I285001a

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Fecha: 20031017

Título: Dios nos ha amado por gracia

Original en audio: [9 min. 01 seg.]


Hermanos:

Hemos venido recorriendo en esta semana el comienzo de la Carta a los Romanos, un documento que ya lo sabemos muy bien, es singular por muchos aspectos.

En primer lugar, porque es con mucho, la carta más larga del Apóstol San Pablo, y la carta más larga de toda la Biblia: dieciséis capítulos llenos de una densa y fecunda enseñanza, como tal vez no encontraremos en ninguna otra parte.

Pero no es sólo su extensión o su profundidad, es también la repercusión que esta carta ha tenido a lo largo de los siglos. Efectivamente, es bien sabido que Martín Lutero en su búsqueda de un piso firme, podríamos decir, en su búsqueda de un nuevo comienzo para su propio corazón lleno de dudas y para la Iglesia como tal, se apoyó constantemente, profundamente en la Carta a los Romanos.

De modo que si hay un documento fundamental en todo aquello de la Reforma Protestante, es esta Carta a los Romanos. Y dentro de ella, el texto de hoy sí que fue importante en la experiencia de Lutero. Porque lo que hace San Pablo en el comienzo del capítulo cuarto de Romanos, es precisamente mostrar que el hombre, el ser humano es incapaz de salvarse, que lo que nosotros hagamos, que nuestras obras son insuficientes.

¡Y qué mayor autoridad que la de Pablo! ¡Y qué mayor ejemplo que el de Abraham! Ellos son los dos personajes que están resonando en nuestros oídos en estos momentos, después de oír esta Primera Lectura. Abraham es nuestro padre en la fe. Es fundamental la fe, la que justifica a Abraham, la que guía a Abraham, la que ilumina, la que sostiene, la que alimenta a Abraham.

Y las palabras de Pablo no podían ser más claras: "Si Abraham hubiera obtenido la justificación por sus obras, tendría que estar orgulloso, pero no delante de Dios. Abraham le creyó a Dios, y eso le valió la justificación" Carta a los Romanos 4,2-3.

Ese texto que Pablo cita, está precisamente mostrando la grandeza de la fe, pero más allá, está mostrando la grandeza de esa palabra que enamoró a Lutero, y tiene que estar forzosamente en el corazón de todos los cristianos, la palabra gracia.

La salvación es una gracia. No es por lo que yo haya hecho, no son mis obras, yo no tengo que ganarme a pulso, no tengo que comprar a ningún precio la salvación; es Dios mismo quien me salva, es Dios mismo quien me justifica: Él es mi Salvador, Él es mi Señor. Y es mi Salvador, y es mi Señor, porque Él lo ha querido, porque me ha amado sin condiciones.

Fíjate cómo el tema de la gracia inmediatamente nos remite al tema del amor, el amor sin fronteras, el amor incondicional, ese amor que todos necesitamos experimentar alguna vez para sentirnos personas, para sentir que no estamos pagando algo en esta vida. Para sentir que la vida es mucho más que un negocio, necesitamos la experiencia de ser amados gratuitamente, de ser amados por gracia.

Y de aquí podríamos hacer tantos comentarios: Situémos, uno, por ejemplo. En el mundo de la ética, cuando un hijo es traído a este mundo para satisfacer una necesidad afectiva de los papás, ese niño no viene por gracia, ese niño no viene como regalo.

Cuando las parejas de homosexuales dicen: "Queremos adoptar, porque queremos satisfacer una necesidad afectiva", ese niño, o esa niña, desde su primer momento, está pagando algo, está cumpliendo una función, su vida tiene un precio.

Le estamos arrebatando a ese niño, la primera y fundamental experiencia de gracia, que es la de haber venido como un regalo que pende únicamente del designio de Dios.

Y dígase otro tanto de otras situaciones morales complicadas: ¿Qué tal eso del diseño genético? "Quiero tener un niño que tenga ojos castaños, pelo rubio y que mida más de uno con setenta".

Entonces la satisfacción de mi expectativa es lo que va a traer al mundo a ese ser. Luego él viene a cumplir con eso, viene a darme gusto, y por tanto, no viene con una experiencia de gracia.

Y el caso, o los casos más aberrantes, son los de la clonación y aquella historia de las células madre, las "stem cells", esas células embrionarias. Porque se habla tranquilamente de producir seres humanos para utilizarlos como una caja de herramientas, como una caja de repuestos.

De manera que cuando las células de mi cerebro fallen, por un Alzheimer, por un Parkinson, o por otra enfermedad degenerativa, entonces yo podré utilizar las células de ese ser, que fue producido para darle repuestos a mi cuerpo.

Eso es lo absolutamente contrario a la experiencia de la gracia, hermanos. Todo ser humano tiene el derecho inalienable de ser respetado, porque en él acontece algo sagrado. Y ese respeto no es un respeto de la distancia, no es el respeto de "dejarte ser", que puede significar "dejarte ahogar", "dejarte hundir", "dejarte deprimir"; es el respeto que sentimos ante lo sagrado.

En cada ser humano acontece una imagen de Dios, en cada ser humano acontece algo que está más allá de nuestras posibilidades.

Mira cómo la Carta a los Romanos nos da realmente un mapa para ubicar la dignidad del ser humano, y para amar, y respetar, y hacer defender esa dignidad por encima de todo.

Ningún ser humano viene a cumplir los deseos afectivos, sexuales, o de cualquier otro género de otro ser humano. El ser humano no puede ser un instrumento para pagar nada; el ser humano no puede ser una moneda, no puede ser un medio. Ha sido tratado por Dios como un fin. Dios lo ha amado gratuitamente, y amar en gracia significa amar sin cobrar, sin utilizarte para nada, a imagen de Dios.

Nosotros, como cristianos, tenemos que defender esa dignidad del ser humano, y tenemos que defender lo que significa ser amado así.

Al recibir la Santísima Eucaristía en esta celebración, al tomar a Jesús en nuestro corazón, en nuestro pensamiento, en nuestra boca, al recibirlo en nuestro cuerpo y en nuestra alma, cuando comulgamos hoy, hermanos, sintamos lo que significa ser amados así, ser amados infinitamente como un regalo.

Ese es el amor que este mundo no conoce, pero el amor que este mundo necesita.