Nde6003a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19980110

Título: La intercesion tiene limites

Original en audio: 8 min. 30 seg.


Termina este tiempo de la Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor -que Dios mediante, celebraremos mañana-. Y termina también la lectura casi continua que hemos hecho de la Primera Epístola del Apóstol San Juan.

Este maravilloso documento es como una meditación, es como un hermoso himno a la Encarnación, de esa Palabra que estaba con el Padre y que se ha vuelto hacia nosotros, para comunicarnos la vida abundante.

Termina la Carta con una especie de resumen de las certidumbres, de las esperanzas cristianas: “Sabemos que nosotros estamos en Dios aunque el mundo entero yace en poder del maligno, sabemos que el que nace de Dios, no peca” 1 Juan 5,19.

Esta certeza que trae la Carta, es la certeza del que ha tocado: “Lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que nuestras manos tocaron acerca de la Palabra de la vida, porque la vida se ha manifestado” 1 Juan 1,1-2. La certeza del cristiano tiene su firmeza en la Carne de Jesucristo.

Esta ha sido una de las principales enseñanzas de esta Carta, y aparece también en su conclusión, pero este pasaje final que nos ofrece la Iglesia, trae una recomendación un poco extraña con respecto a la oración por los pecadores.

Porque se nos dice que “si uno ve a su hermano cometer un pecado, que ore para que le de vida” 1 Juan 5,16, pero añade: “No habló del pecado de muerte” 1 Juan 5,16.

¿Qué quiere decir ese “pecado de muerte”? ¿Se corresponde con lo que usualmente llamábamos el pecado mortal? Es una enseñanza un poco extraña; porque dice uno, si se trata de un pecado mortal, pues precisamente hay que orar más por esa persona. Cuanto más grave la condición del pecador, más urgente la oración.

Incluso uno se puede preguntar: ¿Cómo hacer compatible esta enseñanza de que no se ore por aquel hermano que comete un pecado de muerte? ¿Cómo hacer compatible esta recomendación con aquella frase maravillosa de Cristo: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”"¿ San Mateo 9,13, o aquella otra: “No necesitan de médico los sanos sino los enfermos”? San Mateo 9,12.

¿Quién más enfermo, quién más necesitado que el que está en pecado? Y cuanto más grave su pecado, pues mayor su necesidad. No es fácil comprender esta extraña recomendación del Apóstol, y por eso, se han intentado varias explicaciones, como suele suceder con los textos difíciles de la Escritura.

Algunas personas, por ejemplo, dicen, algunos exégetas, que la perspectiva de la Carta no es una perspectiva ecuménica, es una perspectiva más bien defensiva. El Apóstol termina su Carta diciendo: “Guardaos de los ídolos” 1 Juan 5,21, una recomendación un poco abrupta, un poco brusca para terminar una Carta tan hermosa.

Además, uno recuerda esas despedidas de San Juan en sus Cartas llenas cariño, de saludos, de exhortaciones, de recuerdos personales. Entonces uno dice: "Bueno, pero en esta Carta de San Juan, sí, hay una actitud defensiva, es una actitud de una comunidad que se siente como rodeada de peligros exteriores, pero, sobre todo, debilitada interiormente".

Varias veces en la Carta se ha hecho mención a esas personas, a esos antiguos creyentes que han terminado dándole la espalda a Jesucristo, porque han negado que Dios haya venido en carne humana. A esas personas, el Apóstol las llama los anticristos, son anticristos, están en contra de Cristo.

“Habéis oído que iba a venir el anticristo, sabemos que esta es la hora final porque han venido muchos anticristos” 1 Juan 2,18. Entonces algunos exegetas dicen: "Como la actitud general de la Carta es defensiva, como la actitud es a la defensiva, entonces, eso explicaría como ese rasgo psicológico".

"Si ya alguien comete pecado de muerte, es decir, si ya alguien se separa, comete esa apostasía, se vuelve un anticristo, pues está perdido, allá él".

"Nosotros conservemos la gracia que hemos recibido, apreciemos lo que hemos acogido y vivamos en comunión unos con otros y con Jesucristo". La idea entonces sería, que como la perspectiva de la Carta es defensiva, si ya alguien se fue de la comunión, de la coinonía, pues allá él.

No me satisface del todo esta explicación, y por eso me parece que nos ilumina mucho aquello que el Señor le decía a Santa Catalina de Siena, refiriéndose a la oración de intercesión.

En efecto, el fruto de esta oración, depende no sólo del amor con el que se da, sino también de la disposición con que se recibe, y eso da la medida del amor desde el poder del amor de Dios a través de esta oración.

Por consiguiente, la Carta nos estaría enseñando que hay un límite en nuestra oración de intercesión. Que nosotros no nos convertimos en dueños de la voluntad de las otras personas, ni podemos vivir la vida de las otras personas.

Por decirlo de otro modo, que hay en ellas como una especie de margen, hay como un margen de libertad, que puede servirle para darle el sí a Dios, o que puede servir para obstinarse en contra de Dios.

Y en ese margen de libertad de la persona, que pertenece sólo a la persona, nuestra vida, nuestras intenciones, nuestra oración, no son determinantes.

Y por consiguiente, pretender orar, dominando ese rincón último de la voluntad humana, sería pretender que nosotros podemos vivir la vida de esas personas y tomar las decisiones y opciones últimas por ellas, y esto no es así.

Se trata, pues, de una proclamación de la grandeza del acto creador de Dios y de la inmensa responsabilidad humana. Por eso la recomendación: “Guardaos de los ídolos” 1 Juan 5,21.