K031005a
Fecha: 20030324
Título: "el juego" del amor de Dios
Original en audio: 10 min. 58 seg.
Muy lejos o muy cerca no alcanzamos a ver. Y esto es interesante, porque lo mismo pasa en la vida espiritual. A veces Dios está tan cerca de nosotros que no lo encontramos, y a veces nos parece que está tan lejos que no lo vemos.
La distancia precisa para poder leer las obras de Dios. Este tema de la distancia aparece en las lecturas de hoy, por ejemplo esto: A Naamán se le pide una cosa sencillísima, “Mira, ve al Jordán que está aquí y báñate” 2 Reyes 5,10.
Era algo que estaba muy cerca, y porque estaba tan cerca, él no creía que algo tan cercano, tan sencillo le pudiera hacer bien. No creyó en lo que estaba ahí cerca. No creyó porque era una cosa sencilla.
Menos mal, sus criados lo animaron a que hiciera caso, y Naamán descubrió que en ese acto sencillo, hecho con obediencia era posible recibir la bendición, y la salud de Dios.
Y es una cosa interesante, porque muchas veces, nosotros cuando tenemos demasiado cerca las cosas no las vemos, o cuando son demasiados sencillas no las hacemos.
Nuestro maestro de novicios, el padre Pastor Prada, a quien nosotros recordamos con cariño en la comunidad, nos decía “Los sacristanes pierden la fe”, o decía también: “El sacristán nunca va a Misa”
Seguramente, el que está lejos y llega a la iglesia se siente como en un ambiente nuevo, especial, distinto, y eso le atrae, eso atrae su atención, pero el sacristán tiene que cultivar todos los días una actitud nueva si quiere conservar la fe.
Porque, sino de estar manipulando hostias, vino, vinajeras, cálices, purificadores, casullas, estolas, albas, de estar tratando tanto con las cosas, ya no le dicen nada.
Estar demasiado cerca, a veces impide ver; y hay veces que en un convento muy grande el Santísimo no tiene quien lo visite, porque está ahí, mientras que hay personas que toman la devoción de ir todos los días a visitar el sagrario, y hacen un recorrido seguramente grande.
Y a veces tienen que sacar expresamente el tiempo para ir allá, y en un convento grande que tiene el Santísimo ahí a la puerta, ahí a la vuelta, ahí detrás de una escalera, no hay quien visite a Jesús porque está muy cerca.
Es una cosa interesante, lo que a veces está muy cerca no lo vemos, y necesitamos la ayuda, así como Naamán necesitó ayuda de estos criados, nosotros necesitamos ayuda para creer que Dios está en esas cosas tan sencillas.
Los remedios que Dios nos ofrece muchas veces son remedios elementales, que perseveremos en la oración, por ejemplo, dice el capítulo sexto del profeta Miqueas: “Esto es lo que te pide el Señor: que ames la justicia, que practiques la misericordia, y que seas humilde” Miqueas 6,8.
No es complicado, no es difícil: "Que ames la justicia, que practiques la misericordia, y que camines humildemente ante Dios" Miqueas 6,8; no es difícil, y sin embargo ese remedio tan sencillo a veces nos parece imposible, y a veces nos descuidamos en buscar ese encuentro con el Señor.
La vida espiritual, y la vida de unión con Dios no es una vida complicada, pero si es una vida que requiere que nosotros tomemos en serio lo que Dios nos está pidiendo. Entonces, eso fue lo que le sucedió a Jesús, allá en Nazareth.
La vida de Jesús era una vida tan sencilla y una vida tan humilde como podía ser la de sus paisanos; y de pronto resulta Jesús hablando del Reino de Dios, y hablando de la alianza con Dios, y hablando del perdón de Dios, y hablando de Dios, su Padre.
Y esta gente no creía que en ese hombre, que lo habían visto crecer, y que estaba ahí al pie, y que sabían cómo era, o que creían que sabían cómo era, no creían que ahí se estuviera revelando Dios, porque lo habían tenido siempre cerca.
Es un problema de distancia, y por eso Jesús dice: “Un profeta no es recibido en su tierra” San Lucas 4,24, por ese problema de distancia, porque el que tenemos siempre cerca seguramente es alguien a quien no miramos.
Esto lo podemos aplicar a muchas cosas en nuestra vida. Los misioneros viven experiencias muy intensas en esto de compartir la fe.
Por ejemplo, me acuerdo de las declaraciones que daba un sacerdote que terminó la primera traducción de la Biblia católica, traducción al vietnamita, y la alegría de esos católicos cuando tuvieron su primera Biblia en vietnamita; era una novedad, era una maravilla, porque hasta entonces la Biblia era algo que conocían solo de una manera distante.
Y por fin, tenían su Biblia en vietnamita. Pero cuántos hogares católicos tienen la Biblia en español llenándose de polvo, olvidada, arrinconada porque está demasiado cerca. Entonces de pronto nos toca cambiar nuestras oraciones.
Muchas veces le pedimos a Dios que venga, que venga quiere decir que se acerque. Parece que de vez en cuando tocaría pedirle a Dios que se aleje para que alcancemos a verlo.
Y por eso, Santa Catalina de Siena habla de lo que ella llama “un juego de amor”, así le enseñó hablar Dios. Dios le dijo que Él realizaba con nosotros una especie de juego o danza de amor, que era ese acercarse y alejarse.
Y le explicaba Dios a Santa Catalina que era la única manera de lograr la atención. Sólo cuando perdemos, descubrimos qué teníamos; no lo dice también el refrán: “Sólo se sabe lo que uno tiene cuando lo pierde”.
Por eso Dios juega con la distancia. Es el que llama “el juego de amor”; se acerca, se deja sentir, y a veces desaparece. "¿Qué se hizo? ¿Qué se hizo mi vocación? Yo antes me sentía mejor, yo antes sentía que estaba…" Es que era lo de la canción: “Que hasta lo puedo tocar".
"Y ahora no lo siento por ninguna parte". Pues no pienses que necesariamente es porque has cometido grandes pecados, ni pienses que es porque Dios te deshechó. De pronto es por ese juego de distancias, de pronto es por ese juego de amor.
A veces Dios se retira un poco para que nosotros volvamos a verlo, porque estaba tan cerquita que no lo veíamos, entonces se retira un poco, y en ese momento descubrimos la maravilla.
Cuando uno ha pasado por enfermedades realmente leves, por misericordia de Dios, por decir el caso mío, ¡qué alegría recuperar la salud!
Cuando yo profesé, cuando hice mis primeros votos, y llegué al convento de Santo Domingo, pues me encontré con ese mundo nuevo, me encontré con mi vida de recién profeso, me encontré con todo eso que era novedoso, y yo dije para mí: “Me encontré con una hepatitis que venía cultivando desde Chiquinquirá.”
De manera, que no alcancé a completar la primera semana de estudios cuando ya me tocó a la clínica. Y a la clínica a estarse quieto, a estarse muchas veces solo. Bueno, fue un impacto, siempre me impactó. Cuando ya por fin me dan de alta, "¡bueno, ya puedo volver!".
Esa alegría de la salud recuperada, es algo parecido a lo que hace Dios, nos deja experimentar un poco de soledad para que amemos su compañía.
Nos deja experimentar un poco de enfermedad para que agradezcamos la salud. Y dicen que incluso nos deja resbalar, y caer en algunos pecados para que aprendamos a valorar lo que significa estar en amistad con Él y vivir en la gracia de Él.
Aprendamos este juego de la distancia. Pero, sin embargo, Dios le dijo a Santa Catalina que este juego no era para toda la vida, sino que después de un tiempo, después de una maduración, cuando ya el alma se había vuelto dos cosas: humilde y atenta, entonces ya Dios dejaba el juego de amor, y entonces dejaba sentir su presencia de modo casi continuo.
Es decir, cuando ya aprendemos a leer cerquita, y a leer de lejos, aprendemos entonces a estar siempre con Él y a vivir siempre con Él.
Que el Señor nos permita perseverancia mientras estamos en el juego de amor y estamos aprendiendo a movernos en la distancia.
Pero que sobre todo nos dé corazones atentos y corazones humildes para que ya ese jueguito se termine, y estemos siempre en dulce amistad con Él en las cosas más sencillas, o en las cosas más difíciles.
Amén.