I201002a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19990816

Título: Cuando tengamos alegria en la tribulacion, quedaran sanadas las divisiones del corazón humano.

Original en audio: [11 min. 05 seg.]


Las lecturas de este día tienen algo en común, nos presentan el conflicto, la división que a veces experimenta el corazón humano. Pensemos en ese tiempo en que se inscribe el relato del libro de los Jueces: los israelitas han entrado en la tierra prometida, ha sido una victoria de Dios; sin embargo, su corazón ante la abundancia de esa tierra, se divide; el corazón queda dividido.

Hay ídolos como "Baal y Astarté" Jueces 2,13, que atraen a esos corazones israelitas, y el pueblo está como en un vaivén: si tienen prosperidad, se vuelven idólatras; si tienen adversidad, se quejan.

Entre las quejas de la adversidad y la idolatría de la prosperidad, el corazón de estos israelitas es inestable, como el oleaje del mar; inestable como un péndulo; pero hay que mirar en ese movimiento, no sólo algo que les pasó a ellos, sino que nos pasa también a nosotros.

Muchas veces, los tiempos de prosperidad son tiempos de poca cercanía con Dios, son tiempos de rutina en la espiritualidad. Es difícil, es bien difícil encontrar a una persona que tenga salud, que tenga trabajo, que tenga los bienes materiales asegurados, que sea apreciado, querido, aceptado; que tenga amistad, cariño, que tenga, por decirlo así, todos esos bienes de esta tierra y que, al mismo tiempo, tenga un solo, profundo, quemante amor por la gloria de Dios.

Es muy difícil encontrar una persona así, lamentablemente; los tiempos de prosperidad y de tranquilidad, cuando todo el mundo nos acoge, cuando todo sale bien, lamentablemente, esos tiempos suelen ser tiempos de tibieza espiritual, o, por lo menos, de falta de celo.

La carne humana se acostumbra muy pronto a ser consentida, a ser cuidada, a ser mimada; y por eso, cuando las cosas salen bien, es difícil el lenguaje de la penitencia, del esfuerzo, del ardor por las cosas de Dios; cuando las cosas salen mal, entonces, como los Israelitas, suplicamos, rogamos, nos quejamos ante Dios; por eso digo, el corazón humano, como un péndulo, se mueve entre las quejas de la adversidad y las idolatrías de la prosperidad.

Una división semejante es la que aparece en el evangelio. Aquí tenemos a un hombre que es joven; de acuerdo con lo que dice un relato paralelo al que hemos escuchado hoy, un hombre joven que le pregunta a Jesucristo sobre la vida eterna.

Él tiene ya vida y tiene una buena vida; sabemos que tiene vida, porque es joven, aquí lo dice, también, al oír estas palabras, el joven, él conoce que tiene vida; además tiene muchos bienes, tiene una vida buena, pero él no quiere una vida buena, él quiere una vida eterna.

Su corazón, de algún modo, no se siente saciado con los bienes de esta tierra; en esa inquietud, en esa pregunta de este muchacho, es importante que nosotros despertemos nuestra propia pregunta.

Si él, que tenía juventud, salud y bienes, todavía hace esa pregunta, es porque el ser humano tiene dentro de si una sed, una inquietud incansable de la que nos habló San Agustín en esa frase, que no podemos sino repetir: “Nos hiciste, Señor, para t; nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti.”

Es esa sed la que descubre este muchacho; tiene sed no de una vida buena, sino de una vida eterna; no de una vida por cuotas, sino una vida que sea “tota stimulus, perfecta posesión”; como definió Boecio a la eternidad: “Una posesión total, completa, simultánea de todos los bienes”

Quisiéramos tener los bienes juntos, quisiéramos tener plenitud de vida; y por eso, este muchacho le pregunta a Jesús. Jesús lo pone en la ruta de la donación de sí mismo; Jesús lo pone en la ruta de la cruz: "Vende lo que tienes, dáselo a los pobres" San Mateo 19,21, cambia una alegría por otra; "¿quieres tener las alegrías superiores? ¿Estás dispuesto a sacrificar las alegrías menores por las mayores?" Esa es la pregunta de Jesús.

Y este corazón está inquieto, porque busca felicidad; pero está también dividido, quiere la máxima felicidad, pero no está dispuesto a pagar el precio. Ese es el corazón de este muchacho; un corazón que está dividido, no haya qué hacer, quiere la máxima felicidad, pero no quiere el camino para llegar a esa máxima felicidad.

Es lo que dice San Juan de la Cruz en alguno de sus escritos: “Buscar la plenitud de Dios, es de muchos; buscar el camino para la plenitud en Dios, es de pocos”; queremos la meta, pero no queremos el camino. Somos contradictorios, no aceptamos el camino que Dios nos propone; quisiéramos llegar como transportados en alas de águila; quisiéramos llegar como acarreados en helicóptero, queremos que nos saquen de aquí y nos pongan allá.

Y Dios, en cambio, tiene una propuesta distinta: quiere que recorramos el camino, y por eso, también el corazón de este muchacho queda dividido. "El joven se marchó apenado, porque tenía muchos bienes" San Mateo 19,22. Es la frase más graciosa de la Biblia. Por fin, alguien que resulta apenado por sus bienes, no por sus males; o sea que hay un progreso entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

En el Antiguo Testamento, los israelitas se apenaban cuando les llegaban los males; Cristo obra de tal manera, incluso produce pena cuando llegan los bienes, si esos bienes van a tener poder sobre nosotros; el hecho, es que en ambas lecturas, está el corazón humano dividido.

Los israelitas, porque quieren los bienes de Dios; pero no aceptan ser, solamente, del Dios que les da esos bienes; y este muchacho del evangelio, porque quiere la vida eterna que Dios le otorga, pero no quiere que Dios le otorgue el camino para esa vida eterna.

Yo creo que, en estos dos espejos, nosotros podemos leer, podemos encontrar muchas realidades nuestras; creo que nos podemos retratar en esos israelitas, que se vuelven tibios cuando Dios más los consiente; o, en este muchacho, que se va apenado de la oferta de la cruz de Cristo. Seguramente nosotros nos podemos identificar con estos israelitas, o con este muchacho.

Las lecturas hoy no nos dan como más esperanza que esto que hemos dicho; puede decirse que, lo que nos han presentado, es un diagnóstico; pero nosotros no estamos solamente escuchando lecturas, estamos celebrando el Sacrificio Eucarístico, y por eso, en el pan que se nos da, se completa esta liturgia. En la comunión del sacramento se perfecciona y encuentra respuesta en lo que aquí ha quedado preguntado y planteado.

Nosotros, por nuestras fuerzas, no tenemos el poder de unificar el corazón; uno quisiera unificar el corazón, pero no podemos, estamos divididos; llega Jesús a nuestras vidas, y hace de su humildad riqueza, con lo cual el tiempo de adversidad se convierte en tiempo de júbilo, y de esta manera, el corazón sana sus divisiones.

El que sabe alabar a Dios, el que sabe humillarse, precisamente, cuando es excluido, cuando las cosas salen mal, cuando no lo entienden, cuando no lo comprenden; el que encuentra su júbilo y su alabanza en esos momentos, ese es indestructible, ese tiene el poder de la victoria de Cristo.

El pan que llega a nuestra boca y a nuestra vida, el pan eucarístico es un pan crucificado, es un pan molido; comulgar significa aceptar ese pan molido, ese pan triturado; nosotros acogemos ese pan que ha pasado por el horno de la cruz, y de él recibimos fuerza, para también nosotros, alegrarnos en las tribulaciones,

Sólo, cuando tengamos alegría en la tribulación, quedarán sanadas las divisiones del corazón humano; sólo cuando tengamos nuestro descanso en la cruz, como escribía Santa Catalina de Siena, alguna discípula suya: “Cuando tengas tu descanso en la cruz, ahí serás verdadera discípula de Cristo.”

Avancemos, con la bondad, con el poder del Espíritu, y con el alimento eucarístico; avancemos hacia esta meta, para que nuestro corazón, sin división alguna, se entregue al amor de Dios, y le dé gloria por los siglos.

Amén.