I214001a

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fecha: 20030828

Título: Acoger en nuestra casa a los Apostoles

Original en audio: [2 min. 35 seg.]


Queridos Hermanos:

El Señor, en la primera lectura, nos hace, indudablemente, una invitación a crecer: crecer en la fe y crecer en el amor.

Notemos cómo este Apóstol, Pablo, con tanto realismo les dice a los fieles de Tesalónica que, "quiere verlos para completar lo que falta a su fe" 1 Tesalonicenses 3,10.

Esto es importante, porque necesitamos la visita de un Apóstol, necesitamos la presencia de los Apóstoles entre nosotros, para que crezca nuestra fe.

También el libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice cómo esas primeras comunidades se alimentaban de la enseñanza de los Apóstoles; es decir, la fe la recibimos como una semilla de maravillosa fecundidad, pero una semilla que tiene que crecer y que tiene que crecer siendo regada por la predicación, regada por la visita.

Invitemos a los Apóstoles de Dios a que nos visiten en nuestra casa, ¿cómo? Con la lectura de la Palabra, con la meditación de la Palabra. Que así acojamos, que así recibamos al Señor, a través de sus Apóstoles, para que nuestra fe crezca.

Pero también tiene que crecer el amor. El Apóstol nos habla de una "abundancia!" 1 Tesalonicenses 3,12; necesitamos sobreabundar en el amor de unos con otros. Y esto es muy justo porque, mis hermanos, si nosotros no estamos inundados de amor, quiere decir que quedan vacíos en nosotros, y los vacíos que el enemigo encuentre los va a tratar de llenar.

Las almas en las que el demonio no logra nada, son las almas que están inundadas, porque precisamente no tiene huecos, no tiene dónde entrar.

La comunidad cristiana, y cada cristiano en particular, tiene que estar desbordado, tiene que estar inundado de amor, porque en esa abundancia, está su misma seguridad. No basta con tener un poquito de amor, para dejar luego el espacio a que lo llene la amargura, o lo llene la mentira, o lo llene el orgullo.

Necesitamos estar rebosantes de amor, para que cuando el enemigo pretenda algo en nosotros, no logre nada. Ya somos de Cristo y Cristo lo llena todo.

Amén.