I281001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19971013

Título: Ser catolico es descubrir la gracia siempre ofrecida y siempre obrante de Dios

Original en audio: [13 min. 42 seg.]


En la primera lectura hemos escuchado los siete primeros versículos de la Carta a los Romanos. Estos siete versículos, en esta versión que hemos escuchado, son una traducción bastante directa de un saludo kilométrico, larguísimo que utiliza al Apóstol Pablo para dirigirse a los fieles de Roma.

Creo que se puede decir, que en la historia de la teología cristiana, ningún documento ha tenido tanta influencia y al mismo tiempo tanta polémica como la Carta a los Romanos, porque la Carta a los Romanos es la gran proclamación, la serena, majestuosa e irreversible proclamación de la gloria de Dios en la historia de los hombres.

Es la solemne proclamación, la declaración irreversible de la gracia, como el camino real para recibir la salvación de Dios y para vivir como salvados, y por eso este es el documento fundamental en todo aquello que tiene que ver con la obra de Cristo, porque la obra de la Cruz de cristo sólo puede ser descrita como una obra de amor y de gracia.

La Iglesia, nosotros, continuamente hemos tratado de reemplazar la gracia de Dios con otras cosas. En tiempo de Pablo esas otras cosas eran, por ejemplo, las prácticas judaizantes, es decir, la práctica le la Ley de Moisés, y por eso Pablo entra en un terrible alegato con los fieles de Galacia, los Gálatas, para decirles a ellos: "Bueno, ¿y ustedes por qué es que al fin están salvados?" ¿Están salvados por la práctica de la Ley o están salvados por la gracia de Cristo?"

Unos meses después de ese alegato escrito con sangre, con fuego, casi con rabia, Pablo escribe la Carta a los Romanos, que tiene un tema semejante a los Gálatas; en ambas Cartas el problema es la obra de la gracia y la primacía de la gracia de Dios.

Pero en esta Carta a los Romanos y en todo ese fuego, ya no se desborda en ironía ni simple fuerza de palabras, sino que se despliega maravillosamente en una descripción amplísima de lo que es la historia de la humanidad.

¿Quién es el ser humano ante Dios? ¿Por qué necesitamos de Dios? ¿Qué se le ocurrido a Dios para salvarnos? ¿Cómo consiguió esa salvación? ¿Qué lugar tiene Israel entonces en la historia? ¿Quién es este Jesús? ¿Por qué es necesario el Espíritu Santo? ¿Cuál es la vida según el Espíritu, y de acuerdo con eso tenemos que vivir los cristianos?

Estas son las preguntas escencialísimas para nuestra fe que Pablo va a ir desplegando en la Carta a los Romanos, tal vez, el documento teológico más importante de todos los siglos.

El documento que también sirvió de base a Lutero, interpretado un poquito unilateralmente, decimos nosotros los católicos, el documento que le sirvió a Lutero para descubrir o redescubrir qué significa eso de ser cristiano.

Lutero tenía un miedo prácticamente patológico a Jesucristo, veía en Cristo un ideal siempre exigente y siempre inalcanzable, un ideal imposible, un modelo, un camino de humanidad que está más allá de nuestras propias fuerzas.

Para Lutero la noticia de que Cristo es Dios y hombre es un desastre, porque eso significa que si es hombre, me puede exigir a mí que soy hombre; y si es Dios, me va a exigir que yo sea un dios, ¿y yo cómo voy a alcanzar la altura de Dios si soy un simple hombre?

Esa sensación de que nunca doy la talla, esa sensación de que nunca le alcanzaré, esa sensación de que algún día me pedirá lo que yo nunca le he dado, esa sensación sumía a Martín Lutero en profunda desesperación, en angustia y en otra serie de sentimientos adversos.

La Carta a los Romanos sirvió de descanso para su corazón, porque en esta declaración hermosísima para la gracia de Cristo, Lutero encontró como una piedra firme que le podría traer sosiego a su corazón.

Ah, es que resulta que la salvación es por la gracia, es una obra unilateral, es que la salvación no es una obra multilateral. A mí lo que me toca es creer en la salvación, creer en ella, aceptar que Dios ya tuvo su victoria. Fíjate lo que decíamos en el salmo: El Señor da a conocer su victoria" Salmo 97,3.

Evangelizar no es llevarle cargas a las personas, evangelizar es decirles: "La victoria ya está concedida, ¿quieres creer en eso? Ya tienes una fuerza, una vida, un perdón a tu favor, ¿quieres aceptarlo, crees que es así?" Y si la persona acepta, en ese momento empieza a ser cristiana.

Esos pensamientos le trajeron profunda paz, inmenso gozo a Martín Lutero. Tanta paz, que el hombre quedó como enamorado de ese primer encuentro con Cristo toda su vida; redujo toda la vida cristiana a ese primer encuentro.

Y es verdad, ese primer encuentro, que en otras ocasiones he llamado “primera generación”, ese primer nacimiento en la fe y por la fe, es el único camino, pero atención, la Iglesia Católica con alguna frecuencia recuerda que ese es el único camino y por evitar ese único camino, a veces buscamos otras mediaciones que reemplazan a Cristo como único mediador entre Dios y los hombres.

Hay dos maneras de hablar de esas otras mediaciones. Hay veces que las consideramos, como algunas veces se habla de la Virgen María o se habla del Rosario, es decir, "ya que me cuesta trabajo entenderme con Cristo, pues entonces a través de María, que es como más amable, que es como más dulce, yo logro entrar a Cristo".

Este pensamiento desfigura la imagen de Cristo. Otras veces se presentan las cosas más o menos en estos términos, que ya en otras oportunidades hemos caricaturizado: "El Padre Celestial está bravo por los pecados del mundo, pero Cristo intenta convencer al Padre Celestial de que no acabe con todo".

Pero ya a Cristo se le llenó la paciencia, entonces la Virgen intenta agarrarle las manos a Cristo para que Cristo no destruya al mundo". Y entonces uno se imagina las discusiones allá en el cielo entre la Virgen y Cristo y entre Cristo y el Padre Celestial, y todo el mundo queriendo agarrar a patadas al mundo.

Hasta esos extremos puede llegar el catolicismo cuando no tiene clara conciencia de lo que significa la obra de la gracia. Cuando nosotros presentamos las mediaciones, como quien dice: "Yo no me puedo encarar con el Padre Celestial, yo no puedo acudir al Padre Celestial, entonces, voy a ver si acudo a Cristo, pero yo ya no tengo cara para presentarme ante Cristo, entonces voy a ver si busco a la Virgen, pero yo creo que la Virgen debe estar brava conmigo porque no le he cumplido las promesas, voy a ver si consigo..."

Esa multiplicación de mediaciones es ridícula y desfigura la fe católica.

Hay otra manera de hablar de las mediaciones: que la misma gracia que hay en Cristo se comunica por el don del Espíritu Santo, precisamente esa misma gracia se comunica, entonces un buen predicador tiene, comunica la misma gracia que ha recibido de Cristo.

El mismo Pablo, por ejemplo, al hablar así, no está reemplazando a Cristo, sino que está teniendo la misma gracia de Cristo.

Esto fue lo que no entendió Lutero. Lutero creía entonces que si se le daba especial veneración a la Virgen María o a algún otro santo, entonces nosotros íbamos a quitarle la primacía a Jesucristo; ¡hombre, que algunas veces eso ha sucedido, ha sucedido, pero no es que tenga que suceder!

Cuando nosotros caemos en la cuenta de que es la misma gracia, el mismo Espíritu de Jesucristo el que hace que Pablo hable como habló en esta Carta a los Romanos, y es esa misma gracia la que llena de belleza, de sabiduría y de poder a la presencia de la Virgen María en nuestra historias, entonces uno descubre que esas mediaciones no reemplazan a la mediación de Cristo, sino que más bien manifiestan el poder redentor de la mediación de Cristo.

Es decir, las redenciones ya realizadas, las redenciones ya concedidas, por ejemplo, la plena santidad de la Virgen María, esas redenciones se convierten en sendos argumentos para que yo crea más, para que yo espere más y para que yo ame más a Cristo.

Por eso, la plenitud de santificación, de intercesión y en cierto modo de mediación que tiene la Virgen María en la historia humana, esa plenitud de mediación, de intercesión, de auxilio que tiene la Virgen María, no le quita nada a Cristo; al contrario, muestra el poder de la redención de Cristo y muestra cómo esa gracia realmente es eficaz.

Esta fue la parte que ya no pudo entender Lutero y esta fue la parte que no entendió tampoco el protestantismo.

Por esta razón, ¿qué podemos decir? Que de la Carta a los Romanos, surge un continuo llamado de atención a la Iglesia: “Cuidado con reemplazar la gracia de Cristo, reemplazarla por imperativos morales, reemplazarla por prácticas piadosas, reemplazarla por el vigor de una teología supremamente estructurada y racional, reemplazarla por la presencia imponente de las obras, instituciones o congregaciones, reemplazarla por la belleza de sus santos".

Cuidado con reemplazar la gracia de Cristo. Pero recibido ese llamado de atención que tenemos que seguir acogiendo día a día, ahora también hay que decirle al protestantismo: “y cuidado ustedes con olvidarse que la gracia de Cristo es eficaz y que si es eficaz, cuando llega a una vida de tal manera la transforma, que hace a esa vida un instrumento también eficaz de conversión y de santificación”

Y esto no quita la primacía de la gracia, esto no quita la unicidad de Jesucristo, esto no elimina quien es Él sino al contrario, manifiesta más y mejor esa misma gracia.

Cuando uno ve estas cosas así en perspectiva, descritas un poco históricamente en términos de católicos y protestantes, uno ve que ser verdaderamente católico es tarea de toda una vida.

Ser católico, descubrir la gracia siempre ofrecida y siempre obrante. El protestante quisiera quedarse con una gracia siempre ofrecida, pero que no ha empezado a obrar; mientras que el católico tiene la tentación de quedarse sólo con las obras que ha hecho la gracia sin mirar suficientemente a qué sigue siendo una gracia ofrecida, una gracia actual.

Por consiguiente, el ser verdadera y plenamente católico supone percibir que la gracia es siempre oferta y siempre obra.Es una gracia que está cada día para inspirarnos y es una gracia que está ya inspirada y ya realizada en las vidas y en las obras de personas e instituciones de la Iglesia.

Roguemos a Dios, aunque parezca extraña esta petición, que nos haga católicos, porque el católico que se siente que ya es católico, ha cambiado la gracia por una mediación.

El que ya se siente seguro por la vida que ha recorrido, por la Iglesia a la que pertenece, por la comunidad en la que se encuentra, por las prácticas de devoción que tiene, por las virtudes que ha acumulado, el que ya se siente seguro, ya reemplazó la gracia por una mediación.

Pidámosle a Dios que no tengamos otra certeza que la de su amor y que el camino continuo de la gracia, al fin nos haga católicos.