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Fecha: 20061212

Título: Maria de Guadalupe, manifestacion del tiernisimo amor de Dios a nuestros pueblos.

Original en audio: 12 min. 36 seg.


Nuestra Señora de Guadalupe es como la aplicación a la historia de fe de nuestros pueblos, de este evangelio que acabamos de escuchar: la visita de María a su prima Santa Isabel. En cierto modo, nosotros también estamos celebrando eso, una visita de la Santísima Virgen a nuestras tierras.

Cuando nosotros visitamos a algún amigo o familiar, generalmente le llevamos algo. Del mismo modo Dios, que es espléndido en sus dones, ha acompañado esta visita de su Santísima Madre en muchos lugares, con diversas señales, unas más ordinarias, otras extraordinarias, unas comunes y otras singularísimas.

En realidad, si uno mira el mapa mariano de nuestros pueblos de América Latina, está nutrido de señales, de santuarios, de imágenes; podría decirse que hay toda una geografía de la Santísima Virgen María en nuestras tierras.

Y quienes tenemos que viajar de una a otra parte nos encontramos, gracias a Dios, en casi todos los caminos alguna señal del amor, de la veneración, con que nuestro pueblo invoca el nombre de María en sus distintas advocaciones: del Carmen, María Auxiliadora, Nuestra Señora de Fátima, la Medalla Milagrosa y tantas otras advocaciones que son como diferentes rostros, como despliegues de la única y verdadera Madre de Dios.

En todas estas invocaciones ha extendido Ella generosamente las flores de su jardín sobre nuestras tierras; y así esta tierra la reconoce como su Madre, como su Reina, y Ella, indudablemente, nos reconoce como sus amigos, como sus hijos, como sus pequeñitos.

Los relatos que nos hablan del diálogo tiernísimo entre la Santísima Virgen María y el humilde indígena Juan Diego, son como una especie de parábola, como un resumen del trato amoroso que Ella tiene con todos nuestros pueblos.

Ella le llamaba con mucho cariño "Juanito, Juan Dieguito, el más pequeño de mis hijos". Pero si eso es tierno y admirable, más tierno y admirable es que Ella se dejara llamar por él en el mismo lenguaje: "Niña mía, la más pequeña de mis hijas".

Y con ese trato y con esa confianza, el corazón de la Virgen hizo un amplio espacio para que el Evangelio de Cristo se predicara, se proclamara, en tantos santuarios y a los pies de una imagen suya.

No es casualidad que en América, en donde se venera y ama tanto a la Virgen, sea precisamente la tierra en la que se ha predicado tanto el nombre de Jesucristo, por lo que más de un Santo Padre la ha llamado el Continente de la Esperanza, la esperanza dentro de la Iglesia.

Los santuarios a las diferentes advocaciones marianas se convierten en manantiales que alimentan nuestra fe. Con mucha frecuencia ahí donde se manifiesta la Virgen, el agua tiene algo que ver, como en Fátima y Lourdes.

En mi país, en Chiquinquirá, Colombia, en el lugar donde sucedió la renovación del cuadro, los peregrinos empezaron a sacar tierra como reliquia y de esas excavaciones resultó un pozo del que mana agua, que las personas beben con mucha fe y devoción, como en tantos otros santuarios marianos.

Un párroco, preocupado porque la gente bebía esa agua sin tratar, tuvo la inquietud muy humana de mandarla a examina a tres laboratorios distintos, los que declararon que esa agua era perfectamente limpia, que si hubiera sido tratada expresamente para ser bebida, no sería tan sana, tan equilibrada en sus componentes y en su oxigenación.

De manera que la Virgen, el agua que lava y sacia la sed, y la predicación del Evangelio, van muy juntos en nuestra tierra y por todas partes nos encontramos ese manantial, ya sea físicamente hablando, como esa agua bendita de Chiquinquirá, o ya sea por el manantial de la predicación o la confesión.

Cuando la Santísima Virgen se manifiesta a aquellos que, aunque sea por turismo entran a sus santuarios, con un momentito que se muestre, con un poquito que deje ver de su belleza, los llama inmediatamente a la conversión, a la santidad, a la virtud, a la oración.

Nos renueva el amor a Dios, la piedad eucarística, el deseo de perdonar. Es impresionante la predicación que hace María con cualquier señal que dé de ese amor tan grande que nos tiene.

Ella es como especialista en corazones de piedra, porque son los corazones endurecidos los que uno ve que se quebrantan con más facilidad. Tal vez Ella entiende que muchas veces cuando uno se presenta con ese corazón como de piedra, en el fondo nos es que seamos duros, sino que nos hemos puesto duros.

La dureza no es una condición natural del ser humano, por eso Dios nos puso una piel blandita, no nos recubrió de una piel dura, ni de ninguna coraza como al cocodrilo, ni de espinas como al puerco espín. Estamos hechos para sentir el dolor del hermano, para sentir el amor de Dios, para sentir que somos pequeños y necesitados, pero también muy consentidos de Dios.

Tenemos una piel blandita, no nacimos duros, nos volvimos duros por los golpes de la vida, por las ingratitudes y la indiferencia de las personas, por nuestros propios egoísmos, pero cuando uno se encuentra con la belleza y la humildad de la Santísima Virgen María, uno siente que con sólo acercarse a Ella, la coraza se le cae, porque ante Ella no hay por que fingir, no hay de que defenderse. Su capacidad de desarmarnos es una cosa que apenas empezaremos a entender en los cielos.

Recuerdo que una vez en una celebración de Nuestra Señora del Carmen, estábamos en la Eucaristía con un grupo de gentes que se veía muy dura, malencarada, poco fervorosa, gente de vida con muchas dificultades, y a medida que avanzaba la celebración e íbamos hablando de la Virgen, uno va sintiendo que la cara como que se les suaviza, como que nos va humanizando, porque ante Ella no hay necesidad de tener ni la cara dura, ni la metralleta montada, ni la coraza puesta. Uno se va sintiendo más liviano.

El Ángel Gabriel la evangelizó a Ella con la gran noticia de la Encarnación y el amor singular que Dios le tenía, y de evangelizada, se convierte en evangelizadora, conduciéndonos hacia Dios.

En otra parte del Evangelio, se nos relata que Jesús le dijo a Juan: "He ahí a tu madre" San Juan 19,27, "y que Juan, dice el Evangelista, la recibió en su casa" San Juan 19,27. Esto significa, no sólo en su casa, sino que la recibió como suya, como pertenencia suya.

Yo creo que hoy la Virgen de Guadalupe se nos ofrece no como extraña; se presenta como nuestra, para que nosotros la recibamos en nuestras cosas, como de nuestra casa, de nuestros afectos, de nuestros pensamientos, de nuestras tristezas, de nuestras alegrías.

Ella es madera de nuestra vida; tomando lo que nosotros somos, nos enseña a tomar lo que Ella es; tomando lo que nosotros le damos, nos enseña a tomar lo que Ella nos da; y lo que Ella nos da, como lo decimos en la salve es el fruto bendito de su vientre, el Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la alabanza, por los siglos.

Amén.