I186001a
Fecha: 19990807
Título: ¿Cabe el disgusto en Jesucristo?
Original en audio: [16 min. 37 seg.]
Amados Hermanos:
Acabamos de escuchar un evangelio precioso de una curación difícil, una curación que le quedó grande a los discípulos: tuvieron que llevar hasta Jesús el caso. Pero finalmente se logró la curación, pues a Cristo no le quedó grande.
Primera enseñanza del día de hoy: a Cristo no le quedan grandes los casos. Tal vez le pueden quedar grandes a algunos discípulos de Cristo. Hay veces que nos decepcionan los discípulos de Cristo, y toca apelar, toca elevar súplicas a una instancia superior. A Cristo ningún caso le queda difícil.
Jesús contestó: "Generación perversa e infiel" San Mateo 17,17; estas palabras no eran muy amables. "¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros?" San Mateo 17,17; estas palabras casi son agresivas. "¿Hasta cuándo os tendré que soportar?" San Mateo 17,17; esas palabras son agresivas, son palabras duras, que nos muestran a un Jesús impaciente.
Como predicador del Evangelio, tengo el deber de fijarme en esas palabras. Porque cada vez que en la Palabra de Dios aparece algo que es inusitado, tenemos dos opciones: hacer de cuenta que eso no se leyó, y volver a las enseñanzas y los tópicos de siempre, o tratar de escrutar, con la ayuda del Espíritu Santo, y siguiendo el ejemplo de la Santa Virgen María que meditaba todo en su Corazón, qué es lo que nos está diciendo la Palabra de Dios.
Aquí nos aparece un Cristo fuerte, vigoroso, casi diríamos disgustado e impaciente: "¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros?" San Mateo 17,17. Yo me imagino la actitud de los discípulos ante este regaño, porque esto en español se llama regaño, vaciada.
Ante este regaño o vaciada, ¿qué dirían los discípulos? Acaban de rogar por el niño enfermo. Era un niño que tenía epilepsia, pero era una epilepsia complicada, con factores no médicos. Por ejemplo, daba la casualidad que cuando el niño caía, tendía a buscar su autodestrucción.
Y los discípulos acaban de orar por el niño. Los discípulos ya se habían acostumbrado a que las oraciones eran eficaces. Les traían casos arduos: "En el Nombre de Jesús, ¡sal espíritu maligno!"; se iba el espíritu maligno, y el discípulo sentía: "¿Se da cuenta? Es que..., ¡discípulo de Jesús!" "En el Nombre del Señor, ¡levántate!"; se levantaba: "¿Se dan cuenta? ¡Discípulo de Jesús!"
Pero en este caso: "En el Nombre del Señor, ¡sánate!", y seguía el problema; "¡vete!", y no se iba; "¡cúrate!", y no se curaba. Ya estaban estos discípulos muy confundidos y nerviosos, pensando qué estaría pasando, y llega Jesús con semejante regaño: "¿Hasta cuándo tengo que soportar esta generación perversa e infiel?" San Mateo 17,17.
En esos momentos los discípulos decían para sus adentros: "Trágame tierra, trágame". Querían desaparecerse del mapa. Pero cuando ellos se iban a escabullir, les dice Cristo: "Traédmelo" San Mateo 17,17.
Es que Cristo es a veces tremendo. "Traédmelo" San Mateo 17,17; "traédme vuestro fracaso". ¿Si se dan cuenta? "Traédmelo" San Mateo 17,17; eso es un imperativo en plural, y ¿a quién dice esto? Pues lo dice precisamente a esos discípulos que no han podido resolver el problema.
Hay que aclarar algo sobre esta enfermedad. Algunos sacerdotes niegan la existencia del demonio. Están equivocados. El demonio existe como ser personal; es una potencia oscura, maléfica, personal. Es un ángel caído, existe.
El demonio no es un nombre para el mal del mundo, el demonio no es un nombre para el egoísmo humano, el demonio no es un nombre para el rencor o para la envidia. El demonio, como ser, existe. Esto lo han declarado abiertamente los Papas.
Pero muchos teólogos, de los que no creen en el demonio, porque hay otros teólogos que sí creemos que existe el demonio, se apoyan en este pasaje para decir: "¿Si ve cómo las posesiones eran en realidad enfermedades neurológicas o mentales?" Están equivocados.
Una enfermedad neurológica tiene sus propias manifestaciones, que no llevan a la persona a la autodestrucción como sucede aquí, y que además, no dependen de la presencia de Jesús; mientras que los ataques del demonio a este muchacho, como sabemos por los textos paralelos en los otros evangelios, sucedían especialmente en algunas circunstancias; digamos, ante la presencia de Jesús le daba ataque.
Esto trae para nosotros una enseñanza: Hay que curar las enfermedades, pero también hay que expulsar los demonios. Son dos cosas distintas, y las dos hay que hacerlas. Algunas veces, esto es lo nuevo que nos trae el evangelio de hoy en este sentido, los dos problemas están combinados.
En ciertas ocasiones, junto a la enfermedad física o mental, hay un problema de interferencia maléfica. Por eso nosotros creemos, que con prudencia, sin fanatismo, tenemos que saber que en muchos casos se necesita un auxilio verdaderamente espiritual para erradicar los males en su origen.
Hecha esta aclaración, volvamos a las palabras extrañas de Jesucristo, a la vaciada de Jesucristo: "¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros?" San Mateo 17,17. Estas palabras duras de Cristo sirven para dos cosas. Primera, para que no nos hagamos una imagen sólo romántica del Señor. Cristo es amable, pero no pendejo; Cristo es dulce, pero no tonto; o con esa otra frase que conocemos, es manso, no menso.
Cristo no es un falto de carácter, ni Cristo es de aquellos que por cortesía, quitan el nombre a las cosas. Esa generación que conoció Cristo, era una generación perversa e infiel; esos son los nombres.
Una de las características de la obra del Espíritu, es que permite darle el nombre a cada cosa. Las cosas tienen su nombre, y recuperar el nombre de las cosas es una manera de recuperar la verdad de las cosas. Cambiar el nombre a las cosas es una de las estrategias satánicas para hacer avanzar el pecado.
Van ejemplos: Interrupción voluntaria del embarazo; eso en castellano se llama aborto voluntario. Pero cómo se le va a decir a una niña que aborte. ¡No! Eso suena mal. Digámosle más bien: "Tú eres una mujer; tuyo es tu cuerpo; tu sexualidad te pertenece. Tú eres dueña de ti, puedes interrumpir según tu criterio y tu voluntad, tu embarazo. De esa manera, tu embarazo, que será interrumpido por tu voluntad, hará que tu personalidad...".
Con ese discurso se pueden lograr muchas cosas. Si se le hubiera dicho a esa niña: "Oye, ¿por qué no abortas?" La niña seguramente hubiera visto la crudeza de su situación, del crimen que iba a cometer, y se hubiera detenido. Entonces se le dan otros nombres. El cambio de los nombres es una estrategia perversa. Jesucristo nunca la utilizó; las cosas tienen su nombre.
Si hay que hablar, por ejemplo, de corrupción administrativa; eso se llama así, se llama corrupción administrativa, no se llama que "el señor es de avanzada, tiene criterios administrativos audaces, y por eso, con unas políticas nuevas, logra que la empresa salga adelante".
Hay que darle el nombre a las cosas; es muy importante darle el nombre a las cosas. Y pido el favor a los padres de familia, que enseñen a sus hijos a darle el nombre a las cosas. Es uno de los modos de vivir en la verdad.
Pero eso todavía no explica todo el disgusto de Jesucristo: "¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros?" San Mateo 17,17. Esas son palabras de una persona que siente impaciencia, que siente disgusto, que siente ira. Y uno se pone a pensar: "¿Es que cabía la impaciencia, el disgusto en Jesucristo?" Pues hombre, no lo mires más, ahí te lo está diciendo el evangelio: ¡Claro que cabe!
San Pablo lo recomienda; San Pablo dice que la ira, el disgusto, en ciertos momentos, en ciertas circunstancias cabe, y claro que cabe. Pero fíjate cómo lo dice San Pablo: " Airáos, disgustáos, pero no lleguéis a pecar" (véase Carta a los Efesios 4,26). Es importante tener una cierta dosis de coraje, y el coraje también tiene que ver con la ira.
Este mundo no va a cambiar con un poco de gente acomplejada. La gente acomplejada, tristona, cobarde, encerrada en sí misma, la gente miedosa, que no sabe llamar las cosas por su nombre, y que está negociando continuamente con el mundo, esa es la gente inútil para el Evangelio. Es necesario aprender a tener cierto coraje.
Yo sé que en esta asamblea hay abogados: "Señor abogado, si usted es cristiano, si usted cree en Jesucristo, si Jesús es el Rey de su corazón, usted tendrá que estar de acuerdo conmigo, ¿en qué? En que en este país, si usted no se arma de coraje, de resistencia, de firmeza, de fuerza, usted no saca adelante la justicia". Y eso lo dijo ya Santo Tomás de Aquino; dijo Santo Tomás: "Una dosis de ira a veces es necesaria para defender la justicia".
Y por eso las personas que nunca tienen rabia por nada, son las personas que se acomodan a todo. Traidores se llaman esos, traidores de Cristo, traidores de la Iglesia, traidores del Evangelio. Hay que saber disgustarse, hay que saber pararse, hay que saber no negociar, hay que saber detenerse, y hacerle saber a los demás con claridad: "Jesús, no lo voy a hacer".
Nosotros los cristianos, fuéramos claros como Jesucristo, nítidos como Jesucristo, no tendríamos el escándalo que vive nuestra patria, una patria, donde una cantidad de personas corruptas, no son todos, pero una cantidad de corruptos, han sido educados por la Iglesia, han salido de colegios católicos, de universidades católicas, y no quiero decir que algunos de esos siguen asistiendo a grupos de oración, a cenáculos, y a rosarios.
Tétrico me parece, que nos estemos acostumbrando a acomodar las cosas, y que interpretemos la humildad, la mansedumbre, y la dulzura, como la oportunidad para dejar que el mal prospere.
¡Claro que Cristo tuvo impaciencia! ¡Claro que la tuvo, y claro que tuvo ira, y claro que se la hizo sentir a los discípulos! ¡Bendito Jesucristo! Con estas palabras hizo recapacitar a sus discípulos.
¿A ti quién te dijo que Cristo siempre iba a estar a gusto con lo que hicieras? Mientes, traicionas, y ¿tú crees que Cristo está muerto de la risa contigo? Cristo nunca va a dejar de amarte, pero eso no significa que todo lo que tú haces le gusta a Cristo; Cristo nunca va a dejar de quererte, pero eso no significa que Cristo aprueba todo lo que tú haces, todo lo que tú eres, todo lo que tú piensas, y todo lo que tú dices.
No confundamos la misericordia de Dios con complicidad de Dios. Dios es misericordioso, eso lo dice la Biblia en muchos lugares, pero en ningún lugar la Biblia dice que Dios es cómplice. Dios no es cómplice, ni de tu maldad, ni de la mía, ni de mi mediocridad, ni de la tuya.
Cristo a veces nos sacude, a veces nos regaña, a veces nos habla fuerte. ¡Háganme el favor! Vamos a devolverle a Cristo, vamos a devolverle a la Iglesia el derecho de disgustarse de vez en cuando, el derecho a protestar cuando hay que hacerlo, el derecho a no estar de acuerdo y hacerlo sentir de la manera apropiada, para que haya conversión.
Cristo Nuestro Señor, no es un tirano, no es un déspota, no es un torturador, pero Cristo Nuestro Señor, sí es Maestro, y como Maestro sabe en qué momento hay que darle al discípulo la lección, y en qué momento hay que pedir al discípulo la lección.
Vamos a dejar enseñarnos de Cristo, vamos a dejarnos adoctrinar por Cristo. Vamos a ser discípulos de Cristo, pero de día y de noche, en privado y en público, en todas partes. Vamos a ser así discípulos del Señor.
No vamos a creer que su misericordia es complicidad. Vamos a alabar su piedad y su clemencia, pero al mismo tiempo saber, que Dios conoce quiénes somos, y que a Dios nadie lo engaña. Dice San Pablo: "Lo que uno siembre, eso cosechará" Carta a los Gálatas 6,7.
Bendito y amado sea Jesús que nos regala estas palabras, que nos permite descubrir su rostro. Que Él, por intercesión de la Santa y hermosa Virgen María, haga nuestra vida coherente y bella, una vida que Él no solamente ame, porque Él siempre ama, sino una vida que a Él le agrade, porque no siempre le agrada.