I314002a
Fecha: 19991104
Título: La alegria esta en la oveja que se ha recobrado
Original en audio: [11 min. 21 seg.]
Hay un pecado que queda denunciado en las dos lecturas de hoy: el juzgar a los demás.
Nos ha dicho San Pablo: "¿Tú por qué juzgas a tu hermano? ¿Por qué desprecias a tu hermano?" Carta a los Romanos 14,10.
Parece que San Pablo, como fariseo que había sido por su origen, conocía bien lo que habían hecho aquellos fariseos que rodeaban a Cristo y que tenían siempre en la boca una opinión sobre los demás.
No deteniéndose ni ante el Hijo de Dios, al que no podían reconocer oscurecidos como estaban. Emiten juicios como este que aparece en el texto de hoy: "Este acoge a los pecadores y come con ellos" San Lucas 15,2.
Pero estos ataques de los fariseos, esta desconfianza, este juicio de los fariseos nos sirve a nosotros, nos trae un bien, o mejor dicho, dos bienes. Primero, porque sirvió para que ese pecado fuera denunciado y ese es un bien. Y segundo, porque sirvió de ocasión para que Cristo mostrara cuál es la verdadera alegría en el cielo. Para que Cristo nos revelara mejor hasta dónde llega la misericordia del Padre.
En esto hay un parecido entre las acusaciones de los fariseos y las Llagas de Cristo. En realidad las acusaciones de los fariseos ya eran llagas en su fama. Pero esas heridas causadas en su fama sirvieron para que Cristo mostrara cuál es la verdadera alegría del cielo y cuál es la verdadera misericordia del Padre.
Lo mismo fue lo que aconteció -aunque de modo más dramático- al final de la vida de Cristo. También ahí fue herido, golpeado, su carne fue abierta. Ya no su fama sino su carne, fue abierta. Pero de esa carne abierta brota la sangre de la misericordia.
Así podemos decir que el texto de hoy no se limita a denunciar un pecado fastidioso, el pecado de murmurar o juzgar a los demás. Más que quedarnos en la victoria sobre ese pecado lo que cabe destacar aquí es lo que Cristo nos revela.
Así como nosotros en el Cristo Crucificado no debemos detenernos en que la carne ha sido abierta, sino mirar esa Sangre que saliendo de la carne abierta se convierte en un torrente que lava nuestras culpas, que "blanquea nuestras túnicas" Apocalipsis 7,14, como dice el Apocalipsis; y que "alegra la ciudad de Dios", como dice un salmo: "Alegra la ciudad de Dios" Salmo 46,4.
Y así, esta denuncia que en sí misma es sombría y fastidiosa –la denuncia del pecado y murmuración- queda transformada. Nuestra atención no tiene que quedarse en eso. Al fin y al cabo, creo que este pecado lo hemos cometido todos. ¿Quién de nosotros puede decir que nunca ha murmurado de otras personas? ¿Que nunca ha juzgado a otras personas? ¿Que nunca ha censurado en su interior o condenado a otros?
Yo pienso que, dolorosamente, es una falta que hemos cometido muchas veces todos nosotros. Pero el evangelio felizmente nos lleva hacia la sangre que brotó de la herida, hacia la misericordia que nació de este golpe, de esta llaga en la fama de Jesucristo.
Y lo que aparece es lo que Cristo nos ha mostrado en estas parábolas. Un lenguaje sencillo como es el de Nuestro Señor para mostrar algo profundo, la alegría, la verdadera alegría del cielo.
La alegría no está en las ovejas que no se han perdido. La alegría está en la oveja que se ha recobrado. Una es la oveja perdida, pero cuando esa oveja perdida es recobrada, es la oveja de la alegría. Es oveja como todas las demás, pero es la oveja de la alegría.
De las diez monedas que tenía aquella mujer -como moneda sigue valiendo lo mismo que las otras monedas, su naturaleza no ha cambiado- pero ahora es la moneda de la alegría. Esta fue la moneda de la fiesta, esta fue la moneda de la felicidad y del gozo. Esta fue la oveja de la alegría, esta fue la oveja del día de fiesta, del día de gozo.
Esa es la alegría de Dios. Él ya lo había dicho por el Profeta Ezequiel: “Yo no me gozo en la muerte del pecador, sino en que se convierta y viva" Ezequiel 33,11.
Nosotros hemos dicho en la respuesta del salmo: "Espero gozar del Señor en el país de la vida" Salmo 26,13. Es como si Dios nos dijera con estas lecturas: "Pues entonces conviértete; dame la alegría de tu conversión; dame la alegría de verte completamente vuelto hacia la vida; dame la alegría, dame el gozo y dale a mis Ángeles el gozo de ver que tú te vuelves completamente hacia mí. Si esperas gozar de mí en el país de la vida, pues dame el gozo y dale a mis Ángeles el gozo de volverte hacia mí".
Pero no sólo vamos a pensar en nosotros. Nuestras plegarias por la conversión del mundo, nuestras palabras, esfuerzos misioneros, testimonios, ejemplos, intercesiones, ayunos; todo lo que nosotros hacemos para que pueda haber conversión en el mundo, todo eso está precisamente en esta línea del gozo de Dios.
Claro, lo primero es nuestra conversión, volvernos hacia Él, dejarnos encontrar por Él. Esa oveja perdida puede dar algunos balidos, aunque sean cansados, para que el pastor la encuentre más rápidamente.
Esta bien, primero nuestra conversión, pero luego démosle a Dios el gozo de atraer otros hacia Él. Con nuestras oraciones, con nuestra intercesión, con las penitencias que Dios nos conceda realizar, con el testimonio, con las palabras, atraerle corazones.
Que muchos se vuelvan hacia Él, que puedan contemplar Su Rostro, que puedan gozarse en Él, que puedan convertirse y tener vida. Y que haya fiesta en el cielo. Esta es la invitación que nos hace la Palabra de Dios en este día.
No nos limitemos al aspecto negativo: evitar el pecado, evitar el juicio. Más bien pensemos, que a través de estas obras, de estos llamados a la conversión, estamos haciendo lo que tenemos que hacer con los hermanos que vemos heridos o caídos.
Quiero terminar esta reflexión con unas palabras, con unos pensamientos que me inspiraba Dios alguna vez.
Yo me ponía a pensar: "Bueno, pero ante ciertos pecados evidentes de las personas ¿cómo no va a juzgar uno?". Si uno ve, por ejemplo, que una persona está llena de ingratitud, o que está llena de vulgaridad, o de soberbia, o de mentira, o de violencia. ¿Cómo va uno a negar que esté pasando eso? La lectura de hoy termina por darnos la respuesta.
Sí, tú tienes razón. Tú tienes que reconocer ese pecado. Pero hay dos maneras de ver ese pecado de las personas: uno es: para que se pierdan, para hundirlas; y otro es: para que tú entiendas que si Dios te muestra la herida de tu hermano, está obrando contigo como el médico con un enfermero o una enfermera y te está diciendo: "Ayúdame a curar, ayúdame a sanar".
Claro que el enfermero, la enfermera tiene que darse cuenta del tamaño de la herida que tiene el pobre paciente, tiene que saberlo. Pero lo sabe para curarlo, no lo sabe para hundirlo, para anularlo, para condenarlo.
O sea que Dios no nos quiere ni faltos de juicio ni faltos de criterio como si todo diera lo mismo; como si diera lo mismo el bien o el mal. El que se esfuerza por ser honrado y el que se esfuerza por dañar a otros, esas vidas no pueden ser iguales.
El problema no está en si uno se da cuenta o no del mal, el problema esta es en qué hace uno con esa información. Si uno utiliza esa información para despreciar, para anular, para condenar, para hundir; o si uno utiliza esa información para interceder, para predicar, para buscarle caminos al amor.
O sea que finalmente la disyuntiva es si le estás buscando caminos al amor o le estás buscando caminos a la muerte. Si estás buscando la manera de que esa persona muera, o estás buscando la manera de que esa persona se convierta y viva. Con este criterio, podemos sentir una gran paz.
La próxima vez que sintamos algo reprobable en otras personas no tenemos que enredarnos con nosotros mismos: "Ya juzgué, ya pequé", no; lo primero que tenemos que pensar es: "¡Gloria a Dios! ¡Bendito seas!"
Es tanta la confianza que me tienes Señor, es tanto el amor que me tienes, que tu has querido tratarme con confianza para mostrarme la herida de este paciente tuyo, pues con tu ayuda yo quiero colaborarte, yo quiero servirte, para que esta persona de su paso, se convierta y viva. Así nos lo conceda Dios. Amén