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Fecha: 19960103

Título: La santidad de Cristo es para gloria del Padre

Original en audio: 6 min. 14 seg.


Queridos Hermanos:

Las lecturas de este día nos hablan de pecado y de purificación.

Nosotros, siguiendo la indicación de Juan Bautista, miramos hacia Jesús y reconocemos en Él al Cordero de Dios, a Aquél que quita los pecados del mundo.

La primera lectura nos ha dicho que en Jesús no hay pecado, que Él está libre de pecado, y el evangelio nos está diciendo que Jesús quita el pecado. Estas dos afirmaciones se complementan mutuamente, porque de alguna forma nos están diciendo que la santidad cristiana no consiste en una especie de vanidad, de sabernos y sentirnos limpios y lindos.

Lejos de esa vanidad, podemos decir que la santidad cristiana, dentro de la lógica del mismo Cristo, y Cristo es santo no para sí mismo, sino para la gloria del Padre, gloria que encuentra su plena realización salvando al hombre. Ese hombre, cuando recibe la vida de Dios, ese hombre desatado, liberado del pecado, ese hombre así, es la gloria misma de Dios.

De él nos habla San Ireneo cuando dice que la gloria de Dios es que el hombre viva, es ese hombre lleno de vida, lleno de la vida que no acaba; pero también nos dice San Ireneo que la gloria y la vida del hombre están en la visión de Dios.

Así pues, tenemos que huir de dos extremos, de pensar en una humanidad o en seres humanos en el sentido de ser cómplices. A veces utilizamos el adjetivo calificativo, "humano", para indicar esa característica que tienen unas personas, esa característica de complicidad.

Me acuerdo mucho de un predicador, que siendo nosotros estudiantes, nos decía que a veces se habla de que tal o cual Prior es muy humano, para indicar simplemente que deja hacer a cada cual lo que bien tenga o que comprende tanto los defectos, que en el fondo, los consiente.

Esperemos, en primer lugar, alejarnos de esa humanidad como complicidad; pero en segundo lugar, también tenemos que alejarnos de esa idea de santidad para sí mismo, de esa idea de santidad sobrecentrada en sí mismo.

Como quien dice “nada de santidad inútil para el mundo, pero tampoco nada de humanidad cómplice con el mundo"; evitando ambos extremos está este Cristo que es Cordero de Dios.

Como ese Dios es santo y es inocente, pero como es Cordero está destinado para sacrificio, y a través de sacrificio, para salvación, para salvación de las personas, para salvación del mundo.

Nosotros en esta Eucaristía comemos al Cordero de Dios, de Él debemos recibir tanto la inocencia como el provecho para el mundo.

Ciertamente, como Él, necesitamos ser limpios de pecado, pero igualmente de Él, necesitamos vigor para quitar el pecado y para traer la paz.

Dios, que por su Espíritu lo realizó en Cristo, por ese mismo Espíritu que hizo su obra plena resucitando a Cristo entre los muertos, por ese mismo Espíritu nos constituimos en obra viva, en ofrenda permanente como dice la plegaria eucarística III.

Dios lo puede hacer, y la Carne de Cristo que celebramos en Navidad, esa Carne nueva y santificada por el Espíritu, esa Carne que es alimento nuestro, esa Carne de Cristo puede también hacernos Cristos, puede unirnos a este Cordero para vida y salvación del mundo y para gloria del Padre.

Amén.