I175003a
Fecha: 20070803
Título: Breve catequesis acerca del tercer mandamiento de la Ley de Dios: santificaras las fiestas
Original en audio: [35 min. 33 seg.]
Hermanos Queridos:
Quiero referirme especialmente a la primera lectura, tomada del libro Levítico. El libro Levítico está lleno de normas, lleno de prescripciones rituales, es un libro un poco complicado.
En medio de tantas leyes uno se pregunta cuál es el mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy. Incluso hay personas que sienten que todas esas prescripciones, toda esa legislación, puesto que ya es caduca, no significa nada para nosotros, pero eso sería despreciar las primicias de la revelación de Dios.
La Carta de los Hebreos nos enseña algo que es muy importante, nos dice que hubo un proceso, Dios reveló su Rostro, su amor y su salvación a través de un proceso, un camino.
Y en ese camino Dios nos fue guiando, desde lo que antes era figura, a lo que ahora es la realidad; Dios nos fue conduciendo, desde la percepción de nuestras preguntas más profundas, al descubrimiento de sus respuestas hondas, hermosas y sabias.
Dios primero nos hizo descubrir nuestra hambre para después revelarse como Pan que nos sacia. Dios es el gran pedagogo y por eso es Él el que nos guía a lo largo de las páginas de la Escritura; es Él el que nos va llevando desde la primera Alianza, la Alianza en Moisés, hasta la última Alianza, la Alianza Nueva y eterna en Jesucristo.
Entonces, lo mismo que una familia y una pareja, tienen que recordar con amor y con agradecimiento los comienzos de su relación, los comienzos de su amor, así también nosotros tenemos que recordar con gratitud y con gozo los comienzos de la revelación del amor de Dios, podemos decir, esos primeros momentos, esos primeros tiempos en que Él empezaba a conquistar nuestro corazón.
Esto lo digo para que tengamos en muy alta estima también las lecturas del Antiguo Testamento y para que no vayamos a caer en la pereza que algunos cristianos católicos y no católicos tienen, buscando únicamente lo que es inmediatamente más aplicable a la vida.
Esta lectura del Levítico es un verdadero desafío para una persona como este servidor de ustedes, ¿qué les puedo yo decir de esas ceremonias que ya no tenemos? ¿Qué les puedo decir de estos rituales que ya no se cumplen? Y, sin embargo, había algo permanente ahí.
En el Concilio Vaticano II, uno de los documentos más importantes es la constitución Dei Verbum sobre la Sagrada Escritura, y cuando esa constitución, ese documento conciliar nos habla del Antiguo Testamento, dice: "En primer lugar, sirve como anuncio, como figura, como comienzo, cómo, podríamos decir, adelanto de lo que vendría en plenitud en el Nuevo Testamento; pero también nos dice que conserva un valor permanente; porque es tan Palabra de Dios como es el resto de la Escritura.
Hay un valor permanente aquí, y si nosotros clamamos el don del Espíritu Santo como lo hemos hecho hoy, podemos encontrar valores permanentes en estos textos.
¿De qué se trata ese capitulo veintitrés del Levítico? Es el establecimiento de las grandes fiestas de Israel, esencialmente de lo que se nos habla aquí es de la fiesta de la Pascua, de la fiesta de las enramadas, lo que será después Pentecostés, y de la fiesta o el día de la expiación, el día del arrepentimiento.
Y esas tres realidades nosotros las seguimos celebrando, no como ellos, pero siguen siendo permanentes para nosotros. Tenemos que celebrar la Pascua, porque nosotros hemos sido liberados mejor que ellos; porque ellos salieron de una esclavitud temporal, la de Egipto, mientras que nosotros hemos sido salvados para siempre de la pésima esclavitud del pecado y del demonio.
Entonces, esto que aparece aquí, esta Pascua nos interesa, y nos interesa saber que Pascua quiere decir libertad, libertad de la esclavitud. Y también nosotros tenemos la fiesta de las enramadas que tenía dos dimensiones: era fiesta de cosecha, por una parte, por eso las enramadas; y por otra parte era la fiesta de la promulgación de la Ley.
Y estas dos cosas nos interesan mucho, descubrir que con el rocío del Espíritu por fin nuestra vida se vuelve fecunda; sólo aquél que ha acogido el Espíritu en el Pentecostés nuestro, en ese Pentecostés que estaba prefigurado aquí, sólo a través de ese Pentecostés uno descubre que la vida es fecunda, que vale la pena esforzarse, que vale la pena darlo todo, entregarlo todo por una causa.
Si hay algo que necesita la humanidad en nuestro tiempo, es esta gracia de Pentecostés, descubrir esta fecundidad, porque muchas personas agonizan sin encontrar para qué son sus dolores; mucha gente agoniza sin saber si la vida humana es para algo más que trabajar y trabajar y trabajar para luego consumir, consumir y consumir.
Mucha gente no encuentra un sentido de la vida más allá de eso; sienten que la vida es como una payasada, como un juego que nunca termina, no encuentran un significado y una fecundidad a su vida, eso lo da Pentecostés.
El Espíritu toma eso que es nuestra vida, lo empapa con agua que viene del cielo, lo quema con fuego que viene del cielo, lo levanta con viento que viene del cielo y dice: "Tú, que pensabas que tu vida no valía nada, mira hasta dónde eres fecundo, mira lo que puede hacer tu sonrisa, tu palabra, el trabajo de tus manos".
De modo que necesitamos esa dimensión de fecundidad que aparece ahí, ellos celebraban cosecha, celebraban fecundidad y nosotros también la celebramos, pero no una fecundidad de una cosecha que terminamos de comernos en algún momento, en algún mes o semana. Celebramos la cosecha, que como dijo Jesús en su discurso a los discípulos, "no termina jamás", San Juan 15,16; fruto que permanezca, esa es la fecundidad nuestra.
La fiesta de las enramadas o de Pentecostés era también la fiesta de la promulgación de la Ley. El pueblo de Israel se gozaba de saber que tenía la guía, la sabiduría, la corrección, el consuelo de la Palabra de Dios, y eso también lo necesitamos nosotros.
En el evangelio según San Lucas encontramos que el Arcángel Gabriel le explica a la Santísima Virgen María, que Ella habrá de concebir por la obra y por la gracia del Espíritu: “El poder del Espíritu te cubrirá con su sombra” San Lucas 1,35, y esto es al mismo tiempo la fecundidad de María y la llegada de la palabra de Dios, la Palabra eterna del Padre que se hace carne y que habita entre nosotros.
Qué maravillosa unidad entre la fecundidad y la Palabra, que eran los dos aspectos de Pentecostés para los antiguos hebreos; eso también celebramos nosotros, celebramos esa Palabra, ese Cristo que ha venido por obra y gracia del Espíritu, ese Cristo que quiere también encarnarse en ti por obra del Espíritu.
Como decía el Padre Berulle, el Fundador del Oratorio Francés, "Cristo quiere revivir sus misterios en ti"; si tú has pasado por la enfermedad no es simplemente por un virus que hay por ahí; tu has pasado por la enfermedad porque hay un misterio de humillación y de abajamiento de Cristo que quiere hacerse presente en ti.
Si tú experimentas tristeza o dolor, no es solamente porque un amigo te traicionó o porque un negocio te salió mal; tu dolor y tu tristeza son el llamado del Espíritu a unirte al dolor y la tristeza de Jesús. Nada de lo que vive el cristiano, absolutamente nada debe quedar por fuera de la esfera de Cristo.
Nosotros somos llamados a participar del misterio de la Encarnación, por el mismo poder del Espíritu que hizo fecundas las entrañas de la virgen María; ese mismo Espíritu quiere estar en ti, para que cada uno de los momentos de tu vida, para que cada una de las dimensiones de tu ser sean presencia casi sacramental de Jesús.
Tu sonrisa tiene un valor de eternidad, porque en tu sonrisa está sonriendo Jesús; tu alabanza al Padre celestial tiene un valor casi infinito, no por ti, sino por el Espíritu, el Espíritu de Pentecostés que toma tu cuerpo, que toma tus manos, tus manos son manos sacerdotales, no sólo las del padre Said, no sólo las del Padre Ramón, no sólo las de este servidor de ustedes.
Tus manos son manos sacerdotales que se levantan en ofrenda al Padre, ahí está el Espíritu obrando en ti; tú tienes que revivir los misterios de Cristo, de modo que tu alegría sea siempre la alegría de la Pascua del Señor; tu tristeza esté siempre asociada a Él.
Nuestra vida, entendida de esta manera, no es otra cosa sino la prolongación y la extensión del reinado de Jesús para todas las naciones, para todas las culturas, para todos los lugares.
Entonces, esta fiesta, que tuvo esos comienzos tan humildes, tan materiales, casi parecía como un negocio, ¿no? "Tú me diste esto, Señor, aquí te lo presento", y por eso había que hacer la agitación ritual, La agitación ritual de la espiga.
Era una manera de decir: "Tú me diste, aquí te lo presento; mira, Señor, aquí está". Pues nosotros no agitamos una espiga que pronto se seca o se marchita, nosotros lo que agitamos son esos frutos de vida eterna que Él nos concede por la misma fecundidad del nuevo Pentecostés.
Y luego tenemos, o tenían ellos, la fiesta de la expiación, la fiesta del arrepentimiento, como Pascua, es una fiesta tan alegre, y como Pentecostés es una fiesta tan alegre, porque es la fiesta de la cosecha, y había cantos y había cosas hermosas; en contraste con ellas, la fiesta de la expiación, la fiesta del arrepentimiento, parece algo como sombrío.
Las apariencias engañan. El arrepentimiento es siempre la oportunidad de abrirle un nuevo espacio a Jesús. Triste debe considerarse el corazón que no tiene nada de que arrepentirse, porque quiere decir que ya no le puede dar más espacio a Jesucristo.
Los grandes santos, y entre ellos hay que contar, por ejemplo, al Fundador de nuestra Comunidad, Santo Domingo de Guzmán, eran hombres, y también mujeres, que amaban, por ejemplo, el sacramento de la reconciliación; sin caer en los escrúpulos, una persona como Santo Domingo se confesaba prácticamente todos los días, ¿Y por qué? ¿Porque cometía terribles fallas? No, sino porque cada día Domingo encontraba un nuevo espacio que le podía dar a Jesús.
Cada acto de arrepentimiento que tú haces, es un retroceso de tu ego y es tierra nueva que le entregas a Jesucristo; cada arrepentimiento, cada acto de humildad es proclamación del señorío de Jesucristo. Y una persona que sabía tanto de contemplación, de adoración y de vida espiritual, como Santa Teresa de Jesús, decía: “Se gana más y se avanza más en media hora de contrición que en tres días de alabanza”, ¡impresionante!
Y dice uno: "Pero ¿cómo puede ser eso, si en la alabanza se sienten cosas tan fuertes y Dios da victoria?" Eso es verdad, pero te aseguro una cosa: si nos ponemos a conversar de tu proceso de fe, ¿no es verdad que siempre llegamos a una parte donde tú dices: "Y me puse a llorar"? O llegamos a una parte y dices: "Y fui donde el padre Ramón y me confesé, y esa confesión jamás podré olvidarla"?
El arrepentimiento, la contrición es grande, no porque sea humillación tuya, sino porque es la ocasión que tu le das a Dios para decir: "Todavía hay más que te puedo entregar, Jesús; también tiene que pertenecerte esta área de mi vida". Y por eso un verdadero proceso de conversión va siempre como en etapas; porque uno le va entregando más y más y más a Jesús, y Jesús es como insaciable en su manera de amarnos y en su manera de esperar y atraer el amor nuestro.
Jesucristo lo quiere todo de ti, absolutamente todo, entonces si tu vida financiera no ha sido conforme con el Evangelio de Jesús, este es el momento para arrepentirte y para decirle al Señor: “Yo retrocedo”, o como decía Juan Bautista, "Yo disminuyo, y tú, a crecer” San Juan 3,30.
"Crece, Jesús, en mí; ahora tú vas a crecer en mis finanzas". Porque el hombre carnal, el hombre mundano, el hombre viejo que decía San Pablo se considera dueño de todo: "Soy dueño de mi plata", "soy dueño de mi fama", "soy dueño de mis amistades", "soy dueño de mi tiempo", "soy dueño de mi sexo", "soy dueño de mis placeres", "soy dueño de mis vacaciones", "soy dueño de todo".
El está entronizado en su propio corazón; pero los frutos que vienen ahí son los frutos que le fueron revelados a Rolando en aquella primera predicación de Gálatas 5,19, son los frutos de la carne, ahí vienen las disputas, ahí vienen las riñas, las envidias, las divisiones y el fruto que todo eso trae finalmente se llama: muerte, eso es lo único que trae.
En cambio, cuando llega la conversión yo pongo en el centro de mi vida a Jesucristo y empiezo a entrar en la esfera de Jesucristo para que sea Él, y solamente Él, el que reine, y entonces empiezo a decir: “Antes yo era el dueño de mi dinero, ahora Jesús es el que manda en mis finanzas, Jesús es el que manda en mi sexualidad, Jesús es el que manda en mi manera de descansar”.
Pero cada vez que uno descubre un pedacito más, ¿qué tiene que hacer? Arrepentirse, porque uno dice: "Huy, caramba, llevo treinta, cuarenta años, sesenta años viviendo para mi mismo, jamás le entregué a Jesús mi descanso, jamás le entregué a Jesús mi afectividad, jamás le entregué a Jesús mis vacaciones o mi dinero o mis proyectos".
¿Y eso qué produce? Arrepentimiento, es un poco triste, pero es sólo en apariencia, la verdad es que apenas descubres que le estás abriendo espacio a Jesús, sientes que te invade un huracán de gozo, sientes que una inundación de su poder, de su dulzura y de su amor, se adueña de ti, por eso, también esta es una fiesta de victoria.
Tres fiestas: Pascua, para celebrar que somos libres; Pentecostés, para celebrar que somos fecundos; arrepentimiento, para celebrar que siempre le puedo dar más a Jesús, siempre hay algo más que le puedo entregar al Señor, hay algo más que puedo aprender de Él.
Yo les puedo asegurar algo, mis hermanos, si nosotros entramos en esta tónica del discipulado, descubriremos lo que dice el Cántico del Siervo en Isaías: “El Señor me despabila el oído cada mañana para que aprenda como los discípulos, para que aprenda como los iniciados" Isaías 50,4 ; tenemos que aprender cada mañana.
¿Cuál es la muerte de un sacerdote, o del sacerdocio de una persona ordenada? ¿Cuál es la muerte? Que cree que ya lo sabe todo, ahí murió; el día que el sacerdote deja de asombrarse ante la Palabra que predica, está muerto; el día que el misionero deja de asombrarse, de llorar de gozo, de postrarse con gratitud ante la Palabra que anuncia, esta muerto ese misionero, de ahí en adelante podemos reemplazarlo por una caja de CDs, ya él cree que lo sabe todo, ya ella cree que lo sabe todo, está muerto.
El día en que un ministerio de música dice: “Ya tenemos cantos para todos; -pida no más, Padre, pida, no más, ¿qué quiere? ¿arrepentimiento? Aquí se le tiene, padre; ¿gratitud, alabanza? Se le tiene, Padre".
Los salmos nos enseñan algo: “Cantad al Señor un cántico nuevo” Salmo 149,1. El día en que dejamos de aprender las melodías del cielo, el día en que creemos que ya tenemos todas las melodías para todos los congresos y para todos los eventos y para todas las cosas, ese día ya podemos jubilar a toda esta gente y poner, en cambio, una caja de CDs: "Listos, jubilados, despachados".
Pero necesitamos corazones nuevos y vivos que descubran cada mañana la novedad del Espíritu, que cada mañana puedan decir: "Este día también es tuyo, Jesús, este día también voy a aprender de ti". Y bienaventurado el que siga ese camino, bienaventurado el que quiera aprender así, porque uno tiene que aprender hasta el día de la muerte.
A ver, ¿cuántos han muerto? Muerto, muerto, del todo, ¿a qué cementerio lo llevaron? No han muerto del todo, ni siquiera lo que llaman "near death experiences",no, eso no vale, no aplica, las “experiencias cercanas a la muerte” no aplican aquí; ¿quién se ha muerto, muerto, que se diga "se murió"? Y me cuentan dónde lo cremaron, ¿cierto que no? Hemos estado cerca de la muerte, hay gente que llegó estado bastante cerca de la muerte, bastante, bastante cerca.
Ahí sí como en los juegos de los niños y de las niñas, cuando se chocan, así, ¿no? Hay gente que se chocado con la muerte, pero ninguno de nosotros ha muerto. El día en que nos estemos muriendo, muriendo para salir para siempre de esta tierra y entrar para siempre en la eternidad, ese día todavía le estaremos diciéndole a Jesús, "Esto te entrego, esto es tuyo, enséñame, quiero ser tu discípulo".
"Que mi última lección, Jesucristo, sea aprender a morir, eso también tengo que aprendértelo a Tì, hasta ese día".
Hay un elemento que tienen en común estas tres fiestas, ustedes como son personas atentas, con una memoria prodigiosa, ustedes saben que hay tres elementos en común de estas fiestas y ahí también hay un elemento permanente, esos tres elementos son: “Os reuniréis en asamblea litúrgica” Levítico 23,35, es un elemento; “presentaréis oblaciones” Levítico 23,36, ese es otro elemento; y "no trabajareis"Levítico 23,36, ese es otro elemento, que ese es el que más les gusta a ustedes y que más nos gusta.
Esos tres elementos son importantes: dejar de trabajar, reunirse en asamblea, presentar una ofrenda. No puede ser una coincidencia que esos tres elementos aparecen en los versículos de hoy, son muy importantes, porque lo que nos está enseñando el Levítico, que mucha gente lo desprecia, porque dice: "A, no,no, eso no, eso Levítico, no, no, que hay que no sé que, que la sangre, no, no, no, no, no, no, eso está muy complicado".
No seamos perezosos, esto merece, -es Palabra de Dios-, y merece tu atención, tu oración, merece que aprendas, que abras, que estudies, ¿no? Esos tres elementos, ¿sabes qué son? Nos está enseñando el Levítico a celebrar, la especie humana no sabe cómo celebrar, la raza humana no sabe cómo celebrar, la gente no sabe cómo celebrar.
¿Cómo celebra la gente? "Ah me voy a emborrachar", ¿es eso celebrar? Humillarte, rebajarte, volverte un guiñapo humano, un espectáculo ridículo, ¿a eso llamas celebrar? “Ah, me voy a celebrar, me voy a conseguir unas viejas”. Oye, destruir el tesoro precioso de tu hogar, burlarte del amor de tu esposa, avergonzar a tus hijos buscando a una cualquiera en la calle, ¿a eso llamas tú celebrar?
¡No sabemos celebrar, no sabemos! ¡Necesitamos aprender a celebrar! Un día, me imagino que la asociación María Santificadora tendrá que hacer un taller sobre lo que es el verdadero descanso, las verdaderas vacaciones, las verdaderas fiestas.
Dijimos hace un momento, que todo tiene que entrar en la esfera de Jesucristo, también tu manera de descansar, la gente no sabe cómo descansar, no saben; la gente cree que descansar es pecar, la gente cree que descansar es entrar en excesos de los que luego se arrepienten, deudas que luego les duelen, vergüenzas que luego oprimen sus hogares.
Y la gente cree que eso es descansar. El libro Levítico, tan despreciado y tan poco estudiado, nos da una clave: dejar de trabajar, reunirse en asamblea y presentar ofrendas, esas son las claves para saber celebrar.
El dejar de trabajar, no hay que entenderlo de la manera simplista de los fariseos del tiempo de Cristo que se habían llenado de una cantidad de prescripciones: "Que si yo en día de fiesta puedo caminar treinta pasos o cuarenta y uno o treinta y nueve"; no va por ese lado.
Dejar de trabajar, como aparece en varios textos de los profetas, es: deja a un lado tus preocupaciones inmediatas, terrenas, mundanas, y deja de lado tus intereses; deja un momento de lado eso; es decir, lo que te toca hacer y lo que te deleita hacer, deja un momento de lado eso, deja tus intereses y tus necesidades, las dos cosas, eso es dejar de trabajar, tus necesidades y tus intereses.
Cuando uno deja de lado las necesidades y los intereses se siente repentinamente desocupado: "¿Y ahora yo qué hago? Si no estoy haciendo plata y no estoy dándome gusto, sea emborrachándome o murmurando, ay, tan rico es subirse tres cuatro amigas y murmurar ahí, hasta que no quede nada de la otra".
Si no estoy murmurando, ni estoy emborrachándome, ni estoy gastando plata, -porque esa es otra, en el país donde yo vivo, en Irlanda, ese es un problema, cuando la gente sale a divertirse agarra trescientos, cuatrocientos, quinientos euros a comprar en las tiendas lo que nunca va a usar, es una cosa ridícula la manera como la gente compra compulsivamente, son compradores compulsivos-.
Y hay mucha gente que se siente deprimida y va a un centro comercial a ver qué compra, no es comprar porque necesito, sino es un comprar compulsivo, es un comprar que encadena.
El dejar de trabajar, mis hermanos, es dejar un momento tus necesidades inmediatas y tus intereses de siempre. Deja esas necesidades y deja esos intereses, ¿y qué haces? "¿Entonces que hago? Me quedó libre el día, ¿ahora qué hago?" Asamblea litúrgica: voy al encuentro con los hermanos y voy al encuentro con el Señor.
Y en mi hermano reconozco la libertad que compartimos, y en el Señor reconozco la libertad que nos ha dado a todos. El encuentro con el hermano, volver a esa palabra: no es mi empleador ni mi empleado, no es el que me manda ni al que yo mando, ¿te das cuenta por qué es importante de las necesidades y los intereses? Para poder encontrarme con la otra persona como lo que es.
Qué importante esto, por ejemplo, en una casa donde tienen a la empleada, La empleada es la empleada el lunes, es la empleada el martes, es empleada el miércoles, y el jueves, y el viernes, y el sábado, y llega el domingo y sigue siendo la empleada, y que se prepare porque mañana lunes será empleada otra vez. Le ponemos una carga, le ponemos una etiqueta a las personas: "Este es mi jefe, en cambio esta es mi empleada".
El día de la asamblea litúrgica, el día de la fiesta del Señor es el día sin etiquetas, es el día sin cargas, es el día en que ella no es "mi empleada", es liberada en Cristo Jesús como yo.
Es el día en el que la puedo abrazar como mi hermana y en que ella no tiene que temer porque yo soy su empleador, soy su patrón; no, somos hermanos, es el día de la libertad de las etiquetas. Mira ese sentido liberador tan profundo que tiene el Levítico, y es todavía más claro en el Deuteronomio.
Entonces, deja de lado tus necesidades inmediatas y tus intereses de siempre y empieza a encontrarte con la otra persona sin etiquetas, empieza a encontrarte con el otro simplemente como un liberado por el amor de Dios; es una sensación de gozo, porque nosotros nos recargamos con tantas cosas.
El que tiene títulos es como cuando va uno a un consultorio, ¿no? Lo primero con lo que me recibe el médico es con todos los cartones que tiene de todos los congresos donde ha estado, de todas las especializaciones que ha hecho; no, en ese momento no se trata de que es "mi médico", se trata de que él necesita del Médico de todos.
Y cuando me voy a encontrar con el maestro, con el profesor, no se trata de que es "mi profesor", se trata de que ese es tan discípulo como yo, del que es Maestro de todos, y con el padrecito lo mismo, más que encontrarme con el padre, nos dice Jesús: “Todos ustedes son hermanos y uno es el Padre de los cielos” San Mateo 8,10.
Ese día, el día de la fiesta, es el día para encontrarme también con el sacerdote y reconocer que es tan necesitado, tan amigo, tan hermano, tan cercano, tan de mi casa, como todos los de mi casa;M esa es la asamblea litúrgica.
Yo les puedo asegurar una cosa: si nuestras sociedades siguieran esta terapia no tendríamos violencia social, porque la violencia ¿de qué surge? La violencia surge de que la empleada se cansa de ser siempre la empleada, siempre con su delantal, siempre abajo, siempre comiendo en la otra mesa, siempre con otro alimento, "porque usted es la empleada, y usted duerme allá, y usted come eso, y usted toma eso. "¡La empleada! ¡Usted es la empleada!"
La gente se cansa un día de tener siempre lo mismo, siempre la misma carga. Si queremos paz en esta tierra, este es el camino, aprender a celebrar juntos el amor. ¡Sí!
En Colombia utilizamos mucho la expresión “sí, señor"; "sí, señora”. A partir de los viajes que el Señor me ha permitido ver, me he dado cuenta que esa costumbre no está tan extendida, en muchas partes eso no existe; pero es interesante lo del “sí, señor; sí, señora”, que es una respuesta que le enseñamos a los niños, y a los empleados y, sobre todo, a la empleada, ella tiene que saber: “-Carmen...” “-¿Señora?...”
Qué hermoso que esa Carmen un día descubra que su señora también tiene un Señor, el Señor de los cielos. El día en que descubrimos que en el fondo todos somos servidores, que en el fondo todos somos hermanos, que en el fondo todos somos discípulos, aplícale esto a un pueblo y tendrás paz en ese pueblo.
Porque lo que hace que la gente se amargue, lo que hace que un día la gente se lance a la guerrilla, que un día se lance a la delincuencia, que un día los muchachos se lancen a las pandillas, es porque están cansados de tener siempre la misma etiqueta y el mismo peso.
Aprender a celebrar, eso nos enseña el Levítico, pero, cuidado, nosotros celebramos y nos alegramos; pero hay también una oblación, hay una ofrenda. El término de nuestra alegría no está en nosotros mismos, el término de nuestra alegría está en el único que es gozo que permanece, por eso la ofrenda, por eso la entrega al Señor.
No quiero extenderme más en esto; pero sé que ustedes comprenden perfectamente lo grande que es esa ofrenda, porque es descubrir que nosotros, como humanidad reconciliada y redimida, le dice a Papá Dios: "Gracias", y ese "gracias" se lo entregamos, no sólo de palabras, sino se lo entregamos en la Carne del Hijo de Dios, se lo entregamos en Jesucristo.
Jesucristo es la Palabra con la que el Padre nos bendice, y Jesucristo es la Palabra con la que nosotros bendecimos al Padre. Nosotros le entregamos, especialmente en la Eucaristía, le entregamos a Jesús esa Palabra.
Y bueno, dicho sea entre paréntesis, este es el sentido profundo de aquello de santificar las fiestas, lo que hemos hecho en esta homilía no es otra cosa sino que simplemente explicar ese mandamiento.
Si ustedes están grabando esto por ahí, pónganle una etiqueta, explicación del tercer mandamiento de la Ley de Dios, porque eso es lo que es esto, eso es lo que hemos hecho, una catequesis, una breve catequesis sobre el tercer mandamiento: santificar las fiestas.
Entonces, qué cortos se quedan los católicos que piensan: “Santificar las fiestas, sí, sí, que tengo que ir a Misa”, no, no. Santificar las fiestas es todo este proceso, es encontrar que hay un día en la semana en que yo no soy simplemente una máquina que produce dinero, o una maquina que busca su placer.
Un día en el que dejo mis necesidades y mis intereses, un día en que me encuentro con mi familia de una manera nueva y en que descubro que la humanidad es la familia de Dios; un día en que dejo de lado las etiquetas y puedo saludar a todos como hermanos, porque mi médico necesita médico y mi sacerdote necesita sacerdote; porque todos necesitamos del único Dios.
Y un día, en el que reunidos y dándole gracias al Señor, le entregamos en ofrenda lo mismo que Él nos dio: el Cuerpo y a Sangre Santísimos de su Hijo Jesucristo.
Esa es la libertad, eso es santificar las fiestas. Y digo todo esto aquí, porque un pobre párroco, que está debatiéndose entre "si hago una homilía buena que se me salga larga, o una homilía corta para que la gente no se me vaya", -porque esos son los debates interiores de los sacerdotes-.
Un pobre párroco en ese debate interior no sabe cómo resolver el asunto, no puede hacer estos experimentos, pero grupos de católicos renovados en el Espíritu sí pueden empezar a descubrir lo que significa santificar las fiestas.
Y les digo: el laboratorio de paz, paz social, el laboratorio de paz familiar, el laboratorio de paz interior que ustedes van a hacer con esto, es maravilloso. Recojan esta idea, si les parece sensata, y aplíquenla, porque estos son los laboratorios de donde vendrá la paz para Colombia y para el mundo. Nos lo enseña libro del Levítico, capítulo veintitrés.
Sigamos esta celebración, también ustedes han dejado de lado sus intereses, han venido aquí, estamos reunidos en asamblea litúrgica, sólo nos hace falta entregar la ofrenda, y eso es lo que haremos en la segunda parte de esta celebración.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.