I242002a
Fecha: 20110913
Título: La Pascua de Cristo no es una acontecimiento del pasado
Original en audio: [4 min. 46 seg.]
Sabemos ya que la palabra Pascua indica el gran acontecimiento de los judíos; cuando salieron de Egipto, esa fue la primera y gran Pascua para ellos. Pero esa Pascua, grande como era, sin embargo correspondía sólo al anuncio de otra Pascua aún más admirable, la Pascua de Jesús. Porque detrás de Jesús, y si digo mejor, en Jesús, nosotros, que somos su cuerpo, hemos pasado de la muerte a la vida.
Nosotros no nos hemos liberado sencillamente de un rey perverso, sino que hemos sido liberados de el peor de los tiranos: el mismísimo demonio; y hemos salido no únicamente de una tierra de opresión, sino que hemos salido de los dominios del pecado. Jesús, delante de nosotros, como nuevo y verdadero Moisés, nos conduce, no ya a una tierra prometida, pero tierra al fin y al cabo, sino que nos conduce a la casa del Padre, a esa mansión de la que Él dijo que tiene muchas habitaciones, y allá esta Él preparando ese lugar para nosotros.
Así que la vida cristiana es pascual, y todos los acontecimientos de los Evangelios los podemos, y creo yo que los debemos leer desde esta óptica singular de la Pascua. Con esto quiero decir que los ciegos que fueron curados por Cristo de algún modo experimentaban Pascua; los leprosos que fueron limpiados; los paralíticos que recobraron movimiento; los mudos que pudieron cantar las alabanzas de Dios, cada una de estas personas, y sobre todo los pecadores que recibieron de Él perdón, todos ellos, que somos también todos nosotros, estamos experimentando Pascua.
Entonces la Pascua de Cristo no se limita únicamente a las últimas páginas, es decir, a lo que se cuenta de la cruz y del sepulcro y de la resurrección, sino que en realidad ese himno de victoria empapa y también ilumina y también hace fecunda ante nuestros ojos cada acción de Jesucristo.
Hoy, por ejemplo, en el capítulo séptimo encontramos un hecho completamente pascual, les confieso algo: lo que viene a mi memoria con este pasaje del evangelio, cuando Cristo resucita al joven hijo de la viuda de un pueblo llamado Naím, lo que viene a mi memoria no es otra cosa sino esa secuencia que cantamos el domingo de la Pascua.
Una de las estrofas de la secuencia de ese día, que es el gran domingo, dice así: "Lucharon vida y muerte, en singular batalla, y muerto el que es la Vida, triunfante se levanta". Por supuesto, eso se cumple a la letra en la cruz, el sepulcro y la resurrección.
Pero fíjate que en el milagro que hoy meditamos también se cumple, también ahí están luchando vida y muerte; la muerte aparece con su garra pesada, con su manto de tristeza, con su carga se desilusión, con su aire de derrota; pero llega Jesús, y Jesús trae una canción nueva, y Jesús trae un Espíritu nuevo, y Jesús, Príncipe de la vida, Jesús lleno de vida y en realidad vivificante lucha contra la muerte, y ya se ve lo que sucede: "Triunfante se levanta".
Al final la victoria es victoria de la Vida, la victoria es victoria de Cristo. Y así, esta viuda de Naím, ese joven que había fallecido, y en realidad toda esa población, se convierte en testigo del poder de la Pascua del Señor.
Que lo mismo nos suceda a nosotros, que también a a nosotros nos pase, y que tengamos alegría y valor para contarlo y para cantarlo.