I174001a
Fecha: 20030731
Título: ¿Que es la santa indiferencia?
Original en audio: [12 min. 23 seg.]
Meditemos un poco juntos, hermanos, sobre esa primera lectura. Quiero detenerme en ella, porque a veces sentimos que los textos del Antiguo Testamento son como más lejanos, y el evangelio, hasta cierto punto, se explica de una manera como más fácil para nosotros.
Estamos con la idea de la nube. Hay tres cosas que están relacionadas en esa primera lectura: la nube, la gloria y el camino. Son tres cosas que van juntas.
La nube era una expresión visible de la gloria de Dios. La gloria de Dios, por ahora, no sabemos qué era. Pero lo que sí sabemos, es que la nube, esa expresión visible de la gloria de Dios, era la que determinaba el caminar del pueblo. La nube era la que mandaba; tanto, que el mismo Moisés tenía que hacerle caso a la nube.
Durante mucho tiempo, me atrevo a hablar de años, yo he estado siguiéndole la pista a esa nube, porque esa nube, la nube de la gloria de Dios, aparece en toda la Biblia.
Acuérdense que en la Transfiguración hubo una nube también, una nube que los envolvió. Y hubo un momento en el que ya no pudieron ver más, y cuando se quitó esa nube, sólo vieron otra vez a Jesús.
Y acuérdense también, cómo en los Hechos de los Apóstoles, cuando Jesús asciende a los Cielos, finalmente una nube los tapó.
Lope de Vega llamaba a esa nube, la nube envidiosa: "¡Oh!, nube envidiosa, ¿qué te quejas? ¡Cuán rica tú te alejas! ¡Cuán pobres y cuán ciegos tú nos dejas!", rezaba y escribía por allá Lope de Vega en su tiempo. Pero Lope de Vega no entendía un poco esto de la nube; está bonita como poesía, pero no es la idea de esto.
¡La nube de la gloria! Cuando en la Ascensión aparece esa nube, no es simplemente, que como había llovido un poco, entonces había una nube, y preciso, se puso la bendita nube, y tapó a Jesús. No es un asunto de una nube que, preciso, tapó a Jesús, sino es más bien, la idea de Jesús que entró en la nube.
Cuando volvamos a celebrar la Ascensión del Señor, que ya será el año entrante, tenemos que estar atentos a eso. No es tanto que la nube tapó a Jesús, sino que Jesús entró en la nube, Jesús entra en la gloria de Dios. O sea que el tema de la nube es interesante.
Esa nube se parece, también, a lo que le dice el Arcángel Gabriel a María Santísima: "El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" San Lucas 1,35. Esa sombra que va a cubrir a María, es la expresión misteriosa de la presencia de la gloria de Dios. Eso por una parte.
Por otra parte, miremos que era una nube rara, porque de día se veía así, como una nube, pero de noche era como un manchón de luz; es decir, de día parecía oscura, y de noche parecía luminosa.
Hagamos un poco de alegoría con eso. "De día parecía oscura, y de noche parecía luminosa"; entonces es como un misterio. Si tenía luz, ¿por qué se veía oscura de día? Y si era una nube, ¿por qué se podía ver de noche? Las nubes no se pueden ver de noche, a menos que algo las ilumine.
Pues esta nube, haciendo un poco de alegoría, indica muchas cosas. Muchas veces la gloria de Dios está en los manchones que vemos en nuestra vida. Una nube durante el día, es como un manchón, es algo que oculta nuestra mirada. Muchas veces, la gloria de Dios se hace presente en eso, en lo que no entendemos.
Eso es interesante. Mientras que la noche es el momento de la tribulación, es el momento de la duda, es el momento del miedo, de la soledad, muchas veces la gloria de Dios es la respuesta a nuestras angustias, a nuestras soledades.
O sea que los colores extraños de esta nube nos enseñan, porque de día no nos deja ver, y así muestra que muchas veces la gloria de Dios se manifiesta por caminos que no entendemos. Y de noche se hace visible, y así muestra que muchas veces, en medio de las angustias, Dios deja ver su luz, y nos guía.
¿Qué más podemos aprender de esta nube? La nube era la que gobernaba el caminar del pueblo de Dios. Es decir, el pueblo de Dios iba siendo guiado por la gloria de Dios.
La Compañía de Jesús ha escogido como lema, podríamos decir, aquel "Ad Maiorem Dei Gloriam". San Ignacio de Loyola quiso que su Compañía, es decir, su ejército para Jesús, su ejército de valientes y sabios para Jesús, fuera un ejército guiado, como el pueblo hebreo, por la gloria de Dios.
Eso es profundamente bíblico, y es una intuición maravillosa: "Yo no me debo guiar demasiado por mis sentimientos, porque mis sentimientos pueden coincidir o no coincidir con el querer divino. No me puedo guiar demasiado por mis razones, porque mi cabeza es demasiado pequeña para todo lo que Dios puede estar pensando".
Entonces, ¿por qué me puedo guiar? El pueblo de Dios se guiaba por la nube de la gloria, y San Ignacio quiso que sus jesuitas, que llamamos nosotros, que sus soldados para Jesús, fueran gente que se dejara guiar por la gloria de Dios.
Es decir, gente que preguntara antes de dar un paso, "¿cómo es Dios más conocido? ¿Cómo es Dios más amado aquí? ¿Cómo brilla más el poder de Dios aquí? ¿Cómo puede aparecer mejor la bondad de Dios?"
Este es el tipo de preguntas, que son preguntas por la nube. San Ignacio quería que nosotros nos preguntáramos por la nube. Es decir, que nos preguntáramos, en dónde está la gloria de Dios, y que nos dejáramos guiar por la gloria de Dios. Esa es otra enseñanza que podemos tomar.
El relato se vuelve un poco repetitivo, y realmente, el trozo que hemos leído, no está completo. Nosotros estamos leyendo en el capítulo cuarenta del libro del Éxodo, y hemos escuchado los versículos del catorce al diecinueve, y del treinta y dos al treinta y seis.
Un oyente suspicaz dice: "Bueno, y ¿por qué se saltaron esos otros versículos?" Yo le puedo contar lo que dicen esos versículos: esos versículos son una "repetición repetida de la repetidera". Dicen, más o menos, cosas como estas: A veces la nube estaba un sólo día, y se movía. Entonces ellos, cuando la nube se movía, se movían; y cuando la nube se quedaba, se quedaban.
A veces la nube se quedaba muchísimo tiempo, y entonces ellos se quedaban; y luego la nube se movía... . Es decir, y vuelve y repite, que la nube...; y que vuelve y juega, y que la nube...; y que si la nube se quedaba, se quedaban; y vuelve e insiste, y vuelve y dice... .
Y todo está en el capítulo cuarenta del libro del Éxodo, donde lo podemos leer completo: Que si la nube se quedaba, ellos no se movían, pero que si la nube se movía, entonces ya ellos, ahí sí se ponían en camino; pero que cuando la nube se volvía a detener, ahí sí ellos se detenían.
¿Para qué nos dice tanto eso? ¿Para qué nos lo dice de tantas maneras? Realmente, aparece tan repetido, que la Iglesia, como por tratar un poco de abreviar la lectura, se salta esos versículos; como que ya la idea quedó dicha.
Pero, ¿por qué en la Biblia está tan repetido? ¿Qué es lo que nos quiere decir Dios con eso? Pues nos quiere decir, que los caminos de Dios son así. Nos quiere decir, que a veces es gloria de Dios que yo me quede donde estoy y como estoy, mucho tiempo.
O me puede llevar a que yo cambie mucho en poco tiempo; a que en poco tiempo cambie mucho, o a que en mucho tiempo cambie poco. Yo tengo que acostumbrarme a que cualquiera de las dos cosas es posible.
Y bueno, ya que estamos mencionando a San Ignacio, que era un enamorado de la gloria de Dios, pues resulta que este Santo tiene una expresión muy linda, pero un poco difícil de entender, que es lo que él llamaba la "santa indiferencia".
La santa indiferencia no consiste en que a uno todo le importe un pepino, sino consiste en que uno esté tan dispuesto a quedarse como a moverse; tan dispuesto a ser reconocido como a ser relegado; tan dispuesto a ser amado como a ser detestado, a que uno esté tan dispuesto a salir por el mundo entero, o a quedarse para siempre en un sitio.
En este sentido, San Ignacio de Loyola representa un momento clave en la maduración de la espiritualidad de la Iglesia entera. Porque, sin quitar nada a todos los Santos, porque todos son bellos y todos son de Dios.
Pero fíjate cómo San Benito de Nursia, por allá en el siglo sexto, quería que los monjes tuvieran voto de estabilidad, que se queden ahí donde están. Es decir, cada monje pertenece a un monasterio, y se queda ahí, en el monasterio.
Santo Domingo de Guzmán, unos siglos después, siglo trece, practicó y enseñó con su ejemplo, también, que era necesaria la itinerancia, el aprender a estar siempre en camino.
Y es interesante San Ignacio, porque San Benito quería estabilidad, Santo Domingo quería itinerancia, y San Ignacio dice: "Ni estabilidad, ni itinerancia, lo que Dios quiera". "Si me quiere tener quieto, pues que me tenga quieto; y si me quiere mover, que me mueva", la absoluta disponibilidad. La santa indiferencia que decía San Ignacio, corresponde a la absoluta disponibilidad al querer divino.
Y eso es lo que nos dice en esos versículos que nos hemos saltado: Que si la nube se quedaba ocho días, ellos se quedaban ocho días; si la nube se quedaba treinta días, ellos se quedaban treinta días. Con eso, ¿qué nos está diciendo? Es que la Biblia no habla de una manera abstracta, sino concreta. Lo que nos está diciendo es: "Mire, a veces es gloria de Dios que a usted no le cambie nada".
Y por eso hay gente que se pasma y ni envejece, mientras que otras veces es gloria de Dios, que la persona se arrugue. En un momentico, deja uno de verla, y vuelve, por ejemplo, a los dos años, y encuentra ya a la gente hecha una uva pasa.
Eso, ¿qué demuestra? Dios sabe cómo hace las cosas. A veces quiere que cambiemos mucho en poco tiempo, y a veces quiere que cambiemos poco en mucho tiempo; pues eso referido a las circunstancias del lugar. Es evidente, que interiormente, la peregrinación nunca se detiene. Pero las circunstancias exteriores pueden cambiar de muchos modos.
En fin, que Dios, el Señor, por intercesión de Ignacio, y por intercesión de Domingo, y de Benito, y de todos los santos, nos regale esa completa disponibilidad a su querer, que estemos enamorados de su voluntad, y que nos guíe siempre la nube de la gloria divina.
Amén.