K011001a
Fecha: 19970217
Título: La santidad de nosotros es el resultado de ser habitados por la santidad de Dios
Original en audio: 3 min. 16 seg.
Dice el refrán que las cosas se parecen a su dueño. El libro Levítico dice: "Pedí santos porque yo, el Señor, os elegí para que fuerais míos" Levítico 20,26.
Nos eligió para que fuésemos suyos, somos heredad suya, posesión suya. Y Él hace sus cosas y transforma sus cosas hasta hacerlas semejantes a Él.
Si alguien habita en un cuarto, no en la noche sino por algún tiempo, poco a poco empieza a decorarlo a su gusto y dice: "Voy a quitar este cuadro, voy a correr este mueble, pondré aquí una silla, quitaré aquí este tapete"; y va retratando en ese lugar donde habita su manera de ser, su estilo.
Cuando Dios se viene a vivir al corazón de una persona pero no por una noche, sino por un tiempo, Dios empieza también a organizarlo, a decorarlo según la nueva manera de ser, y empieza a quitar cosas y a poner otras, y traslada algunas, y hace algún aseo, y le cambie de color; abre una ventana, pone una cortina, una nueva luz, un nuevo aire.
La santidad de nosotros es el resultado de ser habitados por la santidad de Dios. Cuando Él nos habita nos hace semejantes a Él y nosotros vamos tomando el estilo de Él.
Empezamos a hablar más a su manera que a la que nosotros creíamos nuestra, porque hasta ahora hemos llamado nuestro lo que es quizás, desde todo punto, de capricho, fruto de la moda, fruto de lo que se acostumbra o simple fruto de oponernos a otras personas, por no darle el gusto a ellas.
Dios, en cambio, hace que nosotros alcancemos nuestra verdadera belleza, nuestro verdadero ser; y cuando el corazón va siendo transformado por ese Huésped Divino, que es el Espíritu Santo, entonces resulta semejante a Dios, y ese es un santo, y como ese santo tiene el corazón de Dios, obra con las otras personas como obraría Dios con ellas, y eso es lo que nos ha contado el Evangelio.
Vamos a darle permiso en esta Eucaristía, vamos a darle permiso a Dios de que cambie la decoración, de que organice, pinte, limpie y cambie, y que nos haga semejantes Él.
Para eso lo único que se necesita es que Él esté algo más que una noche, algo más que un día; hay que dejarlo vivir días y días. Ninguna casa se decora en un instante, ninguna vida cambia así, simplemente, en un momento.
Dejemos que pasen unos días con Dios adentro, y veremos lo que es la luz y veremos lo que es amor.