I251003a

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Fecha: 20110919

Título: Con frecuencia Dios actua a traves de caminos insospechados tanto en la historia humana como en nuestra propia vida

Original en audio: [4 min. 42 seg.]


A comienzos del siglo sexto antes de Cristo, un rey llamado Nabucodonosor asedió, sitió y finalmente tomó la ciudad de Jerusalén, la arrasó completamente, profanó el templo y envió al destierro a los judíos.

Esta catástrofe quedó registrada en el alma del pueblo elegido, como lo podemos leer especialmente en el libro de las lamentaciones; ahí se recoge el sabor de muerte, el dolor y la impotencia que los judíos experimentaron cuando lo más precioso que tenían, su templo, fue ollado por las fuerzas enemigas.

Esta tragedia había sido anunciada anteriormente, con bastante plazo, por los profetas. Y los profetas hablaban de esta catástrofe no como algo inevitable, sino como el fruto al que irían a conducir las infidelidades del pueblo de Dios. Pero el pueblo no se convirtió y entonces, a mano de Nabucodonosor, la ciudad de Dios, la ciudad de Jerusalén, fue destruida.

Este rey impío, Nabucodonosor, era jefe del pueblo de los caldeos, y a donde él se llevó a los judíos fue a su ciudad, Babilonia; sin embargo, como suele suceder en las cosas humanas, a uno que es muy fuerte le sale otro más fuerte, y a uno que es muy astuto le sale otro que es todavía más astuto.

Eso fue lo que sucedió. El reino de los caldeos no fue eterno, sino que otros poderes, y en particular, el pueblo de los persas, venció a los caldeos. Y entonces, como también suele suceder en las cosas humanas, cuando el poder cambia de manos, entonces lo que se había decidido antes, ahora se deshace. Fue así como Ciro, rey de los persas, decidió que no tenía sentido guardar en Babilonia toda esa cantidad de gente, toda esa cantidad de judíos.

Seguramente, por deshacerse de ellos, seguramente, por reorganizarla ciudad, él decide que salgan de Babilonia los judíos y que vuelvan a su tierra. Ciro no era, según lo cuenta la historia, no era un rey en realidad muy piadoso, pero fue un instrumento de Dios. Porque a través de esta decisión de Ciro,los años amargos del destierro terminaron y entonces los judíos pudieron volver a Jerusalén.

Según cuenta la historia que nos narra la Biblia,los judíos que volvieron a Jerusalén tenían sobre todo un propósito: reconstruir el templo, y encontraron algún apoyo en las decisiones, en los decretos de Ciro. Esto, muchos años después, fue leído como la mano de Dios obrando a través de un hombre pagano.

Es muy interesante, porque se trata de una lectura teológica de un hecho que en sí mismo quizás no tenía tanto de religión. Pasado el tiempo, los escritores sagrados vieron en Ciro un instrumento de Dios; y por eso, el libro de Esdras, que hoy empezamos a leer en la Santa Misa y que aparece en la primera lectura, nos cuenta ese momento, ese momento en que Dios se vale de un hombre sin fe, un hombre pagano para hacerle un bien inmenso al pueblo de Dios.

¡Qué extraños son los caminos del Señor! ¡De qué modos tan sutiles, pero a la vez tan sabios y tan fuertes obra Dios también en nuestras vidas!

Mientras vamos recorriendo la historia del pueblo de Dios con Esdras, pidamos al Señor que nos dé ojos para ver también su paso en parajes extraños de nuestra propia vida.