I305003a
Fecha: 20091030
Título: Mirar a Cristo esperando su misericordia
Original en audio: [12 min. 34 seg.]
Encontramos a Jesús en casa de uno de los fariseos invitado a comer,(San Lucas 14, 1) sabemos que comer juntos es una señal de amistad, es una señal de cercanía, por eso Jesús también quiso que a través de ese gesto tan hermoso de la cena, nosotros nos abriéramos al misterio de su amor, así como El abrió su corazón a sus discípulos a sus apóstoles en la ultima cena, y por eso tenemos la Eucaristía, la eucaristía es una cena, un banquete de amigos, pero en la última cena hubo uno que no era amigo de Cristo, uno que estaba cerca de Cristo, pero no para aprender mejor de Cristo sino para atacar certeramente a Cristo.
Que impresionante esto, estar cerca de Cristo para hacerle daño a Cristo, algo parecido es lo que encontramos en el evangelio de hoy, invitan a Cristo para espiarlo, para observar de cerca como es ese comportamiento de Cristo y poder acusarlo, hay una especie de mentira, hay una especie de hipocresía, es tenerlo cerca para buscar donde atacarlo, es tenerlo cerca no para amarlo mejor, no para obedecerlo mejor no para escucharlo mejor sino para atacarlo.
Lo interesante del verbo espiar es que implica una mirada, mirar a Cristo; pero mirar a Cristo buscando la saya, el error, la incoherencia, la posible acusación, entonces hay algo que podemos aprender de la última cena y de esta cena que aparece en el pasaje del evangelio de hoy.
Hay maneras de mirar a Cristo, no toda mirada produce, engendra salvación en nosotros, hay miradas que son arrogantes y con desprecio, así por ejemplo tenemos un gran santo en la Iglesia Católica, San Agustín, el fue obispo de una antigua ciudad al norte de África llamada Hipona, por eso lo llamamos San Agustín de Hipona, San Agustín miró dos veces a la Biblia, ¿Qué quiero decir con esto? Que el antes de su conversión el tenía una mirada hacia la Biblia y después de su conversión tuvo otra mirada hacia la Biblia y es interesante hacer la comparación entre las dos miradas.
Antes de su conversión el miró a la Biblia desde el desprecio, desde la autosuficiencia, el era un hombre supremamente inteligente y muy bien preparado, tenía lo mejor de los estudios que el Imperio Romano podía ofrecer a finales del siglo V, ese era San Agustín; pero en esa época no era ningún santo, ni siquiera se había bautizado cuando el conoció a la Biblia, entonces hizo una comparación entre la Biblia y otros libros que el conocía, su autor favorito era un romano llamado Cicerón y entonces san Agustín decía que Cicerón estaba mejor que la Biblia, los escritos de Cicerón eran mejores que la Biblia, porque la mirada de Agustín era una mirada cargada de arrogancia.
Entonces el buscaba en la Biblia los errores las incoherencias, lo que está mal escrito lo que suena muy fuerte a los oídos, por ejemplo cuando se describen los pecados de los patriarcas en el Antiguo Testamento, Agustín miraba a la Biblia pero la miraba desde un corazón arrogante, autosuficiente, un corazón que se pretende apoyar en si mismo y que busca un error en los planes de Dios, esa mirada no encontraba nada, pronto Agustín tuvo que dejar de lado esa Biblia sintió que no le aportaba nada la Biblia, era un libro cerrado, inútil para el, porque los ojos de el no encontraban nada ahí, su mirada era turbia porque su corazón era sucio.
Pero Agustín tuvo un proceso de conversión, un proceso maravilloso, ese proceso lo llevó ante todo al conocimiento de sí mismo. Agustín se encontró con su propia miseria se dio cuenta que el mismo era un gran incoherente, porque con su mente, con su espíritu buscaba la pureza de la verdad, pero con sus obras, especialmente con las obras de la carne, despreciaba lo que la misma razón le proponía.
Dividido, avergonzado, confundido se fue sumergiendo en una tristeza profunda, una sensación de frustración existencial la podemos llamar, en esa condición tuvo una experiencia espiritual muy hermosa que Dios le regaló, no sabemos exactamente como fue, el hecho es que el cuenta que entró en una crisis como en un llanto profundo de dolor, porque no se entendía a sí mismo, porque sentía que era esclavo de sus propias pasiones y en medio de esa crisis oyó una voz, como la voz de un niñito, como la voz de un angelito que le decía: "toma lee" en latín eso se dice "tolle lege" y el niño parecía indicarle la Biblia, la misma Biblia que Agustín había despreciado, la misma Biblia de la que Agustín había dicho, mejor está Cicerón.
Y entonces Agustín volvió a abrir esa Biblia; pero esta vez tenía unos ojos nuevos, porque eran unos ojos bañados en lágrimas de arrepentimiento, la mirada le había cambiado porque el corazón se le había reventado de dolor por sus pecados, el corazón nuevo trae una mirada nueva, entonces el abrió la Biblia y se encontró con la Carta a los Romanos, me parece que fue en el capitulo XII donde San Pablo habla de cómo hay que dejar atrás toda la vida de pecado y como la vida nueva en Cristo está mas allá de la cadena de las pasiones, era como una respuesta que Agustín necesitaba en ese momento.
Entonces ya tuvo una mirada nueva, ya empezó a encontrar en la Biblia, en la palabra de Dios, empezó a encontrar una luz para su propia vida, se bautizó, recibió el bautismo, años después recibió la ordenación sacerdotal, años después recibió la ordenación episcopal y como obispo se convirtió en uno de los mejores predicadores de todos los tiempos, sacando sin cesar tesoros y mas tesoros de esa Biblia que el había despreciado en algunos momentos de su vida ¿Cómo fue ese milagro? Pues los ojos le cambiaron, su mirada le cambió y empezó a descubrir la maravilla que Dios había puesto ante sus ojos.
¿Ahora que podemos aprender nosotros de este evangelio y de la historia de Agustín? Pues en este evangelio vemos que había gente que estaba mirando a Jesús, pero lo miraban para espiarlo, lo miraban para verlo donde atacarlo, lo miraban desde la arrogancia y desde la suficiencia de aquellos que creen que ya tienen la solución a sus problemas y a su vida, los fariseos creían que ya tenían la solución agarrada con las manos, porque ellos creían que a través de la pura fuerza de la voluntad humana, esforzándose para cumplir la ley divina, era como iba a llegar el reino de Dios, ese plan no podía funcionar, pero ellos creían que si, y se sentían tan seguros en su idea, que las ideas, la luz que podía traer Cristo no les interesaba.
Yo hago una pregunta ¿Y nosotros como miramos a Cristo? Lo miramos según dice el Salmo “como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, (Salmo 123 (122), 2) ¿Así están nuestros ojos en el Señor esperando en su misericordia? ¿Es esa la mirada que tenemos? Benditos nosotros, bienaventurados si esa es nuestra mirada, si nuestra mirada es como dice este salmo “con los ojos puestos en las manos del Señor” esperando su amorosa misericordia, bienaventurados nosotros porque de esa misericordia vendrá nuestras vidas.
Pero en cambio, si nuestra mirada es como la de los fariseos de hoy, si nuestra mirada es desde la arrogancia del que se siente seguro porque tiene mucha plata, porque tiene salud y juventud, porque tiene muchos amigos y la pasa bueno, si nuestra mirada es desde el apoyo en nosotros mismos, si acaso estamos cometiendo ese error, en Cristo no miraremos nada, no encontraremos nada, lo único que veremos en la cruz es a un hombre fracasado, una vida tronchada, en la cruz no vamos a encontrar nada si nuestra mirada está plagada de orgullo y de autosuficiencia.
Pidamos al Señor que nuestros ojos sean lavados, seguramente con lagrimas de arrepentimiento como en el caso de Agustín, pidamos que nuestro corazón sea renovado, seguramente de acuerdo con aquello de lo que nos dice el Salmo “un corazón quebrantado y humillado tu no lo desprecias” (Salmo 51, 19) que nuestro corazón se quebrante, que nuestros ojos se laven en lágrimas de arrepentimiento y que nosotros podamos decir con el Salmo "nuestros ojos están puestos en el Señor esperando su misericordia" (Salmo 123, 2), esa misericordia vendrá con abundancia a nuestras vidas y seremos renovados con el poder del Altísimo, porque para eso envió Dios a su hijo al mundo, no para condenarlo sino para salvarlo.