I106003a

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Fecha: 20030614

Título: El lugar de la reconciliacion

Original en audio: [5 min. 35 seg.]


Amigos:

En la primera lectura, San Pablo nos presenta la muerte de Cristo como el lugar de la reconciliación.

Esta es una enseñanza importante, pero tal vez no es fácil, tal vez no es sencilla, tal vez tomamos un tiempo en llegar a comprender que el lugar de la reconciliación es el lugar en el que Cristo murió.

¡Llegar a entender la muerte de Jesús como el lugar de la reconciliación! En una época predicaba yo sobre este tema, como con muchas ideas. Ahora prefiero empezar por una escena. ¿Ustedes han visto cuántas veces en una familia la reconciliación empieza junto a un cadáver?

Esa es una realidad. La muerte tiene una fuerza muy grande para ponernos a pensar qué estamos haciendo con la vida.

Y yo he visto familias, en donde el tío fulano no se habla con la tía zutana, pero cuando se murió el abuelo perencejo, todos fueron al funeral, y, de pronto, se encuentran los dos llorando con un mismo dolor, y sin darse cuenta, son hasta capaces de abrazarse, de perdonarse, de reconciliarse.

Hermanos, la muerte de Cristo es el lugar de la reconciliación. Encontrar a Jesucristo muerto, es también encontrar lo que tiene que morir en nosotros.

¿Qué es lo que nos separa? ¿Por qué no somos infinitamente amigos todos? ¿Por qué no nos queremos todos? Lo que nos separa son nuestros orgullos, son nuestros pecados.

Sólo cuando encontramos muerto lo que nos mata, tenemos vida. Si alguien quisiera resumir esta predicación con una frase, quédese con esa frase: "Sólo cuando encuentro muerto lo que me mata, tengo vida".

Y esa es la Cruz de Jesús: es el lugar donde encuentro muerto todo lo que me mata; es el lugar donde encuentro muerta a la muerte. ¡Hay que encontrarse con la muerte de Jesús!

En la muerte de Jesús, aparece denunciado el pecado, y aparece vencido el pecado. En la muerte de Jesús, aparece todo el poder del pecado y toda la derrota del pecado. En la Cruz de Jesús está la fuente de la reconciliación.

Por ejemplo, en una familia, la familia tiene que reconciliarse en torno a la muerte de Cristo; ahí tiene que reconciliarse. El hombre tiene que darse cuenta de cuáles son sus pecados, y tiene que ver a esos pecados crucificados en Jesús.

Y la mujer tiene que darse cuenta de cuáles son sus pecados, y tiene que ver sus pecados, ahí, crucificados y muertos en la Cruz de Jesucristo.

Y cuando el hombre ve sus pecados muertos, y ve a Cristo como vencedor sobre su pecado, y cuando la mujer ve a Cristo herido por el pecado, pero a Cristo vencedor por el pecado, entonces en el abrazo de Cristo, se abrazan esposo y esposa, papá e hija, en Jesús.

No es posible la reconciliación, si no es venciendo a lo que nos vencía, si no es matando a lo que nos mataba, y sólo en la Cruz de Jesús, ha sido vencido lo que nos vencía, y ha sido muerto lo que nos mataba.

Por eso nos dice San Pablo: "Si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos" 2 Corintios 5,14-15.

Hermanos, tomemos lo peor que hayamos hecho en la vida, el peor error, la peor falta, el peor vicio, la peor traición; tomemos lo peor que hayamos hecho, y mirémoslo muerto en Jesús, pero a la vez denunciado en Jesús.

Si tengo por costumbre la mentira, miremos cómo la mentira fue la rampa, fue la escalera por donde bajó Judas, para cometer traición a Cristo. Y miremos la mentira, ahí, crucificada, y miremos a Cristo, verdadero hasta el final, muerto por un traidor, muerto por una traición, pero fiel hasta lo último. Y sintamos que Jesús vence sobre nuestra mentira.

Si lo que nos acecha es la impureza, miremos la desnudez de Cristo, y sintamos vergüenza de nuestras impurezas. Amemos la carne de Cristo, besemos la carne virgen, inmaculada de Jesús en la Cruz, y sentiremos vergüenza de nuestras impurezas, y sentiremos que Él es el vencedor sobre la impureza, que Él es el Santo, y que Él nos purifica.

Y así con todos los pecados. En la muerte de Jesucristo está nuestra victoria, y en la muerte de Jesucristo está nuestra reconciliación.

Amén.