K014006a

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Fecha: 20120301

Título: Que el fruto de esta Cuaresma sea el de una plegaria renovada, perseverante y confiada

Original en audio: 4 min. 16 seg.


Las lecturas de hoy llaman nuestra atención sobre uno de los aspectos más importantes y más característicos de la Cuaresma, se trata de la oración. De los tres ejercicios principales de la Cuaresma, es este el que merece el primer lugar.

Cuando hablamos de ayuno, de limosna y de oración, hablamos de los tres grande ejercicios espirituales que han servido para transformar a millones de personas, es la escuela que seguimos en la Cuaresma.

Con la palabra ayuno nos referimos, por supuesto, a todos los ejercicios de penitencia y de autodisciplina que nos ayudan a recuperar la apropiada relación y orden que hemos de tener con nuestro cuerpo, con nuestros apetitos, con nuestras cosas.

Con la palabra limosna aludimos también a las obras de misericordia en general, y a los actos de solidaridad que realizamos desde el corazón y la caridad de Cristo.

Cuando hablamos de oración estamos recuperando la propia relación, lo que hemos de tener como canal y como conducto para unirnos a nuestro Creador y para ser transformados por Él.

O sea que a través de estos tres ejercicios estamos recuperando tres aspectos de nuestra vida: el ayuno en la relación de cada uno consigo mismo, la limosna en la relación de cada uno con los demás desde la caridad, y la oración, la relación que cada uno ha de tener con Dios.

Los textos de hoy están tomados del capítulo catorce del libro de Ester, en el Antiguo Testamento, y del capítulo séptimo del Evangelio de según San Mateo, en el Nuevo Testamento. En ambos casos se trata de oración y en ambos casos se trata de confianza. ¿Qué era lo que estaba viviendo esta reina Ester? Una situación de gran angustia: su pueblo era perseguido, ella no tiene nadie ni de su raza, ni de su familia, ni de su credo cerca, y además, está en medio de paganos.

En medio de ese triple cinturón de angustias se encuentra casi asfixiada Ester, pero no se entrega a la desesperación, no traiciona tampoco a su pueblo ni a su Dios, sino que se refugia en la plegaria, y con un corazón indiviso y con un corazón fervoroso, se entrega a la oración.

He ahí la característica propia de la oración: no debe tener divisiones. Sucede lo mismo aquí que lo que acontece con el primer mandamiento de la Ley de Dios. Allí se nos dice que no hemos de tener otros dioses, que nuestra fe debe ser entera, que nuestro corazón debe ser completamente para Dios. Una fe sin grietas ha de producir una oración sin sin grietas. Y decimos "sin grietas" como un modo de expresar la absoluta, la total confianza en que ese Dios que estamos invocando es el Dios que quiere ayudarnos, que sabe ayudarnos y que puede ayudarnos.

No necesariamente su opinión o sus caminos van a ser los nuestros, pero sí va a suceder lo mejor para nosotros, y eso es lo que nos recalca el evangelio de hoy. Nos invita a mirar a Dios como ese Padre amoroso que realmente sabe qué es lo que nosotros necesitamos, que quiere darlo y que desde esa generosidad y desde ese amor se hace presenten la vidas de todos, pero especialmente en las vidas de aquellos que le invocan.

Que esta Cuaresma nos deje, sobre todo, ese fruto, el fruto de una oración renovada, el fruto de una plegaria perseverante, el fruto de una confianza que no se doblega porque sabe en dónde está su centro.