal instrumento de evangelización; podemos decir que América Latina ha sido evangelizada por muchísimas mujeres, que a ejemplo de María, han movido, han persuadido los corazones con la gracia del Espíritu, para que cada hogar se convierta en un hogar de Cristo.
De esta intercesión maravillosa, esta palabra que da certeza, si está cerca de nosotros, mantiene el corazón abierto hacia Jesús y Jesús viene y comunica alegría.
Mi última reflexión es precisamente sobre esta alegría. El evangelio de Lucas, siempre que puede, subraya la alegría, alegría que lleva a cantar, alegría que lleva a estremecerse, la alegría que lleva a saltar de gozo, la alegría que lleva a hablar, alegría que se ve en el semblante, alegría que sale por los saludos, alegría que se entra por los oídos; allí donde está el Espíritu Santo, se va regando esta alegría.
Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo en voz alta: "Bendita tu entre las mujeres" (véase San Lucas 1,42). Alegrías y bendiciones. "Feliz la que ha creído que se cumplirán las palabras que le fueron dichas de parte del Señor" (véase San Lucas 1,45); la alegría de creer.
En verdad el evangelio, que es Evangelio siempre, sobre todo es buena noticia en Lucas, cuando va mostrando cómo ahí donde llega el Espíritu, ahí donde visita la Virgen, se construye la alegría y se consolida la alegría.
Dijo un pensador que la alegría es el ambiente natural del heroísmo, y nosotros nos sentimos, por el Espíritu Santo, hacia la santidad, pero la santidad requiere de este impulso, requiere de este fuego de la alegría; sin este gozo no se va muy lejos.
La tristeza es vecina de la desconfianza y la amargura es enemiga del amor; la melancolía huye de la luz, y el mal genio aparta de quienes podrían recibir la buena noticia; ni la ira, ni la melancolía, ni la tristeza, ni la amargura.
Que vengan torrentes de esta alegría, alegría incontenible, alegría irreprimible; ella misma ya es una victoria, la sonrisa del gozo ya es una victoria.
Se maravillaban los frailes en tiempos de Santo Domingo de ver cómo, en medio de la enfermedad o en medio del cansancio, era especialmente alegre; este gozo es ya una victoria, esta alegría es ya un Evangelio.
Que María, con su saludo, infunda en nosotros Espíritu Santo, y que este gozo del Espíritu se vuelva Evangelio en nosotros, y a través de nosotros, en nuestros hermanos.