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De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo 5 de San Lucas, es una escena tan elocuente porque nos habla con gran claridad de lo que significa la misericordia, en este Año de Misericordia decretado por el Papa Francisco, nos hacen particularmente bien estos textos como el de hoy. Leví, también llamado Mateo, era cobrador de impuestos, lo cual significa que trabajaba para el Imperio Romano; es decir estaba vendido a los enemigos del pueblo de Dios. Con toda razón los judíos despreciaban a quienes cobraban los impuestos, eran conocidos como los Publicanos, eran gente odiada, no solamente porque trabajaban para el enemigo, sino también porque la manera de hacer su dinero era a base explotar a los más vulnerables, a los más pobres, a los más desprotegidos.

Como hemos comentado en otras ocasiones, el Imperio Romano tenía implementado un sistema según el cual había unos cobradores; es decir los Publicanos, que tenían que pasar una cuota fija por una determinada ciudad ó parte de la ciudad ó por una determinada región. Ellos tenían que dar esa cuota fija al Imperio, pero todo el dinero que hicieran después de esa cuota fija era riqueza para ellos mismos, protegidos por la fuerza militar del Imperio Romano, protegidos custodiados, escoltados por esta fuerza de paganos.

Los Publicanos, extraían así gran cantidad de dinero, especialmente de los más pobres, Cristo llama a uno de estos publicanos llamado Mateo, o también conocido como Leví, lo llama para que esté a su servicio y en un toque maravilloso de la gracia resulta que Mateo acepta esta invitación y empieza una transformación total de su vida (cf. Lc 5,27-28). Se va a unir al grupo de los discípulos de Cristo, pero en primer un momento lo que hace Mateo es recibir a Cristo y a esos discípulos en su casa y ofrece una comida, ese es el momento que estaban esperando los fariseos para acusar a Cristo porque: ¿cómo se le ocurre hacer eso?, ¿cómo se le ocurre comer con los pecadores? (cf. Lc 5,29-31), compartir con los que son enemigos del pueblo de Dios.

Es ahí donde Cristo, suelta esa frase que resuena en nuestros corazones, “no necesitan de médico los sanos sino los enfermos” (Lc 5,31). Por supuesto, quien es médico es él mismo, es Él quien puede curar las heridas más profundas de nuestro corazón, es Él que puede sanarnos de esa codicia compulsiva que tal vez muchos tenemos, es Él quién puede sanarnos de esa impureza que hoy parece que lo embadurna todo, esa lujuria que parece que entra por todos los poros, en todas las casas y en todos los corazones, es Él quien puede sanarnos las heridas del odio y puede hacer posible como decía hace poco el Papa Francisco, que incluso aquellos hermanos que hace tiempo no se hablan puedan llegar a saludarse, pueden llegar a abrazarse y perdonarse, eso lo hace posible Cristo.

Así que, Él es el médico, pero ahora la pregunta más incómoda es: ¿Dónde te sitúas tú?, ¿Te sitúas del lado de los sanos o del lado de los enfermos?, ¡quizás nadie te ha hecho esa pregunta! permíteme que yo te lo haga: ¿De qué lado quieres ponerte?, porque si te pones de los del lado de los sanos, es decir “si ya estoy bien, si ya no sé, si ya no necesito nada”, lo único que te va a decir el médico, que es Cristo es: “tú no necesitas de mí, entonces quítate y dale espacio al otro, el que sí necesita”, óyeme lo que estoy diciendo: declararse uno libre de toda necesidad, declararse uno entre los "sanos", declararse uno entre los sanos es perder a Cristo.

La única posibilidad para ser discípulos del Señor, es reconocer siempre en nosotros una necesidad de conversión. Es decir, esto va a sonar absurdo pero creo que en el contexto de esta predicación de hoy se entiende, yo no quiero declararme en el grupo de los sanos, yo quiero declararme como miembro del grupo de los enfermos, porque yo quiero ser siempre discípulo de Cristo, eso no significa que yo ame mi enfermedad, eso no significa que yo no quiera curarme, muy al contrario; yo le entrego al Señor todo lo que soy para que él lo transforme, pero de declararme del lado de los enfermos es descubrir que siempre, siempre, siempre hay áreas de nuestra vida que necesitan de Cristo y por eso uno de los peores errores en la vida cristiana es creer que uno está completamente y definitivamente convertido, un error de esos puede incluso acarrear incluso la pérdida de la vida eterna.

Pidamos entonces al Señor que reconozcamos nuestras verdaderas enfermedades y que desde esa humildad y confianza en el Señor experimentemos su gracia, su ternura, su amor y su poder. Amén.