I165001a
Fecha: 20070727
Título: No dejarse robar la semilla de la Palabra de Dios
Original en audio: [8 min. 59 seg.]
Pienso que uno de los textos más conocidos en el Evangelio, la parábola por excelencia, es precisamente esta parábola que llamamos "del sembrador".
Aunque en realidad, la atención al final no va tanto hacia el sembrador, sino hacia lo sembrado, es decir, hacia la semilla; la atención se dirige a esa pregunta: "¿Qué sucede con la semilla? ¿Cómo es eso que una buena semilla a veces parece que no da fruto? Y creo, que si planteamos la pregunta en esos términos, la encontramos tremendamente actual.
Porque la buena semilla, por supuesto, es la predicación del Evangelio; pero la buena semilla también es todo lo que Dios nos está ofreciendo para encontrar su gracia, para encontrar ese Evangelio, para encontrarse ese Cristo.
Cuando uno mira las iglesias vacías y las discotecas llenas; cuando uno mira la cantidad de dinero que a veces se desperdicia en lujos, superficialidad, tonterías, y qué poco dinero, qué poca energía y qué poco tiempo le damos a conocer y servir a Dios, entonces uno dice: "¿Qué le hace falta a esa semilla? ¿Qué está faltando en el anuncio del Evangelio? ¿Qué pasa, que aparentemente no logramos seducir los corazones, para que visiten con frecuencia a Jesús Sacramentado, por ejemplo?"
"No es un espectáculo muy triste ver que Nuestro Señor está muchas veces solo, como abandonado?" Sí, la gente tiene sus ocupaciones; por supuesto, la gente tiene que ir a trabajar, la gente...., pero muchas veces la gente tiene tiempo para otras cosas, como digo, para sus diversiones, por ejemplo. ¿Por qué nuestra diversión está tan lejos de Jesús?
Bueno, eso sería tema para otra predicación. Por ahora, el punto fundamental es: ¿Qué pasa con esa semilla tan buena, que parece que no da fruto? Esa también es la pregunta que mucha gente se hace con respecto al cristianismo.
Tanto, que por ejemplo, aquí en Europa, hay gente que habla de un postcristianismo; hay gente que piensa que el cristianismo fue como un largo paréntesis en la historia de este continente; algo que empezó, pero algo que terminó, algo que ya quedó atrás.
Mucha gente, en países como Francia, como Dinamarca o como los países escandinavos, tiene esa clase de mentalidad. "El cristianismo ya pasó, estamos en una era postcristiana, el cristianismo ya no tiene nada qué ofrecer, que es como decir que esa semilla no significa nada o no puede producir nada".
Yo pienso, que desde los tiempos de la predicación misma de Cristo, esa pregunta estaba en el aire. Porque pensemos en el poder de la predicación de Cristo y pensemos en el poder de este Predicador que no tiene comparación con nadie; pensemos en el poder, en la elocuencia, en la fuerza; la gente misma decía: "Nadie ha hablado como Él" San Juan 7,46.
Y sin embargo, cuando uno mira, cuando uno evalúa fríamente los resultados de la predicación de este Jesús, de este Predicador sin igual, uno dice: "¿Qué pasó ahí? ¿qué falló? ¿Qué faltó?"
Y yo me atrevo a pensar que una de las angustias, uno de los dolores de Nuestro Señor Jesucristo, por ejemplo, en su oración allá en el Huerto, uno de sus dolores terribles fue sentir eso que dicen precisamente los Cánticos del Siervo, allá en el Profeta Isaías: "Yo como que gasté mi vida en nada, yo como que perdí mi esfuerzo; "en viento y en nada he gastado mis fuerzas" Isaías 49,4.
Yo creo que esa idea alcanzó el Corazón de Cristo. Nada de extraño tiene que le demonio haya utilizado eso como un ariete, como un misil contra el Corazón de Cristo, como diciéndole: "Mira, perdiste tu vida, perdiste lo que has hecho, tu semilla no sirve para nada".
Así como en Europa dicen: "La Iglesia no sirve para nada"; así como dicen: "La fe ya pasó, ya le pasó el cuarto de hora", "ya no tiene nada más que ofrecer", así el demonio en ese momento le gritaba a Cristo: "¡Perdiste tu tiempo, no lograste nada, te derroté!".
Y es interesante que mencionemos ese ataque del demonio, porque Jesús en esta parábola pone como primera causa precisamente al demonio, primera causa de la aparente ineficacia de la evangelización, del anuncio del Reino; la primera causa está en que la gente se deja robar la semilla, porque va el sembrador arrojando la semilla y detrás de él va el ladrón buscando robar esa semilla.
Y nosotros somos unos tontos, que muchas veces nos dejamos robar la semilla; uno se deja robar la semilla cuando no presta atención, cuando está distraído ante el anuncio de la Palabra; uno se deja robar la semilla cuando uno no la ha guardado en la memoria.
Es muy interesante saber que el primer recurso, el primer y más importante recurso que utilizaron los santos monjes que hubo en la Edad Media, fueron muchos, el primer recurso fue tratar de aprenderse la Biblia de un modo muy pausado y sin angustias, repasando salmos, guardando cuanto podían en el tesoro de su memoria las riquezas de la Palabra de Dios.
Ahí iban atesorando, ahí iban guardando, porque ellos no querían que un día Jesús les dijera: "Te dejaste robar mi Palabra, te dejaste robar mi semilla". Yo hoy, sobre todo, quiero pedir, quiero clamar que nonos dejemos robar la semilla.
Las otras comparaciones o los otros casos que considera Jesús son un poco más fáciles de entender. Aquello de la semilla que cae en tierra ligera o en tierra llana, sin fundamento, o lo que dice de las zarzas que ahogan, todo eso es más fácil de entender, pero creo que en nuestra predicación no insistimos lo suficiente en que el demonio está ahí tratando de robarle a uno la Palabra.
No nos vamos a dejar robar esa Palabra, y el modo es muy sencillo: está tan atento como puedas, guarda en tu memoria todo lo que puedas, intenta comprender lo mejor que puedas, busca cómo aplicar el máximo que puedas; como quien dice: "No seas simplemente pasivo; hay que acoger, hay que recibir.
Con el ejemplo de la Santísima Virgen, que fue fecunda para Dios, con ese ejemplo ante nuestros ojos, sigamos esta celebración bendiciendo a Dios por su semilla y prometiéndole que queremos acogerla, recordarla vivirla mucho más.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.