I204001a
Fecha: 19970821
Título: Las victorias que son derrotas
Original en audio: [12 min. 52 seg.]
CONTINUARÁ LA REVISIÓN
El libro de los jueces narra acontecimientos de una época muy antigua de Israel, de hecho, parece que el texto escrito más antiguo de la Biblia pertenece al libro del los Jueces, se encuentra por allá en esos cánticos de Débora y de Barac, de acuerdo con los estudiosos, algunos de esos versículos son los más antiguos de toda la Sagrada Escritura.
Una época en la que Israel se establece en la tierra que Dios le había prometido, una época de grandes fluctuaciones. El mismo libro de los Jueces hace al principio como una especie de balance de ese tiempo, y dice que: "cuando Dios los hacía morir lo buscaban" Categoría:Jueces .
Cuando el pueblo se sentía libre de peligros exteriores, caía en infidelidades interiores y cuando sus infidelidades a la alianza lo presentaban desvalido ante los otros pueblos y se convertía en presa de la rapiña, entonces clamaban al Señor que enviaba otro Juez y ese juez los liberaba, y cuando se sentían libres, volvían a recaer en el pecado, y entonces volvían a gritar al Señor y el Señor enviaba otro juez, y cuando se sentían libres, y así sucesivamente.
Esa es la triste historia del libro de los Jueces. Esta triste historia repetitiva, cíclica, trae una enseñanza muy profunda para nosotros.
Vamos a decirla de este modo: el ser humano no soporta una tierra prometida. El ser humano, después del pecado de nuestros primeros padres y de la cadena de pecados y males que de ahí se han seguido, el ser humano no soporta una tierra prometida, el ser humano no soporta una prosperidad integral, no la soporta en esta tierra, porque en cuanto su corazón siente que está viviendo en un paraíso, vuelve a encontrarse con la serpiente.
Fíjate que en aquél relato del Génesis, Adán y Eva fueron echados del paraíso, pero la serpiente no, la serpiente sigue en el paraíso. Y eso es lo que nos prueban estos relatos de los jueces: cuando la especie humana quiere construirse un paraíso, cuando queremos no tener problemas, que no haya ninguna dificultad, nos encontramos otra vez con la serpiente.
Y por eso, cuando Dios puso aquél querubín de espada llameante a la entrada del paraíso para que no se devolvieran al paraíso Adán y Eva, ni desde luego que sus descendientes, eso no fue porque Dios estuviera bravo: "Estoy bravo, y por consiguiente, ahora les quito su juguete; ya no pueden jugar más.Se acabó la dicha, se acabó el recreo, quedan castigados".
Como cuando los papás les dicen a los niños: “-Queda sin televisión”, y el niño dice: “-¡No, pero papá!” "-¡Sin televisión! Quedó castigado, perdió el derecho a la televisión". Entonces, uno se imagina que con Dios va a suceder más o menos lo mismo; es decir, uno se imagina que Dios también se va a poner bravo, y que Dios también va a castigar a la gente; pero no.
Ese querubín, con esa espada de fuego, es una imagen de la misericordia de Dios, y si Dios los sacó del paraíso y si Dios les prohibió volver al paraíso, no fue por rabia, sino por amor, por misericordia.
Después del pecado, después de que le hombre cree saber qué es lo bueno y que es lo malo, después de que el hombre asigna el bien y el mal a su antojo, ya el paraíso es un lugar de muerte, es un lugar destrucción.
Esto es lo que nos muestra precisamente el libro de los Jueces. Nos muestra cómo cuando llegaba la prosperidad, recaían; y cuando llegaba la cruz, -es un anuncio de la cruz-, cuando llegaba el dolor, entonces, buscaban a Dios.
El libro de los Jueces en este sentido es como una especie de resumen de la Escritura, porque lo que nos está contando es que el camino de la salvación ya no es el paraíso, sino la cruz. Y La prueba de que esta salvación, que tenían los jueces o que daban los jueces, era una salvación muy mediocre, muy cuestionable, muy insuficiente, la prueba más dramática la tenemos en lo que hemos escuchado hoy.
Uno se pone a pensar en esta historieta, en esta pequeña historia de Jefté y uno dice: "¿Realmente Jefté fue vencedor o fue vencido?" No me refiero al hecho de que haya perdido su hija simplemente. La cosa es más profunda.
Esas costumbres de andarle ofreciendo niños a los dioses, para lo cual pues había que sacrificar al muchachito y quemarlo y en fin; esas costumbres no eran costumbres israelitas.
Si recordamos bien en el Pentateuco, allá en el Levítico, en Deuteronomio, se prohíbe expertamente los sacrificios humanos, están prohibidos: "No habrá entre vosotros quien pase por el fuego a su hijo o a su hija" Deuteronomio 18,10.
¿Qué quiere decir esto? Que mientras que Jefté estaba venciendo militarmente a los amonitas, y por eso puede decir aquí la Escritura: "Fue una gran derrota, y los amonitas quedaron sujetos a Israel" Jueces 11,33; mientras Jefté estaba venciendo militarmente a los amonitas, los amonitas estaban venciendo religiosamente a Jefté.
Es decir, Jefté, cada vez más era un general vencedor, militarmente la gloria; pero cada vez más era menos israelita, cada vez más su fe se confundía con las creencias, con las supersticiones, con la magia, con los ritos de esos otros pueblos, de los pueblos vecinos a Israel.
O sea que esta victoria no era una victoria completa. Sí, es verdad que quedaban los amonitas muertos por el camino, pero también los israelitas quedaban muertos, por lo menos la hija de Jefté quedó muerta.
De manera que estas victorias que son las que a uno le gustan, es decir: "Los aplastamos, los vencimos, somos los ganadores, ellos quedaron sujetos a nosotros; esa no es la victoria que le gusta a Dios.
Pude decirse que la enseñanza del texto de hoy es esa, es la respuesta a la pregunta: ¿cuál es la victoria que le gusta a Dios?
A los israelitas les encantaban estas victorias: "Nos paseamos, los vencimos en todas las ciudades, los aplastamos y quedaron sujetos a nosotros".
Aparentemente, una gran victoria; pero el corazón se llenó de soberbia, el corazón se llenó de razones solamente humanas, y el corazón contaminó su fe con la fe de los vencidos. Quién es el vencedor aquí? No es Israel, es Amón; los amonitas son los verdaderos vencedores aquí.
Entonces las enseñanzas para nosotros cuáles son? Que hay muchas victorias que son derrotas; y que hay muchas derrotas, como la de la cruz, que en realidad son victorias.
Vamos a terminar esta reflexión tratando de dar algún criterio para distinguir cuándo una victoria es una derrota y cuándo una derrota es una victoria, porque con ese criterio se puede avanzar mucho en la vida de la gracia, mucho.
¿Cuál es la característica de una victoria que en realidad es una derrota? Está retratada en el texto que hemos visto aquí: El ser humano siente su grandeza: "Lo logré completamente".
Esas son las dos características. Primero, que parece una gran victoria, completamente derrotado Amón; y segundo, que la gloria es más para el ser humano que para Dios. "Logré una gran victoria, yo soy el juez de Israel" [[ ]].
Entonces hay que tener cuidado, porque cuando tenemos unas victoria, en la cual sentimos que nosotros hemos sido como los protagonistas, y sobre todo, cuando creemos que el mal está completamente aplastado, sobre todo eso, cuando creemos que el mal está completamente aplastado, ahí somos más vencidos que vencedores.
¿Cuántas veces le ha pasado a uno eso en la vida espiritual? Que uno cree que ya superó tal o cual pecado: "Bueno, ya, es la verdad, hace tantos meses que no caigo en tal o cual pecado", no más diga eso, para que usted vea cómo prontamente uno recae.
"Verdad, tanto tiempo que yo no digo ni un chismecito, yo creo que eso tampoco tanto rigor". Cuando uno cree que el pecado, que el mal, que el enemigo está completamente vencido, se engaña, y esa victoria se le convierte en derrota, esa es la primera enseñanza, el primer criterio.
Y ahora, ¿cuándo una derrota parece victoria? Pues eso no nos lo da directamente el texto que hemos escuchado, pero lo podemos obtener de otros textos. A mí se me ocurre, por ejemplo, aquello que San pablo dice en la Segunda Carta a los Corintios. Los Corintios se sintieron humillados y dolidos por las palabras de San Pablo y muchos de ellos lloraron, se arrepintieron, tuvieron ese corazón contrito.
¿Cuál es la derrota que en realidad es una victoria? Aquella que le da a mi corazón, al mismo tiempo, –atención–, al mismo tiempo, la humillación y la confianza fundada en Dios.
La sola humillación, no; la confianza en Dios, tampoco si no va acompañada de la humillación; pero si mi corazón se siente humillado en su presencia, pero siento al mismo tiempo, al mismo tiempo una profunda confianza en Él, aunque las cosas parece que salen mal, aunque la enfermedad me aplaste, aunque la vejez me amenace, aunque la incomprensión me rodee, aunque las fuerzas me falten, esa es mi victoria.
En eso estaba pensando San Pablo cuando dijo “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” 2 Corintios 12,10.
Que Dios nos conceda verdaderas victorias y que no permita que seamos engañados, como lo fue Jefté en este texto, con falsas victorias que en realidad son derrotas.