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Fecha: 19951225
Título: El Principio y la Palabra
Original en audio: 8 min. 18 seg.
Queridos Hermanos:
De acuerdo con los estudiosos de la Biblia, los Evangelios fueron escritos y fueron pensados, en cierto modo, de atrás para adelante. El acontecimiento central del Evangelio, de cada uno de los Evangelios que tenemos en las Biblias allá en la casa, es que Cristo ha resucitado de entre los muertos y precisamente, por esa resurrección, tiene plenos poderes para comunicar poder de su Espíritu.
Puede dar esa gracia de Espíritu con la cual se cumplen las promesas del Antiguo Testamento y con la cual gracia se inaugura un nuevo tipo de vida; una vida que era imposible para el ser humano con sus propias fuerzas.
Ese es el anuncio central del Nuevo Testamento que se encuentra básicamente al final de cada uno de los Evangelios. Pero antes de cada Evangelio se fueron agregando textos que corresponden a la vida de Nuestro Señor.
Decía un estudioso de la Biblia que los Evangelios son: un relato de la muerte y resurrección de Cristo con un prólogo larguísimo, y así los distintos Evangelios lo que enuncian básicamente es que Cristo murió en la Cruz, destruyendo el pecado y la muerte y resucitó para nuestra justificación, y en eso está la gloria de Dios; y por esa muerte y por esa resurrección quienes creen el Él reciben la gracia en el Espíritu Santo. Ese es el corazón.
Pero luego, echando de para atrás, los Evangelistas nos explican quién es Ése que está muriendo en la cruz, quién es Ése que resucita de entre los muertos, y así, los distintos Evangelios se remontan unos más y otros menos.
El evangelio de San Mateo y el evangelio de Lucas se remontan sobre Jesús. Mateo y Lucas nos cuentan el nacimiento de Jesús y nos hablan de Belén. Mateo, a su manera, poniendo en primer plano tal vez a José; Lucas, a su manera, poniendo en primer plano quizá a María. También entre ellos hay una pequeña diferencia.
Mateo empieza su evangelio con una genealogía que es como decir: "les voy a presentar la familia de Cristo" ; así empieza Mateo; Lucas, en cambio, por allá adelante, no en el capítulo primero, sino por allá adelante, trae otra genealogía, otra lista de nombres, pero no empezando simplemente por Abraham, sino remontándose incluso hasta Adán.
Se ve entonces que los Evangelistas tienen claro cuál es el corazón de la fe, pero que también quieren que nuestros ojos estén claros y estén iluminados sobre quién es ese Jesús y por eso ellos se devuelven hasta Abraham, hasta Adán.
El que menos se devuelve es Marcos. El Evangelista Marcos empieza su narración con el bautismo de Juan. Marcos no tiene relatos de la infancia de Cristo, sino simplemente empieza contándonos que Juan, cumpliendo la profecía de Isaías, empezó a predicar en el desierto y luego vino el bautismo de Jesús y todo lo demás que sigue.
Pero ninguno de ellos se remonta tanto como el cuarto Evangelista. Este cuarto Evangelista, que la tradición unánime llama Juan, el discípulo y apóstol del señor; este cuarto evangelista se devuelve hasta más allá de la historia, hasta antes de la creación.
¿Cómo empieza la Biblia? La Biblia empieza diciendo en le Génesis: "en el principio creó Dios..." Génesis 1,1. Pues bien, a ese principio si se quiere, acude literaria y simbólicamente el cuarto Evangelista y por eso también él empieza su evangelio: "en el principio...." San Juan 1,1.
En el principio, dice, como haciendo un paralelo, como haciendo una especie de complemento o de juego de palabras de lo que había en el Génesis. Dice Juan: "en el principio ya existía la Palabra" San Juan 1,1; Juan llama a Jesús "Palabra", porque este es el lenguaje perfecto de Dios, porque Él es todo lo que Dios podía decirnos.
Pero lo llama "Palabra" también, porque en ese "Logos", en ese "Verbum", en esa "Palabra" se cumple, se realiza todo lo que había sido dicho en las palabras proféticas. Algo así como que el Antiguo Testamento frente a Cristo es como una serie de balbuceos, como de intentos, y finalmente la palabra queda completamente dicha sólo en la existencia de Jesús.
Esta apalabra de la que nos ha hablado Juan, él mismo dice: "estaba ya en el mundo" San Juan 1,10, y efectivamente, ya el Antiguo Testamento nos había acostumbrado a pensar en la Palabra de Dios como aquella sabiduría multiforme.
Léete, por ejemplo, el libro de la Sabiduría o buenos trozos del libro del Eclesiástico, como aquella sabiduría que hay ahí. Y por eso dice el Evangelista: "esta palabra era la luz de los hombres, sin embargo, la verdadera luz era la Palabra" San Juan 1,7.
Y hay quienes se quedan en los destellos de la palabra que aparecen en la ciencia, en la técnica o en el arte; y se quedan sólo en esos destellos de la palabra y fascinados por esos brillos, fascinados por esos visos, se quedan sin escuchar el mensaje importante, el mensaje grande de Dios.
Por eso Juan pasa a decirnos: "Y esta palabra, la que estaba en el mundo, vino a los suyos y los suyos no la recibieron" San Juan 1,10, y nos dice también: "Pero a cuantos les recibieron, a ellos por creer y confesar su nombre les concedió la gracia de ser hijos de Dios." San Juan 1,12.
Es decir, esta palabra que estaba desde el principio, el mismo principio que se habla el Génesis, ha empezado de nuevo en nuestra tierra para que nosotros podamos empezar de nuevo en Dios, en Cristo, en la Carne de Cristo, en la navidad de Cristo. Nosotros podemos empezar de nuevo.
Y así, el que ya estaba en este mundo, por ser la Palabra con la que Dios creó todas las cosas, Ése, volvió a empezar para que nosotros pudiéramos nacer para los cielos y en El hemos conocido qué significa la gracia y la gloria de Dios.
Esta palabra se cumple definitivamente cuando Dios sella una Alianza indestructible, y eso es lo que recordamos en la Eucaristía. Al consagrar el vino como sangre de Cristo, el sacerdote dice: "este es el cáliz de la sangre, de la Alianza Nueva y Eterna, derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados".
Así halla su cumplimiento aquella Palabra que hemos visto nacer hoy.
Amén.