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El libro de Jonás nos ofrece el texto de la primera lectura en el día de hoy. Encontramos a un profeta, llamado Jonás, que no quería ser profeta, enviado a una ciudad que no sabía de Dios, una ciudad a la que no le importaba Dios, una ciudad colmada de paganismo, colmada de idolatría, verdadera señal de la enemistad con Dios; esa ciudad se llamaba Nínive. Nínive fue la gran capital del Imperio Asirio, y fue el Imperio Asirio el que borró de la faz de la tierra el Reino del Norte. Hay que saber que después del tiempo de David y Salomón, el pueblo de Dios se dividió entre el Reino del Norte que se llamó Israel, y el Reino del Sur que se llamó Judá. Pues, bien, después de esa división pasaron unos cuantos siglos, pero no muy lejos se encuentra la obra de devastación de los Asirios; los ninivitas arrasaron con el Reino de Israel.

Famosos por su crueldad, por su espantosa arrogancia, por su falta absoluta de misericordia, los ninivitas eran algo así como la encarnación del mal, a ojos de los judíos. Y ahora resulta que un hombre llamado Jonás, es llamado por Dios para predicar en Nínive, te repito, ciudad pagana, idólatra y cruel; pero, para sorpresa de todos los que nos acercamos al Libro de Jonás, los ninivitas escucharon la voz del profeta, se arrepintieron de sus pecados, hicieron penitencia, pusieron su confianza en Dios; el resultado fue que preservaron a su ciudad (cf. Jo 3, 1-10). Efectivamente, la Biblia nos dice que el pecado siempre tiene consecuencias, y eso vale para los ninivitas. Una civilización que le da la espalda a Dios, es una civilización que está preparándose para el desastre; una civilización que le da la espalda a Dios, está preparando la hora de su caída; esto ha sucedido una, y otra, y otra vez en la historia. No tenía que ser distinto el caso de Nínive, pero fue distinto porque los ninivitas se arrepintieron de sus malas obras.

Quiero destacar por tercera vez, “¿Qué era Nínive?” Era la capital del paganismo, de la corrupción idolátrica y de la crueldad sin límites. Esa ciudad, en esas condiciones, recibió la voz de Dios y se arrepintió. Ahí hay una advertencia y una invitación para nosotros: la invitación es clara, lo dirá con otro lenguaje, por ejemplo el profeta Isaías: “Aunque tus pecados sean escandalosos como el rojo escarlata, Dios puede blanquear tu corazón y hacerlo refulgente y puro como la nieve” (Is 1, 18), eso por una parte; pero, por otra parte, la advertencia: ¡Cuidado!, cuidado con despreciar al que creemos que está alejadísimo de Dios, porque aún estos paganos, idólatras y crueles, parece que respondieron mejor de lo que muchas veces respondió el pueblo de Judá. De eso nos habla, precisamente, el Evangelio; el Evangelio nos dice cómo Cristo a los de su tiempo les recrimina: esta generación no respondió, los ninivitas sí respondieron (cf. Lc 11, 29-32).

Aprendamos la lección: hay mucho de que convertirse, hay esperanza para nosotros, y no debemos desconfiar del poder de la Gracia, aún en los casos más complejos, los que podríamos considerar casos perdidos.