I165003a

De Wiki de FrayNelson
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La primera lectura de hoy, nos envía al capítulo 20 del libro del Éxodo. Siendo tan hermoso todo este libro, el capítulo 20 tiene una importancia singular, porque es el lugar donde aparece el código de alianza entre Dios y su pueblo. Los principios básicos, podríamos decir, el acuerdo fundamental entre Israel y Yahvé, está en este capítulo 20 del Éxodo.

Nosotros conocemos esa lista de acuerdos fundamentales, con un nombre más cercano, más familiar, son los famosos "Diez mandamientos", "El Decálogo". La palabra "Decálogo" quiere decir, las diez palabras, y estas diez palabras, o estos diez mandatos o mandamientos, vienen a regular la relación entre Dios y su pueblo, pero creo que ese lenguaje tan técnico, tan jurídico, deja por fuera lo más hermoso del pasaje que empezamos a meditar, porque lo más hermoso está en el comienzo del pasaje, cuando Dios le dice a Israel: "Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud" (Ex 20, 2).

El principio de toda la alianza es: "Yo te he amado, tu libertad ha sido mi propósito, mi esfuerzo y mi victoria", dice el Señor. "Yo te he liberado, Yo soy tu libertad, Yo soy tu vida nueva, Yo soy esa paz y esa alegría que no tenías"; sin esa frase, sin esa introducción, todo se reduciría simplemente a una serie de prescripciones, como el contrato que se hace entre dos iguales; pero fíjate que fue Dios quien liberó a Israel, no Israel, quien liberó a Dios. Y por eso es Dios, quien crea como de la nada, un pueblo; no es el pueblo, el que crea de la nada un Dios; o sea, que la relación no es simétrica, no es la relación entre iguales, como la relación que puede haber entre dos personas humanas, ¡no!.

Para entender los diez mandamientos, y para entrar de corazón en obediencia, a los diez mandamientos, lo más importante que uno tiene que saber, es que no es una relación entre iguales; Dios es el creador, y yo soy su creatura; Dios es quien me ha dado el ser, no yo le he dado el ser a Dios; Dios es quien me ha dado libertad, no soy yo el que he liberado a Dios.

Entonces, mi felicidad, la definición misma de mi ser, de mi camino y de mi felicidad, están en Él; es Él, quien da la definición de mi felicidad, de modo que mi bien, está en primer lugar, en sus manos, y por eso mi obediencia a Él, redunda en primer lugar, en bien mío, porque obedecer a Él, que me ha amado desde antes de que yo existiera, que me ha pensado con su ternura y con su gracia, y que ha buscado lo mejor para mí, amarle así, es mi propio bien. Ahí entendemos cuál es el propósito de los mandamientos; no es darle gusto a Dios, es ni más ni menos, que encontrar mi propia plenitud, mi propia realización.