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Fecha: 19990206

Título: Gastarnos por Cristo y tener en El nuestro descanso

Original en audio: [21 min. 57 seg.]


Hermanos Amados:

El Santo Evangelio que la Iglesia nos regala en este sábado nos presenta dos imágenes, dos retratos de la misericordia de Jesucristo. Y yo creo que cada imagen de la misericordia del Señor que nosotros podemos grabar en nuestras mentes es ganancia para nosotros, porque si hay algo que todos necesitamos es precisamente misericordia.

Dos imágenes de la misericordia que aparecen aquí, primero con sus Apóstoles y después con la multitud.

Había enviado a los Apóstoles a predicar, los había enviado con una pobreza muy estrecha: que no llevaran ni túnica de repuesto, ni otro par de sandalias, que no llevaran ni cinturón ni alforja, que fueran así con las manos limpias, que fueran desnudos de todo lo del mundo para que fueran vestidos solamente con su palabra, con su plegaria, con su gracia.

Los había enviado desnudos de las cosas del mundo y vestidos de su poder y de su amor. Y estos hombres, que más parecían Ángeles que hombres, han hecho maravillas en el Nombre de Jesucristo: han expulsado demonios, han sanado enfermos, han enseñado, han predicado. Y vuelven cansados pero vuelven contentos.

Así debe vivir un cristiano, con sus fuerzas entregadas a la causa de Jesús. Si el cristiano se cansa en la causa de Jesús, si gasta sus fuerzas en la causa de Jesús, en la obra de Jesús, bienaventurado ese cansancio, porque Jesús le tendrá preparado descanso.

Feliz trabajo que trae tal descanso, feliz obrar que trae este descansar. Y ya ahí, mis hermanos, ahí hay una primera palabra para nosotros. Todo el que se canse por Jesucristo, encontrará en Jesucristo su descanso; sobre el que no se canse por Jesucristo, no tenemos palabra, no tenemos enseñanza segura de la Escritura, no sabemos qué pueda pasar con ése.

Pero sobre aquel que haga la obra de Dios, aquel que busque la gloria de Dios, aquel que se canse por Dios, regocíjese, porque hoy el Evangelio le está diciendo: "Usted va a tener como descanso la palabra, la mirada, la sonrisa, la acogida, el abrazo de Jesucristo.

Este es el primer retrato de la misericordia que aparece hoy, misericordia que nosotros tenemos que aprender a sentir en nuestra propia vida. Por algo Dios mandó desde la ley antigua, desde la Ley de Moisés, que hubiera por lo menos, por lo menos un día a la semana en el que nosotros suspendiéramos los trabajos para esta tierra y pudiéramos como alejarnos de ellos, pudiéramos como entrar en ese reposo al que Jesús invita a los Apóstoles en este día.

Qué hermosos que cuando llegue el domingo, Jesús nos pueda decir a nosotros: "Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco" San Marcos 6,31. Ese es el descanso que Jesús promete, ofrece y cumple para todos los que se gastan en su obra, en su Evangelio.

Y esa mirada de Jesús hay que sabérsela recibir. Jesús mira de frente, Jesús mira a los ojos, Jesús mira dando el corazón en la mirada. Hay que saber recibirle esa mirada a Jesucristo. Cuando tú trabajes por Cristo, -y aquí hay muchos que están trabajando por Cristo, porque están evangelizando, porque están formando hogares, porque son profesores, porque son predicadores, porque son catequistas, porque ayudan en sus parroquias-.

Cuando estés trabajando por Cristo, en el Nombre de Jesús, te pido: reserva siempre un tiempo para arroparte en su ternura, en su amor, para poderle escucharle esta palabra que te dice: "Ven, ven, Pedro, Juan, ven, Antonio, Claudia, ven, Marcela, ven, Ricardo, ven, yo quiero ser tu descanso". Hay que dejarnos mirar por este Jesucristo.

Qué dulce paz, qué gozosa paz la que se siente, qué hermosa paz la que se siente cuando uno está cansado en las obras de Dios y de pronto entra un momentico, un momentico tal vez, bastaría un momento pero ojalá fuera largo rato.

Un momento en que uno entra, por ejemplo, ante el Santísimo, agotado del trabajo, y uno le dice: "Jesús, es por ti, es por tu amor", y Jesús le habla al corazón y le dice a uno: "Sí, Nelson, yo también te amo, yo también te quiero". Y con eso, todo trabajo ha quedado pagado, y más que pagado.

En la Santa Iglesia católica hay un Santo que dedicó lo mejor de sus esfuerzos al cultivo de la ciencia sagrada, al estudio de la Escritura y a la profundización en la teología; estoy hablando de santo Tomás de Aquino, un fraile dominico del siglo trece.

Tomás de Aquino se esforzó, con todas las capacidades que Dios le dio, Tomás de Aquino se esforzó por darle la gloria a Jesucristo a través de sus escritos. Puso toda su inteligencia, que era muchísima, abundantísima, puso toda su inteligencia, todo su amor, todas sus fuerzas, hasta casi su salud misma, al servicio de la predicación de la Palabra y del estudio de la Biblia.

Un día, Santo Tomás de Aquino entró a una capilla a orar, había un Cristo semejante a ese que está ahí en la pared. Tomás se arrodilló. En esa misma capilla había otro religioso, había otro fraile, pero Tomás que no iba buscando ningún ser humano sino sólo la presencia de su Salvador, ni se dio cuenta de que ahí estaba otro fraile.

Tomás, que era alto, corpulento, entró pausadamente a la capilla y se arrodilló para entregarle a Jesús el fruto de todo su trabajo. Y he aquí un milagro: esa imagen de Jesucristo le habló a Santo Tomás, y hay constancia porque había otra persona en esa capilla.

El Cristo le habló, con voz que se podía oír, le habló a Tomás y le dijo: "(en latín)", "has escrito bien de mí, Tomás". Imagínate que Jesús le dijera eso a uno: "Has hablado bien de mí". ¡Dígame si ese no es el descanso, la alegría, la fiesta más grande del alma, que Jesús le apruebe a uno la vida! "Has escrito bien de mí, Tomás", le dice. Le habla como un amigo a su amigo: "Has escrito bien de mí".

"(en latín)", "¿para ti qué quieres?" "¿Qué quieres para ti?" Le habló el Cristo. Y este otro religioso, testigo de ese maravilloso milagro, escucha que hay una voz que le habla a este Santo fraile. Tomás, con los ojos bañados en lágrimas, responde: " (en latín)", "yo no quiero nada, Señor, te quiero a ti". Esos son los santos, eso es ser santo.

Gastarnos por Cristo y tener en Cristo nuestro descanso; obra por Cristo y ser la obra de Cristo; esforzarnos por Cristo y recibir en nosotros su propia fuerza; predicar la gracia de Cristo y experimentar en nosotros que es verdad que esa gracia existe.

Como decía también el Apóstol San Pablo: "Yo predico y ninguna recompensa busco, ¿cuál es mi recompensa? La gracia de predicar que hay gracia, la gracia de predicar el Evangelio. El primer beneficiado soy yo".

Mis hermanos, invito a todos, todos los que se esfuerzan, todos los que se gastan por el Nombre de Jesucristo, les invito: recíbanle la caricia de su mirada y de su amor a Jesucristo, recíbansela.

Así como Cristo le habló a Santo Tomás, y así como Cristo le dijo a Tomás: "¿Qué quieres en recompensa de tus trabajos?" Así también Cristo tiene para nosotros el regalo de su ternura, de su presencia, de su consuelo.

Con esa fuerza y con ese amor se sostuvieron los mártires hasta la última hora. Porque una dulzura tal, una gota de esa dulzura es capaz de hacer que superemos todo lo amargo que pueda tener esta vida.

Así le sucedió, por ejemplo, a un santo muy amoroso, un santo franciscano, San Bernardino de Siena. Bernardino de Siena que llegó hasta avanzada edad, padecía de mucho frío, especialmente en el duro invierno europeo, y no encontraba manera siquiera de calentarse.

Quiso Dios, porque Dios es agradecido, eso es maravilloso, Él que nos da todo, no es ciego a que nosotros le demos esto, Él agradece esto, esto, así pequeñito, eso Él lo agradece. Dios es agradecido.

Bernardino de Siena se esforzó todo lo que pudo en hacer que muchos conocieran a Jesucristo y que muchos amaran a Jesucristo. Bernardino de Siena se enamoró especialmente del Nombre de Jesús, y predicaba por todas partes las grandezas del Nombre de Jesús, y quería que todos amaran el Nombre de Jesús, ese Nombre que está sobre todo nombre, ese Nombre que es más dulce que la miel, el Nombre de Jesucristo.

Bernardino de Siena predicó, anduvo regiones enteras, hizo misiones eficacísimas y le trajo a Cristo muchísimas almas. Y Cristo, que es muy agradecido, amó muhísimo a Berbardino de Siena.

Pues bien, Bernardino de Siena ya no podía predicar más; Bernardino de Siena estaba anciano, estaba cansado, ¿qué palabra tuvo Jesucristo para él? Esta palabra que hemos escuchado en el evangelio de hoy: "Ven tú solito a un sitio tranquilo, ven y descansa un poco". Así le habló Dios a él.

Y alguna vez se le apareció Nuestra Señora con el Niño Jesús, así, parecida como se encuentra aquí. Se le apareció la Santísima Virgen con el Niño Jesús en brazos, y Bernardino pudo contemplar por un momento ese Niño amorosísimo del que había hablado tantas veces, lo puedo ver. La Santa Virgen extendió sus brazos y le pide cargar al Niño Jesús.

Y Bernardino pudo cargar al Niño Jesús durante unos instantes, que en los relojes de esta tierra fueron segundos, pero que para la eternidad son edades y eras enteras.

Si uno cuenta una cosa de estas, seguramente alguien dira: "Mire, lo que pasa es que a los ancianos se les va reblandeciendo el cerebro, entonces el viejito, que siempre pensaba en el Niño Jesús, un día en su imaginación, en sus alucinaciones, creyó que se le había aparecido el Niño Jesús".

Resulta que hay una prueba científica, llamémoslo así, de que sí sucedió el milagro. Tratándse de un hombre tan anciano, Dios dejó una señal del milagro que había hecho, ¿sabe cuál fue la señal? Ese hombre, con la edad y las enfermedades que tenía, jamás volvió a sufrir de frío.

Cuando personas muchísimo más jóvenes del convento franciscano no soportaban las bajas temperaturas, este hombre con su sencillo sayal se paseaba por todas partes, y nunca tenía frío.

Y era inevitable que la gente le preguntara a ese anciano, ya decrépito, la gente le preguntara: "Bueno, pero abríguese, haga algo, ponga la calefacción". Y entonces él invitaba a la gente a que se sentara: "Mira, siéntate y yo te cuento una cosa".

Y la gente se sentaba y Bernardino les contaba cómo en Jesús hay un amor grande y hay un fuego grande, y ese amor y ese fuego hacen que a uno se le quite el frío. Y resulta que el que le estaba preguntando estaba muerto de frío, y el viejito tranquilo, cálido, calientico; el mismo Jesús le dio calorcillo, le dio calorcito para que nunca tuviera frío. Por eso tenemos certeza de que el milagro sí sucedió.

Jesucristo es agradecido; Jesucristo ve lo que nosotros hacemos por Él; Jesucristo sabe cuánto nos cuesta lo que nos cuesta trabajo, y Jesús sabe muy bien que lo que te cuesta trabajo a ti a otra persona no le cuesta, pero a esa sí le cuesta otra cosa que a ti no te cuesta. Porque cada uno de nosotros es distinto: distinto es el hombre de la mujer, distinto el niño del adulto, distinto el enfermo del alentado, distintos somos unos de otros.

Pero para todos, Jesucristo nos conoce, Él sabe qué estamos haciendo, Él sabe cómo nos estamos esforzando. Y por eso, Jesús, que es tan agradecido, Él sabe dar de la ternura del amor, Él sabe lo difícil que es para nosotros vencernos en ciertas circunstancias.

Cada uno de nostros tiene, lo que se llama en teología espiritual, algún vicio dominante. Cada uno de nosotros tiene una tendencia torcida que le cuesta mucho trabajo: en alguna persona será la soberbia, en otra persona será el egoísmo, otra persona será que la lujuria se lo traga vivo, otra persona sentirá un impulso irreprimible a mentir, otra a robar, otra a la superstición.

Pero cada uno de nosotros, cuando cultiva pacientemente su propia viña, cada uno de nosotros, cuando se esfuerza invocando la lluvia del cielo, es decir, la gracia que viene de lo alto, cada uno de nosotros, cuando dice, venciéndose, venciéndose, dice: "Señor, es por tu amor", mira, Jesús sabe que eso te cuesta trabajo; Jesús sabe que eso es difícil para ti.

Y por eso nos ha dicho la Carta a los Hebreos: "Ofreced el sacrificio de alabanza, el tributo de los labios que van profesando su Nombre" Carta a los Hebreos Hebreos 13,15.

Qué hermoso, qué belleza, qué cuadro más precioso pensar, por ejemplo en un joven, vamos a pensar en un joven: un joven que siente que el corazón se le llena de pasiones irreprimibles, y ya está dispuesto a pecar, y ya siente que la voluntad está atada, y en ese momento, cuando iba a cometer ese pecado de droga, de sexo, de lo que sea, en ese momento él se acuerda de Jesús, especialmente de Jesús Sacramentado.

Él se acuerda y recapacita, se siente débil, siente que el cuerpo le tiembla y le hormiguea, pero se detiene, toma aire, mira al cielo, de pronto llora porque es humano y porque es frágil y porque le cuesta trabajo; pero en ese momento invoca a Jesucristo y le dice: "Es por ti y es por tu amor". Y cumpliendo lo que dice la Carta a los Hebreos, empieza a "ofrecer el sacrificio de alabanza, el tributo de los labios que profesan su Nombre" Carta a los Hebreos 3,15.

Y empieza este hombre, así se sienta agobiado por la presión y la tentación, empieza a orar, empezando desde luego por el Credo, profesión de nuestra fe. Se para, se detiene, mira a lo alto, respira profundo, se acuerda de Jesucristo y dice con amor: "Creo en Dios, Padre, todopoderoso..."

Y va repitiendo paso a paso la fe de la Iglesia, y va sintinendo cómo se cumple en él aquello que dijo el Apóstol Santiago: "Resistid al diablo, y huirá de vosotros" Carta de Santiago 4,7. Eso verdad, eso se cumple. "Acercáos a Dios, y Él se acercará vosotros" Carta de Santiago 4,8.

De pronto, ese muchacho siente el auxilio de Dios. Siente que poco a poco puede vencerse, siente que él necesita educarse, y así convencido con esta victoria de Dios, se vuelve sobre sus propios pasos.

Ya no va a buscar esa droga que iba a buscar, ya no va a buscar esa borrachera que iba a buscar, ya no va a buscar ese prostíbulo que iba a buscar, ya no va a buscar ese pecado que antes tenía poder en él.

Se devuelve sobre sus propios pasos, ¿quién vio eso? Nadie; lo vieron los Ángeles, lo vio el cielo, pero sobre todo lo vio Jesucristo, y Jesús desde los cielos dijo: "¡Bravo, hermano, buena esa, buena, así es!" Y le dice a ese muchacho: "Ahora venga usted, venga a un sitio tranquilo, venga y descanse conmigo un rato".

Jesús sabe nuestros esfuerzos, Jesús sabe cuánto nos cuesta cada pequeña victoria, Él sabe que el alma se rasga muchas veces en mil pedazos, porque estamos echos de barro, barro que se quiebra, barro que se ensucia y que ensucia; èl conoce nuestro barro.

Pero Él sabe también que con su gracia nosotros podemos vencer toda tentación, y por eso nos mira con infinita ternura y nos manifiesta su misericordia.

Me falta tiempo para hablar del otro cuadro de la misericordia, la compasión ante la multitud. Dejémosllo así solamente enunciado, la compasión, la misericordia de Cristo.

¿A ustedes no les parece fascinante, apasionante, maravillosos, encantador Jesucristo? ¿No les parece maravilloso, encantador y fascinante este Hombre que no tiene sino palabras de ternura para sus ayudantes, los Apóstoles; y palabras de compasión y de paciencia para la multitud? La multitud que nadaba como oveja sin pastor.

Mis hermanos, Él es nuestro Salvador, Él es Jesucristo, Él es el Santo Hijo de Dios, el que te conoce y te mira desde lo alto, el que quiere que tú seas vencedor, que ya no seas más el perdedor; tú ya no vas a ser perdedor, con Él tendrás victoria, y cuando hayas logrado la victoria, Él te dirá: "Ahora ven, amiga mía; ven, amigo mío, ven ven y descansemos en un sitio tranquilo.

Sin embargo el plan no le funcionó a Cristo porque ya ve la cantidad de gente que llegó y no pudieron descansar, imagen de que ese descanso sólo estará realmente al final del camino. Por eso cuando nos llegue la hora de la muerte y Dios nos encuentre, por favor, llenos de fe y de buenas obras, cuando nos llegue esa hora de la muerte, ahí sí se cumplirá plenamente esto.

"Ven, ven te doy un abrazo", nos dirá Él. Bien, yo sé cuánto trabajo te costó; yo sé cómo fue tu vida, sé de tus lágrimas y de tu dolor; yo conozco tu frío y tu dolor; yo sé de tu noche y tu aflicción". Y te dará un abrazo, y te fundirás en el amor eterno, y encontrarás, en la contemplación de su rostro, ese sitio tranquilo, por los siglos, de los siglos, de los siglos.

Amén.