I225002a
Fecha: 19990903
Título: Senor, hoy quiero escoger tu vino, hoy quiero escoger tu alegria.
Original en audio: [27 min. 04 seg.]
Muy Queridos Hermanos:
La palabra que hemos escuchado en el evangelio quiere ser como un motor, Cristo quiere ponernos en movimiento; pero Cristo sabe que uno se acostumbra a lo que ya tiene; Cristo sabe que el cambio, cambiar, avanzar, dar pasos es difícil, y el que tiene vino añejo, y ya tiene acostumbrado el paladar al vino añejo, tal vez no le interesa el vino nuevo, así sea vino que Cristo haya convertido con el poder de su palabra, y Cristo nos mostró que sí que tiene poder para dar vino nuevo.
Precisamente en el pasaje de las bodas de Caná, Cristo convirtió agua en vino y ese vino nuevo de Cristo era tan bueno, que la gente que lo tomó dijo: "Este es el vino mejor" San Juan 1,10.
Pero hay gente que se acostumbra al vino viejo, al vino añejo, y que por eso, así Cristo les trajera el vino nuevo, el que Él puede ofrecer, porque Él es capaz hasta de transformar el agua en vino, y luego es capaz de transformar el vino en su Sangre, como sucede en la Eucaristía, así Cristo tenga ese poder, en el corazón humano hay una resistencia, resistencia a cambiar, resistencia a probar y aceptar el vino nuevo.
Pero el vino en la Sagrada Escritura no es un trago más. En este evangelio dice vino, no dice, por ejemplo, aguardiente o chicha; dice vino, y del vino sí que habla la Escritura, por ejemplo, dice en algún lugar, en un salmo, dice que, "el ser humano, el hombre saca pan de los campos y vino que le alegra el corazón" Salmo 104,14-15.
El vino es la imagen de la alegría, en contra de lo que predican algunos grupos protestantes ultrarradicales, la Biblia no prohíbe el uso del licor, no lo prohíbe; prohíbe el exceso de licor, la Biblia prohíbe los excesos, prohíbe la embriaguez, desde luego, prohíbe la ebriedad y desde luego, prohíbe el alcoholismo.
Todo vicio de la bebida está prohibido, el vicio no lo quiere Dios, pero Dios sí quiere la alegría, y por eso, la alegría que trae el vino es una alegría que Dios conoce, y en cierto modo, es una alegría que Dios aprueba.
Que no tomen de aquí pretexto, algunos, para luego llegar a la casa y decirle: "¿Si ve, mija? Lo que yo siempre había dicho, lo sabía."
La Biblia no aprueba nuestros excesos, luego, la Biblia sabe que el corazón necesita de alegría, y que a veces una copa entre amigos es motivo de alegría, esto lo puedo decir y lo puedo recomendar yo, que por constitución orgánica, no por mérito, prácticamente no soporto mayor cantidad de alcohol; no lo digo por mi conveniencia, entonces lo digo porque está en la Escritura.
El vino es sinónimo de alegría, y no de cualquier alegría. En la Biblia la alegría es siempre la alegría del banquete, la alegría de los amigos, la alegría del encuentro; el vino es la imagen de la alegría en la amistad; pues bien, si Cristo tiene vino nuevo para nosotros, entre otras cosas, esto quiere decir que Cristo tiene alegría nuevas para nosotros.
Y esto es tan cierto, que el Apóstol San Pablo, que había predicado en una comunidad donde había borrachitos, dice: “No os embriaguéis con vino, llenáos más bien de gozo del Espíritu” Carta a los Efesios 5,18. El Espíritu Santo es el vino nuevo que produce una especie de embriagues, que produce una especie de alegría.
Eso fue lo que pasó cuando Pentecostés, te acuerdas que los Apóstoles estaban tan eufóricos, tan conversadores, tan felices y cacheti colorados, que la gente que los vio decían: "Esos están llenos de mosto" Hechos de los Apóstoles 2,13, es decir, de jugo de uva medio fermentado, que es camino para la elaboración del vino; es mucho más barato que el vino.
"Esos están llenos de mosto" Hechos de los Apóstoles 2,13, , y tuvo Pedro que explicar: “No estamos llenos de mosto, son apenas las nueve de la mañana” Hechos de los Apóstoles 2,15.
Esa explicación es un poco rara, ¿no? No estamos llenos de mosto, se está cumpliendo lo que dijo el profeta Joel: “Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos profetizarán y vuestras hijas profetizaran” Joel 3,1, y habla de cómo el Espíritu se derramará sobre todos; ancianos, niños, adultos, hombres, mujeres, siervos, todos, recibirán el poder del Espíritu Santo.
Y ese poder del Espíritu Santo causa una embriaguez, que tiene su parecido con el vino; el vino nuevo que trae Jesucristo a nuestras vidas; es el vino del Espíritu; como he dicho en otras ocasiones, ahora lo repito: el corazón humano necesita embriagarse de algo, de algo; y si tú miras por qué las vidas se destruyen, la razón es una sola, se embriagó de lo que no era.
El corazón humano necesita embriagarse, el corazón humano necesita sentir, de vez en cuando, que los estrechos marcos de lo que se puede comprar y vender, de lo que se puede planear y evaluar, de lo que se puede contabilizar, esos marcos se revientan y surge algo nuevo y aparece algo nuevo.
Normalmente todos llevamos cuentas, especialmente del dinero, y si usted va a la tienda a comprarse, por ejemplo, una chaqueta y le van a cobrar la chaqueta por diez mil pesos más de lo que vale, seguramente usted se indigna, y dice: "¿Fue que me vio cara de tonto? Y entonces dice el vendedor: "Pues sí, pero no me salió".
Eso puede pasar, como sucede en el Tolima, donde uno pregunta: "Y cuánto vale ese plato de lechona?" Y dicen: "Según el marrano"; así le puede pasar a uno; pero uno no se deja robar: "¿Cómo es que me va a cobrar diez mil pesos más? A mí me cobra exactamente lo que es."
Esa misma persona, esa noche, se está tomando unos tragos; está con unos amigos, es una reunión alegre, festiva, gozosa; están en un restaurante fino, y están tomándose unos drinks; pero resulta que ya se acabó la pequeña botellita que habían comprado al principio, y todos quieren tomarse otro traguito, y dice uno de ellos; "Pues bueno, esta va por mi cuenta".
Y la botellita, que no era vino, sino otro licor más fino, valía veinte o treinta, lo que fuera, y el que dijo eso fue el mismo que en esa mañana no se dejó robar diez mil pesos en una chaqueta, y ahí está regalando veinte o treinta, pero no le pesa, "porque es que es la fiesta, ¡hermano, es el momento de disfrutar, es el momento del gozo, es el momento de gastar; luego vendrán las cuentas, entonces será el momento de preocuparse."
Así obra el corazón humano; yo no estoy recomendando aquí que se desperdicie el dinero en el exceso de licor, sino estoy contando cómo es el corazón humano, y estoy diciendo que el corazón humano necesita embriagarse, necesita sentir, por alguna vez, que no tiene que llevar todas sus cuentas.
Me decía una vez, una mujer separada: "Lo más triste de mi situación, es que ahora soy yo la única persona que se interesa por mí". Ese tener que llevar las cuentas, tener que estar siempre sumando y restando; sentir que la vida es a plazos y a cuenta gotas, exaspera, agota; eso hace sentir que se está mendigando un trozo de existencia, y por eso, todo corazón humano necesita embriagarse; el problema es de qué te vas a embriagar.
Y ahí es donde nos equivocamos; nos equivocamos respondiendo esa pregunta: ¿de qué te vas a embriagar? La persona que se acostumbra a embriagarse con el licor, sabemos lo que le sucede; otro dice, licor no, para eso se hizo el bóxer"; otro dice: "Yo soy un poco más fino, tinner, gasolina".
El corazón humano necesita sentir, necesita recuperar, podríamos decir, la experiencia de sentirse amado y feliz sin limites, y eso es la embriaguez, sentirse amado y sentirse feliz sin limites; por eso corremos detrás del trago, por eso buscamos las drogas, por eso tienen tanto poder en nosotros los placeres de la carne; por eso la pasión del juego, porque necesitamos sentir un gozo sin límites, necesitamos sentir que nos expandimos.
Claro que algunos nos quedamos expandidos, nos llamamos los gordos, necesitamos un poco de expansión, necesitamos sentir que llega amor gratis y alegría gratis; y sin eso la vida no se puede vivir, no se puede vivir; cuando una persona no encuentra eso, va tendiendo poco a poco hacia la locura, que es la embriaguez, la embriaguez de las neuronas.
La locura es una manera de fracturar la razón, si no se encontró una alegría lícita; ¡Cristo trae un vino nuevo! ¡Cristo trae una alegría nueva! Pero nosotros estamos agarrados a la alegría vieja, al vino viejo; el corazón humano presiente lo que ha dicho el evangelio de hoy: “A vino nuevo, odres nuevos” San Lucas 5,37.
Yo tengo tres hermanos, nosotros somos cuatro hijos; el menor de mis hermanos estudió en una universidad que oficialmente es atea, tuvo entre sus profesores varios ateos brillantes, de esa gente que habla con tanto gusto de su ateísmo, que casi conquista para esa causa.
Mi hermano, el menor, me llevó a conocer a uno de sus profesores; un hombre brillante, versado en ciencia y filosofía. Mi hermano quería ver qué pasaba si un ateo como ese señor, se encontraba con un creyente y sacerdote, en este caso que era yo; mi hermano quería saber qué iba a suceder ahí, y tuvimos largas conversaciones con este ateo, largas conversaciones.
Finalmente, esas conversaciones llegaron a un punto en el que este hombre dijo: "Pues realmente, yo no tengo nada más que refutar, yo quisiera creer"; me dijo: "Yo quisiera creer, y es tanto lo que yo quisiera creer, que le voy a pedir un favor, yo tuve una hija hace poquito, y yo quiero que usted le dé una bendición de las suyas a mi hija, ¡imagínense ese ateo!, "quiero que le dé una bendición a mi hija", y fuimos, hicimos oración por la hija.
Cuando estábamos orando por la hija, sucedió una cosa maravillosa, en la parte superior de la habitación, que estaba en penumbra, apareció un halo de luz como una coronita de luz; si no quiere creer, es decir, si no quiere creer en mi historia, pero espero que sí crea en Dios, está en su derecho, pero eso sucedió, se hizo como una tenue coronita de luz encima de la niña, una niña que no estaba bautizada, porque como él es ateo, no puede bautizar la hija.
Este hombre vió la coronita de luz, porque estábamos haciendo oración por la hija de él; se conmovió, derramó unas lágrimas; eso sucedía en el segundo piso de la casa de él; cuando bajamos, me dijo: "Qué bonito sería creer, pero yo no creo"; mi hermano no vio esa coronita de luz, el ateo sí la vio.
Él, con su formación científica, no le puede dar ninguna explicación científica a ninguna coronita de luz, en un cuarto en penumbra; él tampoco tenía más argumentos, pero cuando bajó al primer piso, dijo: "yo quisiera creer en Dios, debe ser bonito creer en Dios; muchas gracias por venir, hasta luego, Padre, o fray, o como se le diga a usted". Yo creo que es de las personas más duras, más endurecidas que yo haya conocido; hasta esa señal quiso dar Dios.
Tiempo después, yo pude saber qué había pasado, porque, claro, uno siente pesar, en primer lugar, uno como sacerdote, uno no es de piedra, uno tiene una expectativa amorosa de conversión hacia las personas, y humanamente es una frustración, es un fracaso que a uno le pase eso.
Este señor estaba dirigiendo unos talleres de sexología; los talleres de sexología de él le reportaban, por cada conferencia, plata de ese tiempo, unos, ¿qué sería? Cuatro o cinco millones, entiendo yo, libres.
Usted se imaginará cómo eran los talleres de sexología. Eran, más o menos, técnicas; y técnicas para cómo embriagarse hasta el límite con ese género de placer; técnicas y técnicas, ¿y qué hacer? Y ahora ¿dónde apretar? Esos eran los problemas de este hombre, y ese era uno de sus métodos de vida, esa era una de sus fuentes de ingreso.
Él ganaba millones con eso, y a lo largo de las conversaciones que había tenido conmigo, se había dado cuenta de que esa sexología disparada hacia el placer, donde todo valga, con quien se deje, esa no es la manera como la Iglesia Católica mira la sexualidad humana.
El solo hecho de predicar la fidelidad es un límite, porque si resulta que uno de los dos, imaginó yo que el hombre, tiene mucha creatividad, sobre todo después de salir del taller, sale con una creatividad a máxima velocidad, y llega a aplicarle todo el taller a la esposa, no es fácil, entonces el hombre saca una conclusión: "¡Esta boba con sus Misas y prejuicios de primer viernes, me tiene vaciado!"
Y por lo tanto dice: "Pero no es la única que existe, por algo, por algo mi hada madrina, porque no va a decir que Dios, mi hada madrina me mandó esa “secre”, por algo, llegó esa secretaria, así como yo la quería, bien puestecita, inescrupulosa; esa es la que yo necesito."
Este hombre, además de ser profesor universitario, era un predicador de esa religión del placer desbocado, con quien sea y como sea. ¿Qué dice Cristo en el evangelio? “Vino nuevo, odres nuevos” San Lucas 5,37. Bien dijo San Agustín, muchos siglos antes: “Sólo niega que Dios exista, aquel que no le conviene que Dios exista”.
Porque uno presiente, uno presiente; si yo me pongo a creer en Dios, ¡cuántas cosas tendrían que cambiar en mi vida! Si yo tomará en serio mi fe, ¡cuántas cosas tendrían qué cambiar! Y uno se pierde del vino nuevo, por no salir de los odres viejos; uno se pierde de la alegría que Cristo viene a traer; uno se pierde de eso, de ese gozo del espíritu.
Por no cambiar un estilo de vida, por seguir haciendo lo que uno cree que es, lo que a uno se le da la gana, uno pierde por eso, por eso, por creer que está siguiendo lo que uno cree, que es lo que le da la gana.
Lo chistoso del asunto es que he dicho: "creo", las palabras justas; lo que uno cree que es, lo que le da la gana, lo que uno cree; porque si vamos a analizar, ¿qué es esa gana que tan espontáneamente parece surgir del corazón? Esa gana son todas las horas de televisión que usted tiene encima; esa gana son todas las revistas que ha hojeado; esa gana son todas las propagandas que ha oído; esa gana es lo que el comercio ha hecho con usted, hermano, y a usted, le parece lo más natural del mundo.
Es que el organismo me pide, es que el cuerpo me pide; me pide trago, me pide droga, me pide, me pide; su cuerpo, si de acuerdo, su cuerpo, su organismo, su vida, le pide eso después de ¿cuántas horas de propaganda de televisión? de lo que sea, y usted llama eso su gana.
Sepa que su gana la manejan con unos hilos unos titiriteros que se llaman la publicidad y el comercio; esa es la gana suya. Nada más gracioso ver a un títire diciendo: "Soy libre, hago lo que quiero"; eso somos nosotros, eso somos nosotros, eso éramos; el poder del Señor, la gracia de su Espíritu Santo viene a traernos libertad.
Dice San Pablo: “Para ser libres os libertó Cristo, y si Cristo os liberta, seréis libres de verdad” Carta a los Gálatas 5,1, por eso, hay un momento en el que hay que hacer una apuesta, o le creo al vino nuevo, o sigo conservando mi vino viejo.
Hay un momento en el que hay que apostar, y en ese momento algunas personas dicen: “Sí”, y dejan la barca y siguen a Jesús, como hicieron los Apóstoles; y otros dicen “no”; el Evangelio también nos cuenta que hubo gente que dijo “no, yo no, es demasiado para mí”
El joven rico dijo “no, es demasiado para mi”; el joven rico es la imagen del que prefirió los odres viejos; los Apóstoles, aun con sus caídas, son la imagen del que prefirió el vino nuevo, ¿y qué sabemos de los Apóstoles? Que estaban tan felices, que la gente creyó que estaban ebrios.
¿Y ¿qué sabemos del joven rico? Que estaba tan triste, que el evangelista notó el asunto, y ahí nos dice: “Se fue muy triste” muy triste" San Mateo 19,22, porque tenía muchos odres, porque tenía muchos bienes, porque estaba muy amarrado.
Y esa es la decisión, que un día u otro día, tendremos que tomar. Dios quiera, le pido yo a Dios, que regaló una corona de luz, eso nunca me había pasado y nunca me volvió a pasar, Dios, que regaló una corona de luz a un ateo, que ni con eso se quiso convertir, por no perder sus millones.
Dios, que no me concedió esa alegría, por lo menos no me la ha conseguido hasta hoy, porque esa persona sigue viviendo y sigue ganando harta plata; Dios, que no me concedió esa alegría, que sí me conceda el gozo de ver a muchos de ustedes, yo el primero, diciéndole; “Si" a Jesús; "creo en tu vino, creo en tu estilo, creo en tu Espíritu, creo que tu modelo puede funcionar también en mi vida; quiero creer en ti, quiero embriagarme de ti; porque conozco otras ebriedades y otras embriagueces, y ya sé lo que traen a mi alma."
Vamos hacer un momento de silencio, ya no pienses en mí, yo soy un accidente en tu vida; quiero que hagamos un momento de silencio, trata de pensar en Jesús, por favor, invócale, y si Dios te da la gracia, dile desde el fondo de tu alma: "Señor, hoy quiero escoger tu vino, hoy quiero escoger tu alegría".
Amén.