I313001a
Fecha: 19971105
Título: Hay que aprender a comulgar con la Hostia consagrada, con la Palabra y con el hermano
Original en audio: [7 min. 07 seg.]
Hay personas que quieren tener un mensaje para todo el mundo, y por consiguiente, lo venden barato para que se venda bastante. Por ejemplo, si se quiere conseguir una bebida que le guste a todas las personas, pues hay que conseguir algo semejante a una cocacola o a una pepsi; si quiere algo para mucha gente hay que hacer algo que le guste a mucha gente, esa es la lógica del mercado.
Otras personas, en cambio, dicen: "A mí no me interesa tanto llegar a muchas personas, sino me interesa verdaderamente tener discípulos radicales, discípulos incondicionales". Esto es lo que sucede, por ejemplo, en el esoterismo, en las distintas clases de esoterismo.
Ni usted ni yo podemos entrar así como estamos a una celebración, a una liturgia, a un rito, o como se llame, de los masones; usted no puede entrar así no más, eso está reservado para aquellas personas que tienen una preparación, que tienen una iniciación.
Yo creo que una comparación gráfica puede servir para lo que trato de comunicarles, hermanos. Hay personas que quieren llegar a muchos y son como agua derramada: ocupa mucho espacio y tiene poquitica profundidad; venden barato. Hay otras personas que son como un pozo: quieren llegar a un grupo selecto de personas y con ellas profundizar.
Si nosotros miramos el evangelio, descubrimos que Cristo quiere llegarle a muchas personas, quiere comunicar la Buena Noticia a muchas personas, pero al mismo tiempo quiere que su palabra sea profunda y radical en todas las personas.
Los que siguen el modelo cocacola, tienen que abaratar, que endulzar el producto para que le guste a mucha gente. Cristo no endulza su producto, y eso es lo que encontramos en el evangelio que acabamos de escuchar. No es un evangelio amable, son palabras antipáticas, casi diríamos, deliberadamente fastidiosas; son palabras que intentan casi alejar a las personas.
¿Pero qué contradicción es esta? Porque resulta que Cristo es el que va detrás de la oveja perdida, pero cuando le llega mucha gente, la despide, ¿al fin qué? ¿Quiere tener mucha gente o poca gente? Porque si quería tener tan poquita gente, ¿entonces por qué sale a recorrer pueblos y pueblos? ¿Y por qué los busca con afán? Y si quiere tener mucha gente, ¿entonces por qué, cuando están cerca, les pone estas condiciones para que se alejen?
¿Al fin qué? Si quería poquitos, ¿por qué busca? Y si quería muchos, ¿por qué los echa? Pues ahí está el punto, que Jesucristo no es una cocacola para que le caiga bien a todo el mundo; y en ese sentido Jesús no vende barato su mensaje, Jesús quiere llegar hasta la profundidad del corazón humano; pero por otra parte, quiere llegar en profundidad a todos los corazones.
Se puede recordar esta predicación en el futuro mirando a la cruz. En su dimensión horizontal, Jesús quiere abrazar a toda la humanidad; pero en su dimensión vertical, Jesús quiere llegar hasta lo último del corazón humano y hasta lo alto de los cielos.
La pretensión de Jesucristo no es el populismo de la cocacola, por utilizar esa expresión; Cristo no es un populista que intente caer bien como sea a algunas personas, pero tampoco es el misterio del esoterismo que consiste en cerrarse en "nosotros los que sí comprendemos las cosas; y aquí este mensaje para nosotros, y el resto del mundo que se pudra".
Jesús no está en eso; quiere llegar a lo profundo y formar a cada discípulo como si fuera el único discípulo del universo, pero quiere llegar a todo el universo como insaciable, no importa cuantos se conviertan.
Estas dimensiones profundas de Jesucristo las encontramos en la Eucaristía y hemos de vivirlas en la Eucaristía; me explico: a veces hay personas que viven la Eucaristía como un encuentro personalísimo con Dios; de pronto se quedan sólo en la dimensión vertical: "Lo profundo de mi ser se une con lo profundo de Dios", eso está muy bien.
Otras personas, en cambio, quieren enfatizar más la Eucaristía en la dimensión de encuentro de hermanos, de encuentro de Iglesia, de encuentro fraternal; es el momento en que nos encontramos y partimos un mismo Pan.
Y así nos encontramos por un lado, personas superpiadosas, superdevotas, superrecogidas. ¿Cómo debe ser el cristiano? Pues si Cristo es como hemos dicho, el cristiano tiene que ser como estamos diciendo, es decir, con toda la piedad y el fervor, con toda la devoción del místico y con todo el compromiso y con toda la solidaridad del apóstol y del más fraterno de los hombres.
Porque hay que aprender a comulgar no sólo con la Hostia consagrada, hay que aprender a comulgar con la Palabra que escuchamos que es la que nos dice Quién está en la Hostia, y hay que aprender a comulgar en el hermano que está con nosotros, que es el motivo de que Él esté en la Hostia.
Una comunión completa es así: es comunión primero con la Palabra que me dice Quién es el que está en la Hostia; es comunión con el hermano que me dice para qué está Él en la Hostia, es decir, allí donde está Él donándose.
La donación de Cristo no la puedo entender sin la Palabra y no la pueda vivir sin mi hermano. Comulgar plenamente es comulgar con el hermano, descubrir infinitamente al hermano, descubrir infinitamente la Palabra, y descubrirlo infinitamente en la Hostia consagrada.
¡Feliz el que viva esto!