I045002a
Fecha: 19990205
Título: Para que este tiempo sea tiempo de santidad, "no abandonen las asambleas"
Original en audio: [24 min. 57 seg.]
Muy queridos Hermanos:
La Carta a los Hebreos es un documento escrito para darle ánimo a gente que empezaba a desalentarse. Por todas partes, en esta Carta a los Hebreos, aparecen expresiones que intentan devolverle coraje y entusiasmo a estos cristianos que se habían convertido del judaísmo y que se sentían sin fuerzas, se sentían sin ánimo.
Se les iba apagando el amor del comienzo, y mientras tanto, arreciaban las burlas, las persecuciones de parte de la gente que los rodeaba: burlas por fuera y desaliento por dentro. Así, debilitados, estos cristianos empezaban a desfallecer.
Y la manera como habían empezado a desfallecer, era retirándose de las asambleas. Ya no acudían a las reuniones de oración. Ya no se acercaban para la fracción del Pan. Se iban alejando, se iban dispersando.
A ellos, entonces, les sucedía lo mismo que ocurre cuando a una fogata se le empiezan a separar los troncos o los tizones encendidos. Los que estaban primero llenos de calor y de luz, al poco tiempo se van enfriando y se van apagando.
Primera enseñanza para nosotros: Lo que les sucedió a aquellos cristianos convertidos del judaísmo, también nos pasa a nosotros. Alejados de Dios, alejados de los hermanos, alejados de nuestros grupos y asambleas, alejados de la Eucaristía, sobre todo de la Eucaristía que nos congrega, que nos enciende, alejados de la fogata, todavía ardemos un poquito, todavía nos queda algo de luz.
Pero, esa ley no tiene excepciones. El que se retira, el que retira su amor de la hoguera de la Iglesia, termina por enfriarse, termina por apagarse.
Eso vale no solamente para las personas, sino incluso para grupos enteros. Si uno estudia, por poner el caso, la historia de la Iglesia, se encuentra con que en el siglo dieciséis se inició una división de donde vienen los protestantes.
¿Y qué sabemos sobre ellos? Si nosotros miramos lo que decían los reformadores protestantes en el siglo dieciséis, todavía encontramos mucho calor, mucho fuego. Lutero, por ejemplo, que fue uno de los iniciadores de este movimiento, creía en la confesión. Lutero creía en la virginidad perpetua de María y amaba mucho a la Virgen. Lutero creía que era necesario que hubiera ministros ordenados en la Iglesia. Lutero estaba todavía cerca de la hoguera.
Apenas acababa de retirarse, todavía conservaba calor. Pero, se había separado. Es lo mismo que sucede con un árbol. Si tú desgajas una rama, al principio esa rama parece igual que todas las otras. Si tú la desgajas, todavía parece verde, todavía parece viva.
Sin embargo, espera sólo un momento y empiezas a notar la diferencia. Pasa el tiempo, y esas hojas que antes estaban verdes, pronto se marchitan, mostrando así que se han separado de la vida, que se han separado de la fuente de la vida.
Eso que pasa a los grupos, a las iglesias, eso también nos pasa a nosotros. Muchas personas creen que el asistir a un grupo, a una comunidad, a una parroquia viva .... Dios te ha puesto en algún lugar donde tú tienes vida. Tú te has encontrado con Dios en algún sitio. Estoy seguro de eso. O, probablemente, el sitio donde te has encontrado con Él, es precisamente éste; tal vez aquí mismo.
Tú te encuentras con Dios, y tú sientes que tienes vida. De pronto dices: "Bueno, yo ya sé qué es lo que se va a hacer allá. Se va a cantar, a repetir las mismas alabanzas, a levantar otra vez las manos, mover, palmotear. Yo ya sé hacer eso. Lo puedo repetir solo en mi casa". ¡Eso te crees tú! ¡Eso te crees! El tiempo pasa y se va notando cómo la vida que teníamos, disminuye y se apaga. El entusiasmo se apaga.
Hermanos, yo he conocido gente llena de vida y de entusiasmo. Debo decirles, sin ninguna presunción, que conozco grupos de oración y he participado de ellos desde hace veinte años, desde que era un muchacho. Desde que era un niño, he conocido grupos de oración. Y a veces me pregunto qué ha sido de la vida de aquellas personas que asistían a los grupos cuando yo estaba allá.
Me acuerdo de nombres de personas; desde luego, no los voy a decir aquí. Me acuerdo de esas personas. Me acuerdo mucho de un amigo, tal vez el mejor amigo de mi adolescencia, un muchacho lleno de poesía y de espiritualidad.
Fuimos grandes amigos. Algunas veces, nosotros, que nos sentíamos llenos de fervor, nos encontrábamos. ¿A qué? ¡Adivinen a qué! ¡A orar y alabar a Dios! Un muchacho, -tendría yo en esa época diecisiete años, tal vez-, me encantaba el programa con mi amigo. Con él asistíamos a muchos grupos.
No obstante, en más de una ocasión hicimos un programa que a usted le puede parecer tonto, pero para nosotros era maravilloso. Nos encontrábamos y nos sentábamos a leer la Biblia, a bendecir a Dios, a cantarle, a glorificarle. ¿Y saben qué? Yo siempre pensé y todavía sigo pensando, que ese hombre tenía una facilidad de palabra extraordinaria.
En esa época, yo le admiraba profundamente por su espiritualidad. Le admiraba por su amor a Dios, y admiraba la capacidad de poesía que él tenía. Pensaba que era uno de los mejores predicadores u oradores que hubiera escuchado. No les estoy diciendo mentiras ni exagerando. Él predicaba y oraba con una belleza muchísimo mejor, muchísimo mayor que todo lo que yo hubiera podido hacer.
Éramos muy buenos amigos. Este hombre siguió otros caminos. Bueno, yo no tengo nada contra las novias ni contra los matrimonios. Pero, el hecho es que él empezó a separarse de grupos y de todas estas cosas, cuando le dio todo su tiempo a la novia. No digo que estén mal las novias. Mas, darle todo el tiempo a la novia y cambiar a Dios por la novia, no es el camino. ¡No es el camino! Y eso fue lo que él hizo.
Aún le gustó tanto la niña, -una muchacha ciertamente encantadora, dulcísima, bellísima-, que él orientó toda la poesía de su corazón, que antes era poesía para Dios, a esa niña. Yo leí muchas de las cartas que él escribió para esta muchacha. ¡Era de una poesía hermosísima!
Sigo pensando que es un gran literato y que ese señor podría dejar el oficio que tiene, y dedicarse a escribir. Se vendería como pan caliente lo que escribe. ¡Qué hombre para escribir y predicar maravilloso!
Pues bien, el caso es que él cambió a Dios por la novia. Ya no tenía tiempo para el grupo, no tenía tiempo para la parroquia, no supo hacer el balance, digamos. ¡No supo hacer el balance! No digo yo que sea imposible, pero, por lo menos, él no supo hacer el balance. El hombre se fue retirando.
Por aquella época, comenzó a afianzarse en mí el deseo de ser sacerdote, o mejor dicho, empezó a resucitar ese proyecto que había nacido cuando yo tenía quince años. A los quince años nació mi vocación. Entonces, cuando él empezó a encarretarse con esta niña, esa niña era la luz de sus ojos, la música de sus oídos y el palpitar de su corazón; cosa perfectamente comprensible.
Pero, ¡atención! El primer mandamiento de la ley de Dios nunca se acaba. Amar a Dios sobre todas las cosas, con novia o sin novia, con hijos, sin hijos, con esposo o sin esposo, con papá o sin papá. ¡Amar a Dios sobre todas las cosas! En fin, esa es otra historia.
El hecho es que este señor amó a su novia sobre todas las cosas y se fue separando. ¡Se fue separando! Y la vida es tan graciosa, que nosotros nos íbamos encontrando cada cierto tiempo. ¿Qué pasa cuando uno se encuentra con un buen amigo con el que hace rato no se ve? Uno inmediatamente mira cómo está el otro, cómo está de salud, cómo está de trabajo, cómo está.
Yo seguí la pista de este hombre. Le seguí la pista y el hombre siempre cariñosísimo conmigo: "Nelson, ¿qué más? ¿Bien?" Esa sonrisa esplendorosa: "¿Bien?¿Todo bien?" Pero, yo sentía que detrás de esa sonrisa había cariño para mí, mas no había ya la llama del amor de Dios.
Y como me lo continuaba encontrando, siguiendo yo de qué forma se daba ese proceso, vi cómo esa llama se extinguía, se apagaba, y se convertía en un tizón humeante.
Amigos, ustedes no se dejen engañar. ¡No se dejen engañar! La misma Carta a los Hebreos nos lo advierte clarísimamente: "No abandonen las asambleas" Carta a los Hebreos 10,25.
"-¡No! Pero es que lo que se está haciendo en el grupo, yo lo puedo hacer aparte. Es que yo hago lo mismo. Yo leo la Biblia". "-¿Cuál Biblia lee usted?" "-¡No! ¡No! Yo sigo con la Liturgia de las Horas". "-¿Cuál Liturgia de las Horas está rezando?" "-¡No! Yo me sostengo con el rosario". "-¿Cuál rosario?"
Amigos, así como necesitamos de gente para poder comer, -todos los que vamos al mercado nos apoyamos en una estructura que se llama sociedad para poder comer-, así también para la fe, necesitamos de otras personas.
Alguien de pronto dirá: "¿Y usted cómo explica el caso de los ermitaños?" El caso de los ermitaños es el caso de una cierta fraternidad en el Espíritu.
Pero, el Derecho de la Iglesia, que se llama Derecho Canónico, manda que todo ermitaño tenga obediencia y dependencia de su Obispo; que por lo menos tenga esa relación con alguien en la Iglesia. Y desde luego, que participe de la Liturgia de la Iglesia, incluyendo la Eucaristía. O sea, que esto no perdona a nadie, mis amigos. Bueno; yo creo que ese punto está claro.
Vamos a pasar a la segunda y última enseñanza del día de hoy. Dice aquí la frase final: "Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y siempre" Carta a los Hebreos 13,08. ¡Jesucristo es el mismo ayer, hoy, y siempre!
A una Santa maravillosa de la Iglesia Católica, que se llama Catalina de Siena, Dios le dio algunos mensajes. Entre los mensajes que le dio a Santa Catalina está éste. Le decía: "Esos Santos del pasado", -Catalina vivió en el siglo catorce-, y le manifestaba Dios: "Esos Santos del pasado", -como la Mártir que la Iglesia recuerda hoy, Santa Águeda-, "esos Santos del pasado no tenían otro sol que el sol que tú tienes".
"Ni el agua era más agua en esa época que ahora. Ni el aire era más aire en esos tiempos que ahora. Ni los pecados eran más leves en esa época que en la tuya. Yo sigo siendo el mismo", le decía Dios a Santa Catalina, como repitiendo esa frase de la Carta a los Hebreos.
"Yo sigo siendo el mismo. Yo sigo convirtiendo gente. Sigo sanando enfermos. Yo sigo expulsando demonios. Yo sigo transformando las vidas". ¿O es que tú crees que era más fácil en otra época que ahora? Yo no estoy convencido de eso. Por ningún motivo lo creo.
San Agustín vivió a finales del siglo cuarto y comienzos del siglo quinto. Y San Agustín, en esa época, -año cuatrocientos, hace más de mil quinientos años-, ya en esa época decía: "Hay gente que se queja de los tiempos, y afirma que sólo los tiempos antiguos eran mejores".
Eso expresa San Agustín en el siglo quinto, que ya había gente que en ese entonces decía: "¡Ah! ¡Los tiempos antiguos!" Y sostiene San Agustín: "Si estos tiempos son como son, nos corresponde a nosotros hacerlos mejores".
Es que no son los tiempos los que hacen a las personas. Son las personas las que hacen a los tiempos. ¿Tú quieres que se recuerde el final del siglo veinte y el comienzo del siglo veintiuno, como una época espectacular y maravillosa del Espíritu Santo? ¡Obra en consecuencia!
¿Tú crees que la gente de finales del siglo cuarto y comienzos del siglo quinto tenía conciencia de estar viviendo en un tiempo maravilloso, en un tiempo espectacular? ¿"Este sí es el tiempo para la santidad"?
Razón que se dio San Agustín. Fue un tiempo terrible, un tiempo de pánico, en el que el Imperio Romano se estaba deshaciendo a pedazos. La Historia Universal nos recuerda el año cuatrocientos trece o cuatrocientos dieciséis, como la caída del Imperio Romano de Occidente.
Fue un tiempo de desastre, de crisis, de locura, de pánico. Y en ese pánico se levanta la palabra lúcida, la palabra maravillosa, inteligente y bella de San Agustín. ¡Ese no era un tiempo para la santidad!
El tiempo para la santidad es el tiempo en el que Dios obra, sea en el siglo que sea, sea en la ciudad que sea. No es Dios el que está sujeto a los tiempos. Son los tiempos los que están sujetos a Dios. Y cuando Dios obra, los tiempos son bellos. Y cuando Dios está ausente, los tiempos son espantosos. ¡Punto! ¡Eso es todo!
"Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre" Carta a los Hebreos 13,08.
Y si estoy hablando de Santos y de santidad, es porque quiero invitarles, mirando a Catalina, a Águeda, a Margarita, mirando a Pablo, a Benito, a Francisco de Asís, a Domingo, mirando a los Santos y sabiendo que, "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre" Carta a los Hebreos 13,08, te estoy invitando a que tú hagas de este tiempo, una primavera de santidad.
Que seas tú y que sea yo, el que le cambie el nombre a este tiempo. No es la condición de un país, no es el pecado del siglo, no es el ambiente pecado. ¡Pamplinas! ¡Tonterías! No es eso lo que determina tu vida. Eres tú el que le vas a dar o le vas a quitar un nombre a este tiempo en el que nosotros estamos viviendo.
Gracias a Dios, Nuestro Señor, tenemos en esta concurrencia gente de todas las edades, como la Iglesia en el Cielo tiene Santos de todas las edades, desde Santos pequeños. ¿Sabes lo que le pasó a San Tarcisio? San Tarcisio fue un niño. ¡Un niño!
¿Dónde andan los niños? A ver, un niño. ¿Dónde hay un niño de ocho, nueve, diez años, un poquito más grande? A ver, niños, ¿dónde están? ¿Hoy no vinieron niños? ¿Dónde viven? ¿No hay niños? Claro que se necesitan niños que estén despiertos en la predicación. ¡Los niños!
San Tarcisio fue un niño que se hizo matar, porque él llevaba la Eucaristía a los enfermos. "-Mire, esto es una niña. Mucho gusto, niña, ¿cómo le va?" San Tarcisio ofrendó su vida, pues un día iban a profanar la Eucaristía que él llevaba, no se dejó y lo mataron. ¡Niño Mártir! ¡Punto!
Y los niños de hoy, esta niña, por ejemplo, estos niños que están ahí, esos niños, tú, ¿se están preparando para eso? ¿Estos niños arden de amor a Dios hasta hacerse matar por Él?
Santa Inés, Virgen y Mártir, una niña; a los doce años fue decapitada. ¡Doce años! ¡La mataron a los doce años! La Iglesia tiene Santos de todas las edades. "-Tú puedes volver a tu sitio, niña. Muchas gracias".
La Iglesia tiene Santos de todas las edades, gente que se convirtió después de mucho tiempo, gente que cometió grandes pecados y volvió a Dios, gente que no cometió grandes faltas y se conservó para Él, hombres y mujeres, gente que tuvo tentaciones como las tuyas.
¿Cuál es el problema? No son los tiempos, ni los alimentos, ni las crisis: "Es que yo estoy en un ambiente muy pesado". Yo, como sacerdote, oigo mucha gente, obviamente. Y por lo que estoy viendo, todo el mundo está en un ambiente muy pesado.
Los que trabajan en hospitales: "¡No! Es que el mundo médico, ese es un ambiente muy pesado". Los que están en el arte: "¡No! Es que el arte es un ambiente muy pesado". Los que están en oficinas, en administración y finanzas: "¡No! Este es un ambiente muy pesado".
¿Y tú crees que San Pablo, qué? ¿Vivía en ambientes livianos, entonces? ¿Cómo te imaginas tú que era Corinto? ¿Cómo te imaginas tú que era Colosas, Éfeso?
Amigos míos, creo que no necesitamos más palabras. Necesitamos acoger a Jesús como Señor de nuestra vida, ayer, hoy y siempre. ¡Él! El eje es el Señor. Si nosotros le entregamos la vida a Él, si nosotros no abandonamos nuestras asambleas y le damos la existencia a Él, Él transforma nuestras vidas.
Y nosotros le contaremos al mundo, que a comienzos del siglo veintiuno hubo un santo, hubo un santo que se gastó por Dios, que predicó admirablemente la Palabra y que sólo Dios sabe cómo irá a acabar. Hubo una santa, una madre de familia, ... .
Cuando uno da estos ejemplos, -permítanme un último paréntesis-, siempre hay alguien que levanta la mano y dice: "¡Eh! ¡Padre! ¿Y nosotros, los separados?"
Tenemos en nuestra Orden Dominicana el recuerdo de una persona separada, una mujer abandonada del marido. María Ramos fue una española abandonada del esposo, un fracaso como esposa, un fracaso en el hogar. Su hogar naufragó. Ella vino desde España a estas tierras, tratando de rehacerlo.
Estaban casados por la Iglesia. Ella no optó por aquello de: "Bueno; ya esto se acabó. Subámonos a otro bus". ¡No! No había buses en su época. Ella intentó rescatar el hogar. ¡Fracasó! Un fracaso como mujer, si lo quieres llamar así. Un fracaso como esposa, si lo quieres llamar así.
A ella le concedió la Santísima Virgen María el milagro que hoy veneramos en la ciudad de Chiquinquirá, el lienzo renovado. Se renovó en el Oratorio pobre y humilde de María Ramos. Ahí sucedió.
¡Una mujer separada! Ella no se puso a tantear, ella no se puso a buscar por otro lado, a adulterar. No se puso a decir: "Yo también soy mujer. Puedo rehacer mi vida. Tengo otra oportunidad". No se puso con esas tonterías, a jugar con candela.
Es que el Evangelio no puede ser más claro. ¿Cuál era el problema con Herodes? Que estaba casado con la esposa de su hermano. Era un adúltero. ¿Por qué le vamos a cambiar el nombre a las palabras?
¡Ustedes no sean adúlteros, por favor! ¡No ofendan a Dios! Si están casados, no se pongan a conseguir novio o a conseguir novia: "Y después voy a ver si se puede la anulación del matrimonio".
Porque, entonces, encuentran primero amigas, luego la amiga se vuelve novia, luego la novia queda esperando, luego el matrimonio civil, luego quince, veinte años, "y ya casi me va a salir la anulación". Ese no era mi tema. Pero, lo que pasa es que uno se va entusiasmando.
Miren; no se digan mentiras. La Iglesia tiene Santos, verdaderos Santos en personas que les fracasó el matrimonio. ¡No se digan mentiras! Cuando Dios manda una cosa, sabe por qué la manda. Tú, que fracasó tu matrimonio, no eres el primero ni serás el último. ¡Hay tantas cosas que fracasan en esta vida!
No eres ni el primero ni el último. Lo importante es que también desde esa situación, tú sepas que hay un Dios que te ama, que es verdad que te ama, que no te ama como tú quisieras, que no te da lo que tú querrías, pero que te ama. Este amor de Dios es lo que tú necesitas.
Amigos míos, vamos a darle una generación de Santos a Dios, cada uno en su condición, hombres y mujeres, muchachos, adultos y ancianos, enfermos y alentados. ¡Vamos a darle Santos a Dios!
Amén.