K022002a
Fecha: 20000321
Título: Dios administrador de todo, de las alegrias y de las humillaciones
Original en audio: 7 min. 57 seg.
Conocemos, desde luego, la frase de Cristo, esa que cierra el evangelio de hoy: “El que se enaltece será humillado, el que se humilla será enaltecido” San Mateo 23,12.
Pero como uno no se humilla mucho, entonces Dios ayuda un poco humillándolo. Ese es un acto de caridad que Dios hace, pero que uno tarda mucho tiempo en descubrir.
Claro, el ideal sería que uno mismo fuera el que se pusiera en el sitio que le corresponde, pero como uno no hace eso fácilmente, entonces Dios le mueve el butaco de manera que la persona llegue a su sitio.
Y una vez que la persona llegó a su sitio y recubrió su realidad, entonces puede cumplirse ese evangelio. Un acto de amor, un acto de amor que Dios tiene.
Y por eso esa primera lectura. Dice Isaías: "Oíd la palabra del Señor, príncipes de Sodoma" Isaías 1,10; Sodoma ya había desaparecido hace mucho tiempo.
¿A quién le está hablando? A los jefes de Judá, son los jefes de Judá, a ellos les está hablando, ¿y cómo los llama? "Príncipes de Sodoma" Isaías 1,10.
Teniendo en cuenta todas las aberraciones y pecados de estos dos pueblos, pues qué terrible es el lenguaje de Isaías llamar “príncipes de Sodoma,” Isaías 1,10 a los jefes; y llamar “pueblo de Gomorra” Isaías 1,10 a sus hermanos.
Son palabras humillantes, se trata de una humillación, evidentemente. Pero esa humillación, en este caso, se inscribe en la caridad, esa caridad que hace que Dios de vez en cuando a uno lo lleve hasta el suelo, lo lleve hasta el piso, ¿por qué? Porque como uno no se lleva por allá, entonces Dios lo lleva para que uno pueda recibir la bendición propia del Evangelio.
Una vez que está humillado, entonces puede descubrir la obra de Dios que lo enaltece, que lo levanta. Es difícil descubrir a Dios como fuerza que lo levanta a uno, cuando uno se levanta uno solo.
Para descubrir que Dios lo levanta, uno tiene que descubrir su caída, pero como no la descubre, entonces Dios también pone trabas a nuestros planes y eso lo hace con amor. Dios le complica a uno la vida, le acaba la paciencia, le entraba las cosas, de manera que uno sienta que no puede.
Cuando ya uno vio que no podía, entonces, de pronto levanta la cabeza y ya se da cuenta de que la lógica es otra, de que el plan de Dios es otro.
Lo que Él hizo con los carros de los egipcios, eso también lo hace con uno. Cuando uno va en el camino que no es, por ejemplo, persiguiendo a los inocentes, hablando mal de los que son, de los que carecen de culpa, o en cualquiera de esas otras tonterías donde uno pierde el tiempo, pues viene y entorpece las ruedas de los carros y uno se estanca y patina y no le salen las cosas.
Una persona inteligente lo que tiene que hacer en esos casos es decir: "Bueno, Dios me está tratando como si fuera un príncipe de Sodoma, me está tratando como si yo fuera pueblo de Gomorra, ¿a qué se deberá? Como decía un predicador: "Si tú y Dios están lejos, ¿quién se alejó?"
Esas cuentas las tiene que hacer uno: a ver, ¿quién se alejó de quién? ¿Quien será el que perdió el camino? ¿Será que Dios anda descaminado? ¿Será que anda perdido? ¿Tengo yo que orientarlo? O tal vez será al revés.
El que está perdido soy yo, y si las cosas no salen por ningún lado, y si todo se entorpece y todo se entraba, pues probablemente, como decía mi papá con sabiduría, tal vez la respuesta es: no. Es que la respuesta no tiene que ser sí todo el tiempo.
Uno dice: "-Dios, dame tal cosa, ¿y por que será que Dios no me la concede? Dame, pero no me lo concede". "-Señor, la respuesta es no. Es que la respuesta no tenía que ser todas las veces que sí.
Si nuestra voluntad es concorde con la de Dios, en ese caso la respuesta será sí, y se aplica el texto del evangelio: “Pedid y se os dará” San Lucas 11,9.
Eso lo explica muy bien el salmo aquél: "Sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón", pero hay que ver que el Señor es tu delicia, porque si tu delicia es otra cosa, seguramente tú pides y pides y no, y no se puede.
Entonces, uno hace como el señor que fue a un aeropuerto y se encontró con una máquina que adivinaba: daba el peso y adivinaba quién era la persona.
Y se pesa la persona y le dice: "-Bueno, usted está pesando, por ejemplo, 75 Kg., y usted se llama Juan Pérez, y usted es antioqueño, y trabaja en no se qué", y da la hoja de vida; y dice el hombre: "-¡Esto sí es imposible!"
Volvió al rato, se cambió de ropa, se puso un sombrero, una barba falsa y la máquina vuelve y le dice: "Usted es Juan Pérez, usted es antioqueño, usted trabaja en no sé qué; y así se hizo tres cambios, hasta que finalmente le dice la máquina: "Usted es Juan Pérez, es antioqueño, trabaja en no sé dónde, y ya lo dejó el avión por estar jugando".
La respuesta es no. A veces uno intenta como por un lado y por otro, como disfrazándole a la máquina. "A ver, será que si hago la novena invencible de San José, ya que dicen tanta cosa de San José, el invencible, será que si hago este ayuno, será que si hago esta oración, será que si hago…."
Y uno está como disfrazándole a Dios y le sale por la izquierda y le sale por la derecha. Dios nos conoce, Dios nos conoce, a Dios no se le arrancan los milagros a fuerza de "dorarle la píldora" y de planteárselo de mil maneras.
De modo que, mis queridos hermanos, necesitamos pedirle a Dios nuestro Señor, que siga administrando nuestra vida, Él es el que administra. Y Dios no administra solamente las cosas, Dios administra las alegrías, Dios administra las humillaciones. Él sabe, por ejemplo, "bueno, de aquí a tres meses a esta hermana toca darle su buena retacada".
Dios administra todo. No creamos que Dios da nada más lo que a uno le parece bueno, o Dios da nada más lo que le llegue directamente, no, Dios sabe todo lo que uno necesita.
A ver, ¿cómo va a ser el final? Para el final de la vida de esta hermana, lo mejor es una enfermedad dolorosa y prolongada en clínica, ese determinado don, ese determinado plan. Él va disponiendo, Él va administrando.
Hay que pedirle a Dios que siga administrando nuestra vida. Él es el que sabe qué es lo que uno necesita.
Esta otra persona necesita ser consolada, hay que consolar. Vamos a enviar un tiempo de consuelo, de alegría, de fortaleza; vamos a dar dones, vamos a dar… Dios va otorgando en cada momento lo que hace falta, y en cada momento.
Y uno le dice: "Bueno, Señor, y para el año entrante ¿qué has pensado?" ¡Es que ya no hay año entrante para usted! Usted ya no piense mucho en años entrantes, sino organícese, procure dejar las cositas en orden, porque ya lo que fue, fue.
Pidámosle a Dios nuestro Señor que organice nuestra vida, que tengamos nosotros sabiduría para apreciar los bienes y para sacar fruto bueno, incluso de los males.