I091001a

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Fecha: 20010604

Título: Dios nos da el Heredero y la herencia

Original en audio: [11 min. 44 seg.]


Uno de los títulos, uno de los nombres más significativos que nos da el Apóstol San Pablo, es "coherederos" Carta a los Romanos 8,16-17. Nosotros somos coherederos, recibimos una herencia entre todos.

Pero hay algo mejor, más maravilloso: la herencia que cada uno recibe en comunión con los hermanos, es la misma herencia de Cristo; nosotros heredamos con Cristo, de modo que los bienes que Cristo tiene por ser Hijo del Padre, y esto es lo que significa herencia, esos bienes, nosotros los recibimos.

Nosotros heredamos con Cristo. Gracias a la Pascua de Cristo, recibimos los mismos bienes que Cristo tenía y tiene desde siempre, por su condición de Hijo de Dios.

De esa manera, nosotros tenemos al Heredero y tenemos a la herencia. Tenemos al Heredero, a Cristo, porque Él se ha dado por nosotros y Él se entrega a nosotros. Y las dos cosas, ciertamente, se recuerdan y se celebran en la Eucaristía.

Tenemos al Heredero, tenemos a Cristo, pero tenemos también la herencia: los bienes propios de Cristo, lo que Cristo tiene en su condición de Hijo de Dios.

Tenemos a Cristo que es el Heredero; tenemos la herencia. El Heredero es el Hijo y la herencia la hemos recibido por la efusión del Espíritu. El Heredero, Cristo, y la herencia, que es el don del Espíritu, los hemos recibido de Dios Padre.

Esa es nuestra condición, porque ese es el amor que Dios nos ha tenido: no porque nosotros lo hubiéramos merecido ni porque lo merezcamos; lo recibimos como un regalo.

Lo interesante, después de esta reflexión apoyada en la enseñanza de San Pablo, es volvernos al evangelio que acabamos de oír: estos viñadores perversos no creen posible tener al heredero y a la herencia. Fíjate el razonamiento perverso que hacen: "Este es el heredero. Matémoslo y la herencia será nuestra" San Marcos 12,7.

Para los viñadores perversos hay una alternativa: el heredero o la herencia; y no ven la manera de tener las dos cosas. Pero estos no lo entienden así, sino que ellos dicen: "O dejamos al heredero con su herencia y nos quedamos sin nada, o eliminamos al heredero y nos quedamos nosotros con la herencia" San Marcos 12,7.

Para ellos es: o el heredero o la herencia. Y el plan de Dios era: el heredero y la herencia.

Y ese modo de pensar de los viñadores, esa manera de razonar perversa, ciertamente, ¿se sigue dando hoy? ¿Qué quiere decir hoy esa alternativa entre el heredero y la herencia?

Nos dice Cristo en su parábola que un hombre plantó una viña. Los viñadores, los labradores se sintieron dueños de la viña, se adueñaron, se apropiaron de la viña, y consideraron que la herencia era esa viña. Eliminando al heredero, quedaba para ellos la viña.

Es decir que ahora nosotros entendemos que la verdadera herencia está en la comunicación del Espíritu que nos conduce a la amistad con Dios y a la soberanía sobre toda la Creación.

Gracias al Espíritu de amor, se cumple verdaderamente en nosotros lo que había sido planeado por Dios en el Génesis: que el hombre gobernaría sobre la Creación. Gracias al Espíritu de hijos, nosotros juzgamos a la creación", según dice también San Pablo.

Gracias al Espíritu de hijos, llega para nosotros la herencia que es, en primer lugar, los tesoros del amor y la amistad con Dios, y luego, la soberanía sobre lo que Dios ha creado.

Pero para estos labradores, lo de la amistad con Dios es irrelevante, imposible, inconsistente, inútil; sólo les interesa el dominio, el poder, el adueñarse de la viña, el adueñarse de la Creación.

Así entendemos la actualidad de este evangelio: la viña es este mundo con sus bienes materiales, afectivos, familiares, intelectuales. Esa es la viña: los bienes que Dios ha puesto ante nosotros, desde los más intelectuales y desde los más sentimentales, hasta los más materiales y concretos.

Esa es la viña. Y si ahora nos preguntamos qué estamos haciendo con esa viña, descubriremos que, prácticamente, todos los pecados que conocemos son esto mismo: adueñarse de la viña, preferir lo que se puede gustar, aprovechar, disfrutar de la viña, y desentenderse del Dueño de la viña.

Es decir, el pecado es aquel acto por el cual nosotros nos abalanzamos, nos lanzamos sobre los bienes de la Creación, y queremos asegurarlos y asegurarnos de ellos, apropiarnos de ellos, al margen del plan de Dios, al margen del amor de Dios, al margen de la amistad con Dios.

Esto es fácil de descubrir cuando se trata de bienes como, por ejemplo, el dinero, las tierras. Pero en realidad, todo se cae de peso. La codicia por el poder, la idolatría del afecto humano, cualquiera que sea su expresión, la concentración mental, el poder mental, todos esos son bienes de la viña.

Y todos ellos, lamentablemente, son a veces codiciados por el ser humano, codiciados por este labrador que es el ser humano, al margen de la amistad de Dios, del plan de Dios y del Heredero.

Por eso, esta parábola del Señor tiene continua actualidad, constante actualidad. En ella descubrimos cómo el hombre quiere hacer un absoluto de esta Creación olvidándose del Creador. La solución no está en nosotros. La manera como acaba la parábola es: "Mataron al heredero" San Marcos 12,8. Y eso se cumplió: ¡matamos a Cristo!

Lo sorprendente es que la historia no termina con la muerte de Cristo, sino que en la muerte de Cristo se revela la bondad de Dios, se rompe el corazón humano, y entonces, el ser humano comprende que su Creador no es una competencia, no es un enemigo, sino que es su único amigo.

Recibamos, pues, esta denuncia del pecado que hace Jesucristo mediante esta parábola, y pidámosle la gracia de recibirlo siempre a Él como Heredero, como Señor de todo y de todos, y de recibir con Él la herencia, es decir, la amistad con Dios y el sereno dominio sobre todo lo que Dios ha creado.