I206001a
Fecha: 19990821
Título:
'Original en audio: [28 min. 51 seg.]
REVISAR EN AUDIO
Muy Queridos Hermanos:
Las lecturas de este día nos presentan de dos maneras distintas la fuerza que tiene la humildad; este es un mensaje que está en el evangelio, y como tantos otros mensajes, lamentablemente, cuesta trabajo de aceptar para este mundo.
Este es un mundo donde parece que tiene la palabra el que es fuerte, y se impone y el que se impone; se impone con soberbia, con dureza, a veces con crueldad.
Pero, el evangelio y la palabra de Dios, hoy nos traen un mensaje diferente: humildad de una mujer extranjera llamada Rut; humildad que predica Jesucristo cuando dice: “el que se humilla será enaltecido” (véase San Mateo 6,6).
Y el mismo evangelio del Señor nos muestra cuál es el fruto que se saca de lo que es contrario a la humildad, es decir, de la soberbia o de la vanidad; los fariseos, en tiempo de Nuestro Señor Jesucristo, con esa vanidad, con esa petulancia se convierten en gente cruel, que echa cargas pesadas al pueblo humilde, que se erige como juez de todo el mundo y que no ayuda verdaderamente a la salvación de nadie.
El fruto de la soberbia es muerte; el fruto de la humildad es gracia y es vida; ese es el tema de las lecturas de hoy.
Rut era una mujer extranjera, no pertenecía al pueblo de Dios, podemos decir que ella, por su nacimiento y por su raza, estaba excluida de la salvación, porque no pertenecía al pueblo elegido.
¿Cómo llegó Rut a ser una mujer tan importante? Rut fue la mamá de Obed, Obed fue el papá de Jesé y Jesé fue el papá del rey David; de manera que Rut vino a ser la bisabuela del rey David, del gran rey David, del que defiende, además, Nuestro Señor, porque Jesucristo pertenece a la estirpe de David, según la carne.
¿Cómo fue que esta mujer, que era extranjera, que no pertenecía a la salvación, logró tener ese puesto tan importante? Rut era nuera de una mujer hebrea, llamada Noemí. Noemí sí pertenecía al pueblo elegido y Rut resultó siendo nuera de esta Noemí; cuando murió el esposo de Rut, que era un hebreo, Rut no se separó de Noemí, Rut dijo unas palabras hermosas, que las escuchábamos en la Santa Misa de ayer: “Tu pueblo será mi pueblo, tu camino será mi camino, tu Dios será mi Dios” (véase Rut 1,16)
Rut se unió a Noemí, ¿cómo se unió? Por la fe, por el amor, y hoy descubrimos otro lazo de unión, por la humildad; Rut no llegó alegando derechos. Rut era una mujer pobre y extranjera, tenía un pariente, Joas,
Y entonces, tomó el oficio más humilde, cuando hacían la cosecha, cuando recogían la cosecha, siempre al que daban, cuando se recogía a mano, porque ahora con la máquina ya es distinto, cuando la cosecha se recogía a mano quedan algunas espigas regadas aquí y allá. Rut pidió permiso para el oficio más humilde, para ir como mendigo, como una mendiga, detrás de los espigadores recogiendo una y otra espiga aquí y allá.
Pero, esta humildad de Rut, esta actitud sencilla de Rut, cautivó el corazón de Joas. Joas se enamoró de Rut, se casaron, y, como ya dije, por ese camino Rut vino a ser la bisabuela del rey David, el antecesor de Nuestro señor Jesucristo, según la carne.
La fuerza de la humildad. ¿Qué podemos aprender nosotros del ejemplo de Rut? Mucho. Yo quiero ofrecer esta aplicación. A veces, nosotros nos sentimos extranjeros, nos sentimos forasteros, por ejemplo, sentimos que las cosas de la religión y de Dios son para otras personas, "allá las viejitas desocupadas, rezanderas que se vayan a la iglesia y que recen, esa no es vida mía".
Cuando pensamos así, obramos como si fuéramos extranjeros; estamos hablando como si Dios fuera Dios de otros y no nuestro Dios. A veces pasa que nuestros pecados nos hacen sentir extranjeros y forasteros; tal vez hemos hecho o han hecho con nosotros cosas horrendas, cosas feas, que nos avergüenzan, que nos confunden; tal vez, tenemos en nuestro pasado cosas que nos hacen sentir muy lejos de Dios.
Y entonces, pensamos, "tal vez Dios amará a otras personas, pero a mí no me ama, a mí no me puede querer Dios, porque yo he hecho cosas muy malas, muy feas muy sucias."
Rut era una extranjera, estaba lejos del pueblo elegido; pues yo hoy les digo a ustedes: Todo aquél que siente que el amor de Dios es para otras personas y no siente a Dios como su Dios, todo aquél que siente que, "Dios tendrá amor, si acaso por otros, pero Dios no se puede ocupar de mí", la persona que siente eso, es como Rut, es extranjera; aunque venga a la iglesia, se siente extranjera.
Yo creo, que eso nos ha pasado algunos de nosotros, llegamos a la iglesia, escuchamos la predicación, vemos que se celebra el Sacrificio de la Eucaristía sobre el altar y sentimos que eso es para otras personas, y sentimos que esa no es la vida nuestra, y sentimos, casi, como si ese no fuera nuestro Dios.
Por eso en esos momentos somos como Rut, la moabita, ella no era israelita, ella era moabita. Rut, la moabita, no pertenecía al pueblo de Dios, ¿y qué hizo para pertenecer? Se acercó, con amor y con fe, a una mujer, a Noemí.
Noemí fue el instrumento que Dios utilizó para que Rut se pudiera acercar al pueblo de Dios; y ahora, te pregunto yo, ¿tú tal vez te has sentido como un extranjero en la iglesia? ¿Tú tal vez has sentido que estas predicaciones y estas cosas son para otra gente?
Pero yo te hago esta pregunta: ¿no será que Dios te ha enviado alguna Noemí? ¿No será que en tu vida Dios ha puesto una persona, que es como un puente, para que tú te acerques, y para que ya no seas más extranjero? Porque hay una palabra maravillosa que está en la Carta a los Efesios, y que dice: “Ya no somos extranjeros, ni forasteros, ahora, somos miembros de la familia de Dios y ciudadanos de Dios” (véase Carta a los Efesios Efesios 2,19)
"Ya no somos extranjeros" (véase Carta a los Efesios 2,19), dice San Pablo en la Carta a los Efesios, pero antes éramos extranjeros. ¿Qué ha pasado? Que Dios tiene muchas Noemí, que son personas que sirven de instrumento de Dios, y que nos acercan a Dios; ¿qué hizo Noemí? ¿Noemí qué hizo para acercar a Rut al pueblo elegido? Acogió a Rut con amor, fue lo primero que hizo, amó, amó; tal vez nosotros hemos experimentado también esto.
Hay personas que nos han acogido y que nos han amado, y Rut ¿qué hizo? Rut dijo estas palabras: “tu pueblo será mi pueblo, tu camino será mi camino y tu Dios será mi Dios” (véase Rut 1,16).
Rut no conocía a Dios; Rut conocía a Noemí, pero Rut le dijo a Noemí: “Tu Dios será mi Dios” (véase Rut 1,16), y eso es lo mismo que nosotros le decimos a Dios, así se empieza en este caminito, cuando uno le dice a la persona que quiere acercarlo a Dios, le dice: "Mire, yo no entiendo nada, no entiendo, muchas veces no comprendo, pero yo quiero que ese Dios que está obrando en usted, obré también en mí”.
Ese es el comienzo, así empieza la fe y ustedes pueden en este día,} decirle esa palabra a Dios, y puede decírmela a mí, usted puede en este momento decir en su corazón: “Ese Dios que hace esas maravillas, ese es el Dios, que yo quiero que habite y reine en mi alma; ese es el Dios que va a ser mi Dios", "porque tu Dios será mi Dios, tu pueblo será mi pueblo, tu camino será mi camino" (véase Rut 1,16).
Es maravilloso encontrar esa puerta; uno al principio no entiende nada, pero hay que pegarse a alguien. Esto también es una enseñanza de la Escritura.
Rut, no cogió un avión, que no lo había, o una flota, y llegó a Jerusalén a decir: “Aquí estoy, recíbanme, quiéranme"; Rut se pegó a alguien, esta es la importancia de la comunidad cristiana, del grupo de oración, de la comunidad parroquial.
En la comunidad parroquial está Noemí, en el grupo juvenil está Noemí, en el grupo de oración está Noemí; si tú te pegas al grupo, únicamente diciendo: "No entiendo, pero yo quiero que lo que le ha pasado a esta gente me pase a mí", Dios te mirará a ti con amor, y Dios va a decir: “Como recibí a Rut, así hoy recibo a Jaime, a Claudia, a Ernesto, a Santiago, a Adriana, hoy te recibo".
"Pero yo soy un extranjero, porque yo no entiendo nada de esto"; "no importa, vas en el camino"; así se empieza por la fe y por el amor, pero luego es necesario seguir el ejemplo de Rut.
¿Qué hizo Rut, Rut dijo: “Bueno, denme mucha plata que quiero hacer bastante mercado? Eso no fue lo que hizo Rut. Rut dijo: “yo no tengo campo", porque ella era extranjera, "yo no tengo campo, yo no tengo dónde cultivar, yo no tengo un lote, no tengo nada, déjenme ir detrás de los que saben, que alguna espiga puedo recoger" (véase Rut 2,3)
¡Qué belleza de humildad la de esa mujer! Y eso es lo que tiene que hacer uno cuando uno asiste a una predicación, sobre todo, si está empezando en el camino de Dios.
Uno tiene que tener el corazón de Rut y, tiene que decir: “yo no tengo campo, yo no tengo lote, yo no tengo cultivo, déjenme ir detrás de los que saben, déjenme recoger las espigas que van quedando, algo servirá para alimento de mi corazón" (véase Rut 2,3)
Y si tú haces eso, si tú te vas detrás de los espigadores, y vas recogiendo una semillita y un granito, hay alguien que te mira desde el cielo, en el caso de Rut, esa persona se llama Joas; en el caso tuyo, hay Uno que es sucesor de Joas, porque Joas fue bisabuelo de David y, por consiguiente, Joas fue antecesor de Cristo, según la carne; ya no va a ser Joas el que te va a mirar con amor; va a ser el sucesor de Joas,¡Jesús!
Jesús va a mirar que tu estás recogiendo espiguitas, como Rut, detrás de los espigadores, ¿quiénes son los espigadores? Los espigadores son los cristianos maduros, los que ya saben cómo se hace el pan, los que ya comen el pan de la vida, y ¿quién es Rut? Rut eres tú, que vas detrás de los espigadores, recogiendo un granito, una espiguita, para hacer tu pequeño pan; tal vez, tú no lo sabes, pero ya, Jesús te está mirando.
Jesús ve que tú estás tratando de recoger, aunque sea una espiga. Jesús sabe eso, y por eso, Jesús te dice a ti lo que le dijo a Rut, lo que Joas le dijo a Rut, ¿qué le dijo? “No te vayas a otros campos, no vayas a otras religiones, no te vayas a otras sectas, no te pierdas, quédate en mi campo; yo, ya he mandado que nadie te moleste, y si tienes sed ve y bebe” (véase Rut 2,8).
¿No es lo mismo que dice Jesús, “el que cree en mi, de su corazón brotaran torrentes de agua viva"? (véase San Juan 7,38) Lo que dijo Jesús, lo había anticipado Joas: “No te vayas a otros campos, no te pierdas en otros caminos, quédate en mi camino, recoge las espigas” (véase Rut 2,8).
¿Y qué vamos hacer nosotros de ver la ternura que tiene Joas? Es decir, la misericordia que tiene Jesús, ¿qué vamos a hacer nosotros? Vamos hacer lo mismo que hizo Rut, nos vamos a postrar ante Joas, pero ya no es ante Joas, sino ante su antecesor, el descendiente de Joas, que es Jesús, y le vamos a preguntar, "¿pero, por qué tú me quieres tanto si yo soy un extranjero? ¿Si yo no era de los tuyos, ¿tú por qué me quieres tanto?"
Ahí es donde uno descubre esa maravilla que se llama la gracia, el amor de regalo. Y Rut fue obediente, fíjate los pasos fe, amor, humildad, obediencia. Rut fue obediente, no se fue a otros campos, se quedó a donde Joas, se maravilló de que él la amara, y Joas se enamoro de Rut, se casó con ella.
Jesús se enamoró de tu corazón, Jesús amó tu alma, Jesús quiere casarse contigo, en desposorio místico de santidad, ¿y cuál va a ser la fecundidad que nace de ahí? Esa es la fecundidad que para Joas fue el rey David y que para nosotros es el pueblo de Dios; así, nos volvemos fecundos para Dios. Rut no tenía esposo, era estéril; se unió a Joas y fue fecunda.
Nuestra vida, cuando estamos lejos de Dios, es estéril, pero cuando llegamos donde el verdadero Joas, que es Jesús, y Él se enamora de nosotros, y nos hace fecundos, ya no somos estériles, ya no perdemos los días, los meses y los años, ya no desgastamos nuestras fuerzas en nada; ahora, sí que se cumple en nosotros la enseñanza del profeta Isaias: “¿Por qué malgastáis el dinero en lo que no alimenta? Venid y comed de balde manjares suculentos y vinos generosos" )véase Isaías 55,2); ¿por qué gastas tu vida en lo que no vale la pena?.
¡Qué cara te sale la vida y qué difícil asi! Acércate al que te ama gratis, acércate al que te ama con amor de gracia, que se llama Jesús, descendiente de Joas, acércate a Él, póstrate como Rut ante Él, y dile: "¿Por qué me amas tanto?" Y Joas te va a responder, es decir, Jesús te va a responder: “No te vayas, no te vayas, quédate en mi campo, come de mis espigas, que nadie te va a molestar, come de mi alimento, crece a mi lado, aprende a ser fecundo junto a mí.
Hermanos, estas son las preciosas promesas que Dios tiene para nosotros, en este día.
Yo quiero que hoy nadie se vaya de esta iglesia pensando: “Soy un extranjero, Dios no se ocupa de mí; ese mensaje es para otras personas”; tal vez hay homilías que eran para otras personas, pero esta homilía era para ti, precisamente para ti, que te sientes o te sentías lejos. Mira cómo hay alguien que cuida tus intereses, que tiene espigas y pan para saciarte, y que tiene agua abundante para calmar tu sed.
Si Señor Jesús. Postrado en tu presencia como Rut, quiero darte gracias, porque yo no tenía campo, porque yo no tenía tierra, porque me sentía extranjero en todas partes, porque no encontraba sitio ni lugar; hoy descubro que tu iglesia es mi campo, aunque, yo me sentía extranjero; hoy descubro que tus espigas son mi pan y mi alimento, aunque, yo me sentía extranjero, hoy descubro que tu agua abundante es la sanación de mi sed, aunque, yo haya despreciado esa agua en medio de mi locura, vengo a decirte ¡gracias! vengo a decirte, que “quiero amarte, que quiero quererte”
No me explico, ¿por qué tú me amas tanto? yo siento lo que sintió Rut, siento que me amas mucho, mucho. Y, yo soy, sólo, un extranjero, por eso te alabo Jesucristo y te pido que me des el abrazo de tu misericordia y de tu amor.
Te amo Jesucristo, te acepto Jesucristo, he escuchado la recomendación que tu me haces “no te vayas a otros campos” y, por eso, aquí estoy en tu campo, para comer de tu espiga, para beber de tu agua.
Jesús, así como Joas cuidó a Rut, y la amó, y un día la abrazó y la besó y se casó con ella; Jesús cuídame, soy débil, soy pequeño, me puedo perder fácilmente, me siento extraño y extranjero; cuídame, guárdame en tu sonrisa, en tu abrazo, en tu amor; cuídame, dame la ternura y la pureza de tu beso; cuídame, guárdame en tu palabra, en tu espiga, en tu sendero; cuídame, dile a tus siervos que me protejan; cuídame, cuídame, no me dejes, no me dejes, lobos feroces, tinieblas pavorosas, me amenazan, no me dejes, no me dejes, no me dejes; cuídame, guárdame, abrázame, quédate siempre conmigo, como Joas se quedó con Rut, quédate tu conmigo, quédate conmigo, y hazme fecundo, que mi vida no se vaya perder.
Que mi paso en esta tierra no sea estéril, hazme fecundo, permite que de mi nazca la vida, guárdame, cuídame, Jesús; vengo con la humildad de que soy capaz, yo me humillo; en este momento, yo creo en tu palabra y tu palabra dice: “el que se humilla será ensalzado, yo me humillo, pero solo quiero ser levantado por tu amor; no serán mis piernas, no serán mis fuerzas, no serán mis ideas, ni mi orgullo, ni mi soberbia; vas a ser tu quien me va a levantar, vas a ser tu quien me va a transformar.
Jesús, frente a esta imagen que me recuerda el episodio más grande de tu amor, la sangre de la cruz; frente a esta imagen te digo “soy tuyo y tuyo quiero ser” aguárdame, protéjeme, no me dejes ir a otros campos, dile a tus siervos que me protejan, dile a tus campos que me alimenten, dile a tus ríos que me den de beber; soy débil, soy pequeño y tengo enemigos; no me dejes perder, no me dejes perder, guárdeme en tu corazón, escóndeme como Joas escondió en su regazo, a los pies de su cama, a Rut; escóndeme, Tu a mi, escóndeme Señor, guárdame muy cerca de tu corazón; donde ninguna flecha del enemigo me alcance, donde los dardos venenosos de Satanás no me alcancen, donde las burlas no tengan poder sobre mí.
Guárdame donde el crujir y el llanto y la protesta de la carne no me importen, guárdame, escóndeme en tu costado; llévame a la recámara de tu alma y de tu corazón; protégeme en tu sonrisa, en tu mirada, en tu palabra, en el don del espíritu Santo, que tu varias veces representaste, con el soplo de tu aliento divino, en tu aliento, en tu beso, en tu abrazo, en tu regazo, en tu costado, en tu corazón, junto a ti en este lecho de amor es que es la cruz cuídame.
Me postro ante ti, me humillo, cuídame; soy tuyo Jesús y tuyo quiero ser; guárdame, protégeme, hazme fecundo, y esto que pido para mí, lo pido no sólo, porque te necesito, que es verdad, sino lo pido, porque hay un pueblo Señor aquí, a mis espaldas, un pueblo que necesita que tu lo recibas, como recibiste a Rut.
Mira a todos los que están postrados en este momento; míralos, míralos señor y dales el abrazo de tu amor y de tu ternura; tócalos, como has tocado mi corazón; incéndialos en tus fervores, como has incendiado mi alma, con el poder del Espíritu.
Ten piedad, ten piedad Señor, ten piedad de este pueblo, que, aquí junto a mi está postrado, Señor para decirte, que sin ti nada somos, que solo tu palabra, solo tu pan, solo tu bebida, puede transformar nuestra vida.
Tengan la bondad, mis queridos amigos, de repetir después de mí. “Señor Jesucristo, tuyos somos; tuyos queremos ser. Señor Jesucristo, tuyos somos; tuyos queremos ser. La última vez, Señor Jesucristo, tuyos somos; tuyos queremos ser.
Amén.