I295001a
Fecha: 19971024
Título: Jesus nos invita a ver los signos de los tiempos
Original en audio: [25 min. 41 seg.]
Queridos Hermanos:
El Señor Jesús habla con misericordia, pero también con claridad; el Señor Jesús habla con bondad, pero también con todo el esplendor de su justicia; y por esta razón, así como le escuchamos palabras de profunda ternura, así también, hay veces, como en el evangelio de hoy, en el que le escuchamos palabras que suenan muy duro en nuestros oídos.
Y de pronto hasta llega uno a preguntarse si es el mismo el que a veces nos manifiesta tanta dulzura y el que a veces se muestra tan cortante, diríamos, como lo acabamos de escuchar en este evangelio.
Personalmente, solicité a los organizadores de este evento, de esta predicación de este día de maravillas del Señor, solicité que dejáramos esta lectura, que es la lectura del evangelio del día de hoy, y si algunos de ustedes estuvieron ya hoy en la Santa Misa, allá en sus parroquias o Iglesias, habrán escuchado este mismo evangelio.
Nos dice el Señor que tenemos que aprender a reconocer los signos de los tiempos, tenemos que aprender a leer lo que Dios va escribiendo en cada día, y esta ya es una primera enseñanza para nosotros. Cuando una persona queda atada a un resentimiento, por ejemplo, se queda leyendo en periódico de hace diez años, o de hace quince, o de hace veinte años.
Hace quince años alguien me insultó espantosamente y me humilló y eso quedó grabado en las noticias que yo recibí ese día, podríamos decir que cada uno de nosotros tiene como su noticiero individual o particular, y en las noticias de mi vida hace veinte años apareció algo espantoso, con letras horrorosas: “Me humillaron”, eso apareció en mi periódico, en mi vida hace veinte años.
Pero yo le hago una pregunta a usted. Supongamos que alguno de ustedes viene a esta reunión, viene con un periódico, y le digo yo: “-Veo que has traído la prensa, ¿de cuándo es ese periódico?” Y me dice: "-Este periódico es del 14 de junio de 1982", un periódico amarillo y viejo, catorce de junio de 1982.
"-¿Qué haces tú con ese periódico, hombre? "-Pues es que está aquí una noticia". "-Oiga, pues tiene que ser una noticia demasiado importante para que usted la siga leyendo quince años después". "-Es que es una noticia que yo leo todos los días". "-¿Y qué dice tu noticia?" "-Aquí dice que mi vecino me insultó, y yo leo esa noticia todos los días".
¿Será posible que un corazón así tenga paz? ¿Será posible que una persona así alabe, bendiga, tenga salud? ¿Usted y yo no nos reiríamos de una persona que cargara un periódico viejo, amarillo, acabado y lo leyera todos los días? Nos reiríamos de esas personas, desde luego que sí.
Pues esas personas somos nosotros cuando quedamos apegados, amarrados a un momento de nuestra vida. Por terrible que sea ese momento, yo quiero declarar hoy, que ningún momento de mi vida tiene autoridad sobre toda mi vida; no hay ningún día, ningún día tiene poder sobre toda mi vida.
Sólo tiene poder el día de Jesucristo, el día en el que Cristo obró en mi vida, porque Él es el único que es el mismo ayer, hoy y siempre, Él es la noticia permanente, y por eso la noticia de Cristo no envejece, el periódico de Cristo no se vuelve amarillo, el periódico que Cristo no pierde actualidad, la fantástica noticia del amor está siempre ahí, y a esa noticia, que es el Evangelio, a esa noticia tenemos que apegarnos.
Pero a las otras noticias, ¿vamos a seguir amarrados? Cristo nos dice: "Hay que aprender a leer los signos de los tiempos", y los signos de los tiempos van con los tiempos.
De manera que la primera enseñanza que quiero compartir con ustedes, hermanos, es: ¿Estás leyendo tu vida hoy o sigues leyendo la vida de hace diez años, de hace o veinte años?
Un profesor o una profesora hace muchos años te dijo que tú eras un torpe, y tú te quedaste con la palabrita: “Soy un torpe”, “soy una torpe”; un día tu esposo o tu esposa te dijo: “Yo no he sido muy feliz contigo”, y tú te quedaste con esa palabra.
¿No te das cuenta de que el tiempo cambia? ¿No te das cuenta de que la vida cambia? ¿Qué tal que leyeras los signos de hoy?: Ya puedes soltar el periódico viejo, suéltalo, suéltalo; ya puedes soltar la amargura antigua, hay señales nuevas. Esta es nuestra primera enseñanza.
Segunda enseñanza, queridos amigos, segunda enseñanza: Jesús nos invita a leer los signos de los tiempos. Yo quiero decir a ustedes con todo amor, que ustedes aquí reunidos, que sus rostros felices, que sus manos levantadas, que sus sonrisas son una señal maravillosa para mí.
Porque yo vengo de una extraña ciudad, no sé si usted la conoce, le llaman Santafe de Bogotá; yo vengo de una extraña ciudad, donde la gente nunca sonríe; yo vengo de un pueblo rarísimo, donde la gente jamás se saluda; yo vengo de un lugar horrendo, donde todos desconfían de todos.
Y de pronto llego a este lugar, y miro rostros que sonríen; llego a este lugar, y miro gente que se abraza, llego a este sitio, y oigo cantos, y no son cantos para ofender a Dios, sino para darle gloria a Dios, y cantos para despertar la esperanza, y el amor, y la fe.
¿Ustedes de qué ciudad vienen? Ustedes no parece que vinieran de mi ciudad, ustedes parece que vinieran tal vez de los cielos, ¿de dónde son ustedes? ¿De dónde vienen ustedes? ¿Ustedes viven en el mismo pueblo mío? Porque el pueblo donde yo vivo la gente no se saluda, la gente esconde la cara, la gente tiene miedo de la gente.
Pero aquí yo siento que no hay miedo, yo siento que aquí ha llegado la paz; yo siento que aquí un abrazo ha sido posible y el amor ha llegado a nuestras vidas, entonces yo pregunto: ¿no es esta una señal, también, que nos da el Señor? ¿No es esta una señal?
En algún momento, se nos pedía que saludáramos o que abrazáramos a las personas que teníamos cerca, ¿no es esa una señal? ¿Acaso eso sólo se puede hacer en un coliseo? Y bendecir a Dios, hermoso hacerlo aquí en el coliseo, ¿y en tu casa no hay un lugar donde puedas levantar las manos?
Ah, ya comprendo, no hay, tal vez el techo es muy bajito, no puedes levantar las manos, no te alcanzan las manos para levantarlas y para darle la gloria a Dios; ¿no hay un lugar donde puedas cantar? Ya comprendo, tal vez en el sitio en el que estás toda la gente es supremamente nerviosa y sólo puede vivir en silencio.
Hermanos, nosotros aquí reunidos, reunidos en el nombre de Cristo, reunidos con el poder de Cristo somos una señal de que el mundo, de que Bogotá, de que Colombia no tiene que ser esa porquería de la que a veces renegamos.
El mundo no tiene que ser lo que está siendo hasta ahora, el mundo puede cambiar; hay una fuerza que a veces no comprendemos y que a veces no queremos ver, hay una fuerza maravillosa de amor que atraviesa los corazones, que se mete en las manos, que se vuelve melodía en una guitarra, que se vuelve aplauso en una alabanza.
Hay una fuerza maravillosa, hay un torrente de gracia que está también en tu vida, que está también en tu familia, y que desde allí quiere renovar el mundo, y por eso te pido, en el nombre de Jesucristo, que no cierres tus ojos, no cierres tus manos, no cierres tu boca a esa corriente de amor que se llama el Espíritu de Jesucristo.
Porque ese fuego no te va a dejar, porque el amor quiere habitar en nuestra tierra y por eso Cristo vino a este mundo, ese fuego no te va a abandonar, tu puedes permanecer en Él, tu puedes vivir en El, habita en el fuego del amor de Dios.
Cuando miramos, cuando escuchamos a predicadores como los que hemos tenido hoy aquí, decimos: “Qué vida tan extraordinaria la de todos estos misioneros de Jesús, qué vida tan fantástica; oye, y qué simpática los de "Sánate Tú", cómo les luce la camisetita aquella".
Sí, sí, así es, les luce, ¿y tú crees que ellos siempre fueron así? ¿Tú crees que Omar Conteras, Neil Vélez, fueron siempre como los ves hoy? ¿Tú crees eso?
Bueno, hay una serie de incrédulos, por lo visto, desde luego que no eran así, ni yo era tampoco así, ¿tú crees que yo nací en un coliseo? No, claro que no, desde luego que no. Lo que quiero decirte es que la señal de amor que Dios ha impreso en tu corazón puede volverte también a ti un mensajero maravilloso de Dios.
Hemos vibrado con las canciones, hemos sentido el poder de la oración, hemos oído lo que significa predicar, lo hemos oído y lo hemos visto. Esas personas, cada una de ellas, es un testimonio de que Dios puede también transformar tu vida.
Quién sabe qué compositor anda por ahí, a mí me contaron hoy que estaba entre nosotros precisamente el compositor de una de las canciones que más me a llegado a mi al alma: “Tan cerca de mí”.
Yo que he llorado con esa canción, con la canción que el Señor te regaló, que le he dado bendición y honor a Dios con esa canción, ¿pero tú crees que él fue así todo el tiempo? Yo creo que no, parece que no.
En estas tribunas hay compositores, en estas tribunas hay predicadores, en estas tribunas hay dones de milagros y de sanación, en estas tribunas, en esta platea hay dones de virginidad, de profecía, de martirio, el Espíritu vuela, hace maravillas, las sigue haciendo, son señales de los tiempos. Esa era la segunda parte de nuestra enseñanza.
Paso a la tercera y última parte de la enseñanza. Resulta que nuestros queridos misioneros de Jesús tienen un estilo que, en las tierras de mis papás, se llama “guapachoso”, son gente “guapachosa”, son gente que tiene sabor, estilo, ¿o no? ¿Sí tienen estilo? Claro que sí.
Y resulta, -bueno, yo no sé si esta parte les va a gustar del todo a los misioneros de Jesús, por la comparación que voy a hacer-. Resulta que a algunas personas el estilo “salsómano” y “guapachoso” no les gusta demasiado, ¿en que sentido? En que dicen: “Hombre, guardemos las proporciones, esa música como para una rumba, pero para alabar o bendecir o glorificar a Dios, no, tal vez otro estilo de música".
Y algunas personas, yo lo digo con sinceridad, miran incluso con desdén, con una cierta suficiencia, como diciendo: "Esta gente pretende convertir el mundo con una especie de salsa", es posible que alguien piense así.
¿Sabe lo que yo pensaba ante estos comentarios? Yo me acordé de un pasaje del Evangelio: había un hombre que era mudo y que era sordo, o para decirlo en orden, como no podía oír se había vuelto mudo o tartamudo, y eso vale también para Dios: el que no sabe oír la Palabra, no sabe predicar la Palabra.
El hecho es que este señor era sordo y era mudo, y le piden a Jesús que lo sane, recordamos seguramente el pasaje.
Jesús se lo llevó aparte, ¿y qué hizo? La cultura occidental, a la que todos nosotros pertenecemos, suele ser muy asquienta, pero el evangelio es muy claro: "Jesús untó con saliva sus dedos y tocó la lengua del mudo" San Marcos 7,33, y con los dedos ensalivados, luego le metió los dedos en los oídos al sordo, con saliva, ¿pero cómo se le ocurre a Cristo hacer un milagro con saliva, por favor?
Ha debido decirle: “Tú, sanado”, ha podido hacerlo así. Allá está, vamos hacer de cuenta que este amigo es el sordo y mudo, ha podido mirarlo así de lejitos y decirle: “Sánate”, y el hombre queda sano.
Pero Jesús se le acerca, lo abraza, se mete las manos en la boca, saca saliva, le toca así la lengua, ¿Cierto que uno siente una cosa así como rara? ¡Uuy, Pero cómo puede hacer ese milagro!" Yo creo que si una persona le fuera a tocar los oídos a usted, usted diría: "No, no, no, un momento, ¿qué le pasa?"
Nosotros somos muy asquientos. ¿Sabe una cosa? Jesús parece que no era muy asquiento, porque el evangelio de Marcos nos cuenta cómo también se le acercó un leproso y resulta que, ¿qué hizo Jesús?
Ahora vamos a suponer que el leproso es, por ejemplo, aquel señor que está allá sentado, Jesús hubiera podido decir: "¡No, espérese, espérese, no hay necesidad de que se precipite, hombre!, para eso hay días de atención al público, no corra, siéntese y quédese ahí, cierre los ojos; sanó, puede irse".
Pero Jesús no hizo eso, Jesús se acercó al leproso, tocó la lepra del leproso,¿se imagina? Tocó la lepra del leproso, abrazó al leproso,sanó al leproso.
¿Qué nos está enseñando eso del sordomudo y del leproso? Que el sordomudo no sólo estaba enfermo de su sordera y de su mudez, y que el leproso no sólo estaba enfermo de su lepra; el que era leproso en la sociedad judía era aislado, "tú allá, yo acá", era aislado, "lejos de mi, si tú me tocas, me ensucias".
Y ahora pregunto yo: ¿a ese ser humano, porque no es un organismo simplemente, es un ser humano, qué le dolía más, Las llagas de su lepra o el asilamiento de la gente? Yo creo que las dos cosas, por decir lo menos,las dos cosas le dolían.
Sentirse uno aislado y relegado es terrible. Jesús se acerca, y con sus manos benditas y con su abrazo maravilloso, le dice a esa persona, sin palabras: "Yo estoy contigo", y a mí casi me parece que estas palabras dichas con abrazos fueron las que sanaron al leproso y las que sanaron al sordomudo.
Cuando San Francisco de Asís estaba recién convertido, no se dedicó simplemente a cantar por los bosques: "Señor de los cielos, de las estrellas, de los vientos", ¿sabes a dónde fue San Francisco de Asís cuando se convirtió? A buscar a los leprosos, porque él entendía, "está enfermo, es una imagen viva de Jesucristo", se fue ahí a buscar a los leprosos, a abrazar, a amar a los leprosos.
De manera que yo estoy resuelto, a que si alguien me llega a decir algo en contra de los misioneros de Jesús, yo lo voy a parar y le voy a decir: “Tú desprecias la salsa, ¿cierto? Y te parece que ese estilo “guapachoso” no es digno de Dios, pues resulta que Dios, hasta con el escupitajo, o como cuando hizo barro con la tierra, hasta con la saliva puede hacer milagros, cuanto mas, cuando es nuestro corazón el que se postra ante Él y el que le da la gloria.
Por eso, queridos hermanos, por eso yo veo, en este amor, en esta reunión yo veo los signos de los tiempos. Voy a cometer una infidencia, ¿ustedes conocen a Sildana? Sildana es una dama ilustre, -que anda por ahí escondida-, una dama ilustre de la comunidad "Sánate Tú", esposa de Omar, Sildana.
Sildana me decía, cuando nos encontramos esta tarde, Sildana me decía: “Nos fuimos a buscar a la gente a través de las emisoras del pueblo”, eso fue lo que me dijo, y me dijo: " Y por eso nos fuimos a "88.9" y a "Super Noticias", y nos fuimos a buscar al pueblo".
Yo creo que si Jesús hubiera sido una persona con demasiado estilo, hubiera montado un despacho, hubiera puesto una oficina con una gran secretaria, con un gigantesco computador, se hubiera vestido muy bien y hubiera dicho: "Leprosos, los lunes; ciegos, martes; sordos, miércoles".
Pero Jesús no obro así; y cuando nosotros comprendemos que desde nuestra pequeñez de pueblo que somos, podemos encontrar a Dios, una alegría especial invade el corazón y un gozo que sólo se comprende cuando uno está aquí y cuando uno dice, por ver esto: "Por ver estas conversiones, por escuchar las confesiones que he podido escuchar hoy, por ver a Jesús amando y sanando, que se hagan mil reuniones más".
Queridos hermanos, nos hemos alimentado de la Palabra de Dios. Yo sólo quisiera terminar con aquellas palabras elocuentes del gran obispo de Hipona, San Agustín. Decía San Agustín: "Esto, es lo que el Señor me ha dicho a mí, y me ha enseñado con estas palabras, pero el Espíritu Santo te seguirá hablando a ti".
El evangelio de hoy fue tomado del capítulo 12, versículos 54-59 de San Lucas: San Lucas 12,54-59. Si algo de mis palabras ha sido de provecho, la gloria es para Jesucristo, pero ten presente que la luz del Espíritu está también en ti.