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Fecha: 19991225
Título: Hacer resplandecer la fe en las obras
Original en audio: 9 min. 29 seg.
La Santa Iglesia nos invita a meditar el misterio del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, en primer lugar con los textos de la Palabra de Dios que hemos escuchado. Pero hay también otros textos que mueven nuestro corazón al asombro, a la gratitud, a la adoración, a la meditación.
Así por ejemplo, en la oración Colecta, para esta Misa del día de Navidad, hemos dicho lo siguiente: "Concédenos que al vernos envueltos en la luz nueva de tu Palabra hecha carne, hagamos resplandecer en nuestras obras la fe que haces brillar en nuestro corazón".
Esta oración nos invita a hacer una preciosa analogía entre el misterio del nacimiento de Jesucristo y él nacimiento de la santidad de las virtudes en nuestra vida. Dios en su Corazón, podríamos decir, en su seno, tiene siempre a Este que hoy ha nacido para nosotros, el Salvador.
Pero lo nuevo que trae la Navidad es que la intención de la salvación se ha transformado hoy en la realidad de la salvación. Jesucristo, el que ha nacido, es el mismo Hijo Eterno de Dios, Aquél que desde el principio estaba junto a Dios y era Dios.
Pero ese estaba, por decirlo así, allá en Dios, estaba hacia Dios, en griego dice pros ton Theón, con esa preposición pros, en cierto sentido se indica que estaba vuelto hacia Dios, como audazmente traduce alguien al español.
Ya estaba el Salvador, no empezó a existir cuando nosotros lo empezamos a ver; pero sólo cuando nosotros lo empezamos a ver, pudimos recibir lo que ya estaba desde el principio. De ese modo, lo que era interior, íntimo en le corazón, se ha convertido en exterior, público, glorioso; no ha cambiado, se ha manifestado.
Algo así es lo que viene a ser también la Navidad en nosotros. Nosotros tenemos buenas intenciones. Decía un pensador, con cierta gracia, "¿Qué es el fondo?" Decía, "el fondo es un extraño lugar donde todo el mundo es bueno", en el fondo era bueno.
Un criminal acaba con medio mundo, pero en el fondo era bueno. Entonces, el fondo, es un lugar extraño donde todo el mundo es bueno.
La Navidad nos invita a no ser buenos sólo en el fondo, sino a que esa bondad que existe como intención en nosotros, ese propósito que es allá como íntimo y como en el corazón, se convierta en lo que aquí llama obras; que esa luz nueva, la que brilla con la Navidad, resplandezca en nuestras obras.
Propiamente la oración lo que dice es que: "hagamos resplandecer e nuestras obras la fe que haces brillar en nuestro corazón". La fe y las obras. La fe que nos permite acoger la salvación, que nos permite creer con sinceridad ante nosotros mismos y ante Dios, que somos de Él y que Él es el Señor de nuestras vidas.
Pero luego esa fe interior no puede quedarse en pura intención de verdad, esa fe interior tiene que resplandecer.
Yo creo que el verbo resplandecer no podía ser mejor escogido. No es que llevemos la fe a las obras, no es que traduzcamos la fe en obras, es que resplandezca la fe en las obras. Ese verbo resplandecer es la diferencia entre ser cristiano y ser hereje.
Cuando yo digo que voy a llevar la fe a las obras, lo que estoy diciendo es que la fe me enseña algo, y aquí están las obras donde yo tengo que hacer lo que yo he aprendido; cuando yo digo que resplandezca la fe en las obras, lo que digo es que esa fe tiene su luz propia y que mi único trabajo es no empañar, no interrumpir, no obstaculizar, no velar la luz maravillosa de la fe que he recibido como regalo.
Dios no tuvo solamente la intención de salvarnos, no tuvo solamente al Salvador, al que iba a ser nuestro Salvador; no tuvo la salvación allá escondida. Se quejaba una vez el salmista y decía: "¿Por qué retraes tu mano izquierda y escondes la derecha?" Salmo 73,11.
Las manos de Dios estaban como escondidas, esas manos con las que teníamos necesidad de que saliera a pelear por nosotros; las manos de Dios estaban ocultas, las tenía, pero las tenía como retraídas junto a su Corazón.
Ahora se ha cumplido lo que cantaba hermosamente el pueblo de Israel desde tiempos del Éxodo: "Ha extendido su mano, ha desnudado su santo brazo" Exodo 6,6.
Como en aquella época no había muchas mangas, cuando una persona extendía el brazo, le quedaba desnudo; "desnudó su santo brazo" Exodo 6,6, apareció la carne de Dios, salió a salvarnos; ya esa mano que estaba como oculta junto a su Corazón, ha dejado ver su Carne, esa es la Navidad.
¡Qué maravillosa es nuestra fe! Ya desde antiguo se anunciaba este misterio: "El Señor ha desnudado su santo brazo" Exodo 6,6. Los antiguos Padres de la Iglesia hablaban del misterio del envío de Jesucristo y el misterio del envío del Espíritu Santo como las dos manos de Dios.
Nosotros éramos el pequeño niño que se estaba cayendo, o mejor dicho, que no salía del suelo; y parecía que Dios tenía sus manos retraídas junto al Corazón, mirando la miseria, justa ciertamente, pero no por ello menos dolorosa de nosotros, la pequeña criatura que no salía del suelo.
Ahora Dios ha sacado sus manos, ha extendido sus manos, nos ha enviado al Hijo, nos ha enviado al Espíritu, y con esas dos manos nos levanta, nos saca del suelo, nos lleva al cielo, nos levanta, nos pone en pie.
"Despierta tú que duermes, y te alumbrará Jesucristo" Carta a los Efesios 5,14. Nos levanta del sueño de la muerte, nos levanta del sueño de nuestras fantasías, nos levanta del lodo.
Así como primero creando a Adán había levantado el lodo hasta volverlo persona humana, así ahora levanta la persona humana caída y enlodada hasta hacerlo a imagen de su Hijo, el único y verdadero Jesucristo.
Alegrémonos porque Dios ha extendido su mano; alegrémonos porque nos brinda la salvación, y que la fe grande de este día resplandezca en nuestras obras.
Amén.