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El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo séptimo de San Juan, como hemos comentado en otra oportunidad este capítulo séptimo es particularmente útil para descubrir un poco más sobre la persona de Cristo.
Los capítulos cinco y luego séptimo de San Juan nos presentan numerosas controversias, discusiones entre Cristo y las autoridades judías; son textos densos que requieren bastante atención, pero textos que nos enseñan mucho porque en el ambiente de esas discusiones las frases que San Juan nos presenta dentro de los discursos de Cristo, nos dicen mucho sobre quién es Él.
Ya hemos explicado en otra ocasión que la parte de la Teología que se concentra en la gran pregunta: ¿Quién es Cristo?, se llama precisamente la Cristología y por eso estos dos capítulos en particular el (quinto y séptimo) de San Juan son muy útiles para la Cristología.
Lo que podemos hacer nosotros como creyentes en el Señor Jesús, es acudir a esos pasajes buscando en ellos una luz que nos revele algo más sobre la manera de obrar, de amar y de actuar de Cristo. Por ejemplo, en el día de hoy aparece toda una polémica sobre el tema de Galilea, para que nos entendamos lo que nosotros llamamos “Tierra Santa”; estaba en esa época dividido en Judea que está al sur, Samaría que está en la mitad y Galilea que está al norte. Pero la gran división estaba entre Judea y Samaría, porque en el siglo décimo antes de Cristo se produjo una gran división dentro del pueblo de Dios. Esa división, fue entre el sur y el norte, el sur que fue después la región de Judea conservó su capital Jerusalén y conservó las promesas de Dios hechas a la casa de David. El norte se llama en cambio el Reino de Israel, tuvo como capital Samaría, no tuvo realmente una línea de continuidad en su propia monarquía y terminó unos 250 o 300 años después, por una invasión sumamente cruel, sumamente arrasadora de los asirios.
De manera que desde la perspectiva de los judíos, los del Norte eran herejes, eran los enemigos, eran los traidores y por consiguiente, los samaritanos eran aquellos que habían perdido la fe, aquellos que le habían dado la espalda a Dios, aquellos que tenían una religión de mentiras. Esa era la manera como los judíos miraban los samaritanos y de esta división cultural, religiosa e incluso étnica da testimonio la Biblia en varios sitios.
Ahora bien, después de la región de Samaría y todavía más al norte; es decir todavía a mayor distancia de Jerusalén y de Judea, a mayor distancia estaba Galilea. Galilea, era y es una región muy bella desde el punto de vista de los recursos naturales pero para los judíos esa clase de cosas importan muy poco, lo único que interesaba es que sí los galileos están más allá de la región de Samaría quiere decir que están peor que perdidos. Esta es la región de tinieblas, de hecho llamaba a esa Galilea, a esa región por un epíteto despectivo: “Galilea de los gentiles”, como quien dice ¡tierra de paganos! como quien dice: ¡no hay nada que hacer ahí!. Ya no reina Dios a pesar de que geográficamente es esa misma región de Galilea, si nos vamos por ejemplo el libro de Josué claramente pertenecía a las tierras que Dios dio al pueblo elegido. Pero del orgullo de las tribus de Júdea, la tribu de Judá fundamentalmente. hacía que todo lo que no fuera judío ya se tratara de galileos y samaritanos; no tuviera nada que ver con ellos y yo creo que aquí hay un mensaje muy importante: ese orgullo, esa altivez ¡enceguece!, esa altivez es como querer ponerle un límite a Dios.
Por eso, notamos el lenguaje presuntuoso de aquellos que en el pasaje de hoy dicen: “de Galilea no viene nada bueno, de Galilea no salen profetas, de Galilea no viene El Mesías”; como si le dijeran a Dios: “nosotros sabemos en dónde puedes actuar”, como si le dijeran a Dios: tú tienes permiso de hacer esto, pero no tienes permiso de hacer esto otro y todos aquellos que pretenden limitar el poder de Dios, lo único que hacen es excluirse de la esfera maravillosa de acción de ese poder , que siempre es poder de amor y poder de salvación.
Aprendamos la lección nosotros, porque también a nosotros nos pueden tentar nuestros propios orgullos, nuestras propias cartas de recomendación, nuestras propias razones y también podemos caer en la tentación de decir: “yo sé que es lo que Dios quiere y puede hacer, yo sé dónde puede hacerlo”.
Dios es bastante más grande que nuestras ideas y nuestras palabras y su gracia no tiene los límites de nuestra m